30/12/08

El melodrama del Melodrama

(Sólo por incordiar)
Un fantasma recorre el mundo cultural desde hace ya medio siglo: el melodrama. Un género dramático, que a pesar de ser considerado como un arte “menor”, e incluso de convertirse en el centro de ataques de artistas puristas y exquisitos, es una de las disciplinas más socorridas de la cultura popular. Pero, empecemos por el principio, ¿qué es exactamente el melodrama?

Etimológicamente, esta palabra procede de las raíces latinas melos (música) y drama (conflicto o tragedia), por lo que podemos decir que se trata de una obra teatral dotada de música como elemento fundamental, y probablemente fue denominado así durante los siglos XVI y XVIII en que comenzaron a representarse historias musicalizadas. Por otra parte, desde el punto de vista histórico, surge como género literario con las características formales que hoy conocemos, en el siglo XVIII, con Pigmalión, de Jean Jacques Rousseau, consolidándose durante el siglo XIX con Guilbert de Pixérécourt, y desarrollado como producto de gran difusión en el folletín y la novela romántica.

El melodrama, en términos más acordes a nuestros días, es una visión metafórica de la realidad que va avanza a través del ejercicio de las pasiones hasta alcanzar una finalidad ejemplar. En otras palabras, el melodrama toma determinados símbolos generales de una sociedad y un momento específico (amor, odio, justicia, ambición, etc.), y los pone en conflicto a través de situaciones concretas que desequilibran el orden establecido, en las que los protagonistas enfrentan una serie de obstáculos hasta alcanzar la meta propuesta, consiguiendo además un crecimiento interior que los transforma en mejores personas; por ejemplo, el caso del ya legendario Rick Blane (protagonista de Casablanca), quien sacrifica su amor por Ilsa Lazlo en favor de la lucha por la libertad que ella representa, obteniendo a cambio, una nueva esperanza de vida.

En la actualidad, y debido a su alcance masivo desde mediados del siglo XX, el melodrama ha sido identificado con el serial televisivo o telenovela (que hoy por hoy, es una de sus principales manifestaciones), y a partir de esta concepción ha surgido una gran polémica sobre su contenido estético e integridad artística.

Muchos novelistas, dramaturgos e intelectuales han expresado su desprecio por el melodrama y niegan su naturaleza estética, y hasta podríamos afirmar que inconscientemente les aterroriza el sólo hecho de pensar en la posibilidad de experimentar y conducir su capacidad creativa hacia una obra melodramática, al considerarlo “cursi”, “poco profundo”, “fácil”, y "nada serio”, lo que atenta en contra de la trascendencia de las grandes obras que pretenden realizar; situación que consideramos totalmente errónea. De ser esto cierto, el noventa por ciento de las grandes producciones cinematográficas no existirían; la canción popular hubiera decaído considerablemente, y muchos escritores contemporáneos no hubieran podido traspasar la barrera del anonimato.

El hecho de que el melodrama haya logrado colocarse como uno de los productos televisivos más rentables a nivel mundial
[1], no quiere decir que no sea un verdadero género literario, pues en él confluyen una serie de características formales y técnicas, como son el final feliz, la lucha de contrarios, el efectismo y espectacularidad y la prioridad a lo sentimental, entre otras. Y son precisamente estas características y la función social que cubren, las que han mantenido su vigencia durante tantos años y su aceptación entre el grueso de la población.

Además, al perseguir una finalidad ejemplar (demostrar que el bien siempre triunfa sobre el mal, por ejemplo), al constituir una metáfora de la realidad, y al tener una capacidad unificadora, que lo mismo fusiona a la comedia como a la tragedia, el melodrama consigue establecer una relación de identificación y pertenencia con quien lo recibe a través de los diferentes medios en los que se manifiesta; por ello lo encontramos fácilmente en el cine (Matrix, Todo sobre mi madre, o incluso Atracción fatal y Amores perros), en la literatura (Madame Bovary, La casa de los espíritus, El anatomista o Los miserables), o en la música (desde letras de canciones de Joan Manuel Serrat hasta las interpretadas por Agustín Lara).

