29/11/08

La cama

Sufría. No podía explicarse el por qué de esa reacción tan esquiva por parte de Ernesto, esa fobia de cada noche a abordarla y descansar bajo el resguardo de su seno. ¿Acaso no era ella, precisamente ella la encargada de procurarle calor, de ofrecer a Ernesto noche a noche un espacio para el remanso después de una jornada entera de subir bajar salir y entrar sin detenerse un segundo?

Se suponía que para eso había llegado a la vida de Ernesto; sin embargo, cada noche era lo mismo: instalarse limpia, sin la menor arruga, inmaculada, para esperar a aquel ingrato que siempre busca algún pretexto para irse a dormir en otro lado, hoy es el frío, mañana el calor, anteayer tan sólo huyó y se largó al otro cuarto. Cada noche se preparaba y cada noche se sucedía aquel mismo ritual de humillación en el que Ernesto terminaba despreciándola, como si ella fuera muy poca cosa, no lo suficientemente digna para él.

Sí, en verdad se sentía frustrada, desplazada, llevaba casi tres años esperando y Ernesto insistía en ignorarla. ¡Cómo si una cama no sintiera! ¡Como si ella no pudiera eliminar la sensación de fracaso al no poder sentir en todo su ser el aroma dulzón y amargo de las noches húmedas al lado de Ernesto! ¡Como si fuera fácil tolerar la envidia que le producía la cama de mamá, esa ladrona que allá, en el cuarto de enfrente, no sólo se limitaba a cumplir su encargo, sino que además, gozaba desplazándola, arrebatándole a Ernesto, a SU niño.

Es natural que un niño sienta algún temor a pasar la noche sólo; pero ese era un periodo que no pasa más allá de un par de meses para adaptarse; ¡pero este cabrón! Lleva casi tres años haciéndome esperar, evitando a toda costa el destete emocional… ¡Alguien tiene que hacer algo con este niño!, pensaba la cama con preocupación; por eso, cuando escuchó decir a mamá que, lo quisiera o no, Ernesto por fin dormiría esa noche en su propia cama, ésta se llenó de emoción, pues finalmente podría cumplir con su misión, con su destino. Decidida, se propuso seducirlo a como diera lugar y proporcionar al niño el mayor de los descansos y la tibieza más placentera, a fin de que Ernesto nunca más quisiera regresar a la antipática cama de mamá.

Llena de emoción y cuidando que los nervios no la traicionaran con alguna arruga incómoda, se dispuso a esperar la llegada de la noche, imaginando cómo sería esa primera vez, soñando en lo bien que la pasarían juntos de ahí en adelante. Finalmente, el reloj señaló que la anhelada hora de dormir había llegado y la cama recibió a Ernesto tratando de darle la mayor suavidad posible, y una vez que lo tuvo entre sus sábanas, lo abrazó con una fuerza y una dedicación tal, que el niño se fue sumiendo en el sueño, y se sumió de tal manera que sin darse cuenta fue desapareciendo, fundiéndose en la cama hasta que de él no quedó más rastro que su silueta levemente dibujada en las cobijas.

Mamá lloraba, gritaba, maldecía y gimoteaba con desesperación; pero eso a la cama poco le importó, pues sabía que a partir de esa noche su misión estaba cumplida y Ernesto descansaría en su cama para siempre.