Ahora bien, a pesar de notable decaimiento en la calidad de las producciones nacionales, la industria del melodrama serial televisivo ha encontrado un nuevo auge en el que Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia, principalmente están a la saga, al crear una nueva simbiosis entre los elementos clásicos del género con nuevos esquemas y temáticas, arriesgándose a presentarlo desde puntos de vista que hasta hace un par de décadas resultarían inconcebibles para la telenovela. Por citar sólo un ejemplo, podemos hablar de Tieta (Brasil, 1989), que basada en la novela costumbrista de Jorge Amado, revolucionó la forma de hacer telenovelas, pues incorporó elementos propios de comedia, de la farsa y los fundió en un melodrama en el que por primera vez se presenta (a partir de pasajes mordaces e irónicos) como protagonista a una verdadera antiheroína, que poseía todos los vicios de carácter que caben en un personaje y que plantea su conflicto a partir de la venganza, consiguiendo hacer una verdadera estampa de carácter brasileño, marcando al mismo tiempo un punto de ruptura en la telenovela tradicional, a partir de la cual se ha seguido experimentando con resultados buenos y malos.

Otros ejemplos de lo anterior son Yo soy Bety, la fea (Colombia, 1999-2001) de Fernando Gaytán, Pedro el Escamoso (Colombia, 2001-2003) y La saga, negocio de familia (Colombia, 2004), de Dago García, El clon (Brasil 2001-2002) de Glória Perez, y Los Roldán (Argentina, 2004), de Mario Schajris y Adriana Lorenzón, producciones que por su calidad han sido transmitidas con gran éxito en varios países y que en su mayoría han sido adaptadas en otros tantos más.

Sin embargo, y a pesar de ello y del arraigo que tiene entre el público, la telenovela no ha conseguido ese grado de aceptación general que merece, como fenómeno social y cultural concreto. La pobre imagen que se tiene del melodrama como fenómeno creativo, responde por lo menos a seis causas concretas:
  1. Se confunde la idea de metáfora de la realidad, con “rebanada de realidad;
  2. La finalidad ejemplar ha sido deformada por una finalidad maniquea a través de "moralinas obvias" (María la del barrio, Rosa salvaje, Cañaveral de pasiones);
  3. En ese afán de “realismo” a como de lugar, se explota el morbo y el amarillismo sin sentido, una mera enumeración de situaciones de nota roja (Nada personal, Demasiado corazón, Machos, o la versión mexicana de Montecristo);
  4. El fenómeno llamado “globalización de la telenovela”, emprendido por grandes transnacionales televisivas (Telemundo y Univisión) en la que se ha pretendido hacer productos dirigidos específicamente al mercado internacional, sacrificando en muchos casos, lo que daba identidad a las telenovelas de cada país, al neutralizar el acento y limitarse a historias cautoivas bajo esquemas cerrados que pocas opciones dan al escritor para evolucionar o arriesgarse;
  5. La intención de dirigir el producto a un sector específico de la población, en el que no se hace una estampa de dicho núcleo social, sino que se parodia (y se parodia mal), pretendiendo establecer modelos de conducta y de consumo (Dos mujeres un camino, Muchachitas, El premio mayor, Alma de Hierro) a y, finalmente, la más grave de todas,
  6. La falta de creatividad y los intereses económicos han dado lugar a una sobre explotación de historias ya probadas y han cerrado las puertas a nuevas propuestas y visiones renovadoras del melodrama (el ejemplo más claro es el de las decenas de secuelas que han tenido las mismas historias como Rina (1977), transformada en Rosa Salvaje (1987), y muchas otras, o de historias más recientes como Las aguas mansas (1994), y sus secuelas Pasión de gavilanes (2003) y Fuego en la sangre (2008).
Como podemos apreciar, el melodrama vive inmerso en su propio melodrama, pues si bien es el género literario más usado en la actualidad, es menospreciado incluso por quienes recurren a él para llevar a cabo sus creaciones. Pero una cosa es innegable, el melodrama forma parte de la vida cotidiana y está plenamente cimentada en el inconsciente colectivo; pues sólo a través de ella, el espectador consigue guiar sus frustraciones y encausarlas a través de las desventuras y obstáculos que sortea el protagonista melodramático, y purifica sus pasiones por medio de los logros y triunfos del personaje.

Finalmente, un par de reflexiones para aquellos que insisten en posiciones retractoras:

Si tachamos a la telenovela de frívola y carente de contenido intelectual, ¿el fútbol, por ejemplo, no es lo mismo? 22 tipos corriendo detrás de un balón durante noventa minutos, no es un paradigma de inteligencia y sí, en cambio, un buen catalizador de frustraciones cotidianas. Por otra parte, si pensamos en la escritura de una novela o un guión cinematográfico, estos exigen un ejercicio mayúsculo de capacidad de concentración y habilidad técnica; pero en ambos casos, al tratarse de un ejercicio, digamos, solitario, el tiempo con que se cuenta para culminar la obra es, por decirlo de alguna manera, ilimitado, en el que puede abundar en detalles, meditar los cambios y giros de la trama, revisar con toda calma la progresión dramática de la historia e incluso, tomarse una “vacaciones”, cada vez que se considere necesario; en tanto que en la telenovela, el guionista, aún y contando con un argumento general, se ve obligado a desarrollar la historia día a día, y siempre sufriendo la intervención de directores y productores, las presiones del público, sobrellevando los caprichos de actores, y abundando en cada entrega hasta en los detalles más imperceptibles, para que la historia no se pierda ni se desvíe, o decaiga su intensidad dramática, pues una vez que el guión es entregado, no hay vuelta atrás y un diálogo mal colocado puede llevar a pique meses de trabajo. En este aspecto, ¿No será acaso el verdadero reto del creador, del literato, sumergirse en el melodrama serial televisivo y asumir el riesgo de encontrar una propuesta que lo revitalice? Resulta muy fácil criticar al torero desde la barrera; pero tomar el capote y enfrentar al toro, no debe de ser nada sencillo.

Muchas cosas quedan por decir de la telenovela; pero eso sería tema de todo un libro; además no es nuestra intención adoctrinar a nadie, ni convencer a nadie a la fuerza sino presentar un esquema general, una visión panorámica de este género que tantas discusiones genera, y en el que, desgraciadamente se olvida que la cosa es tan sencilla que se resume en una cuestión de gustos, y especialmente de respeto (que no de tolerancia). La decisión es de cada quién, y, finalmente, como dice el maestro Jesús Calzada “El que esté libre de cursilerías, que tire su primer poema”.

[1] Sólo en 1997, las ventas de Televisa por telenovelas fueron aproximadamente 100 millones de dólares, sólo un poco menos que los ingresos de la British Broadcasting Corporation de la Gran Bretaña (BBC) y comparable a los 500 millones de dólares en ventas de las estadounidenses Warner Brothers, Paramaunt y Universal.

22/12/08

Despertares

(Publicado en la antología Más cuentos irónicos, ed. Selector, 2005)
No, nunca me gustaron las Navidades ni me gustarán jamás. Y no es por esas ideas del consumo obsesivo, de bondad hipócrita que no dura más allá del fin de año, o el problema de la penetración cultural a través de ritos e iconos provenientes del extranjero. Se trata de algo mucho más profundo que sucedió durante mi infancia, dejándome con un tatuaje en las entrañas. Una marca herrada que punza cada vez que me aborda el mes de diciembre, con sus luces de colores, sus árboles repletos de adornos, el olor a heno y musgo y los cánticos de inocentes niños gachupines aspirantes a eunucos.

La madrugada de Navidad es el punto de partida hacia la verdad, hacia el despertar a un mundo hostil, pletórico de crueldad y desencanto; hacia la caída de las deidades familiares y el resquebrajamiento de la estructura y sistema celular de la sociedad misma. La Navidad, como parte del dogma tiene un simbolismo noble y esperanzador; pero como parte de la realidad actual, no es más que una falacia, la degeneración del culto en la oportunidad perfecta para mentir, depredar bosques, comerciar y jugar “al bueno” por unos días.

Fue precisamente en una madrugada de Navidad, que tuve la gracia o la desgracia de asistir prematuramente a las exequias de mi inocencia y mi ilusión. Tenía 7 años y después de la tradicional cena con la abuela, llegamos a casa envueltos todavía en la efervescencia del festejo. Gozosos por los regalos recibidos de los tíos, esperábamos impacientes las utilidades de ese contrato consensual que celebran todos los niños en el mundo con ese socio regordete al que sólo conocemos en fotos o vemos de lejos en los centros comerciales, que habita en las tierras del norte y cada Navidad viene a pagar nuestras buenas obras del año que culmina, con los regalos que, mediante oficio le solicitan.
Como de costumbre, nuestros padres nos mandaron inmediatamente a dormir con el típico: “si no se duermen, no va a venir Santa y se van a quedar sin regalos...”. Nosotros, más por cumplir el trato que por deseo, corrimos a nuestros cuartos para hacernos los dormidos ansiosos por cobrar los frutos de ese largo año en que fuimos buenos, educados y obedientes; en que nos abstuvimos de decir malas palabras e hicimos todas nuestras tareas, convirtiendo aquel año en el más aburrido y ñoño de todos. Pero eso no importaba: de un momento a otro, Santa dejaría junto a los zapatos (concienzudamente lustrados para la ocasión) que habíamos dejado al pie del “nacimiento” el fruto de nuestro buen comportamiento. Tanto David como César, se durmieron a los 14 minutos de haber recostado su cabeza en la almohada; pero yo, como buen hermano mayor y representante de los intereses de mis hermanos, me quedé despierto, velando la llegada de nuestro amigo. Pasaron dos horas que se hicieron tan infinitas como pirulí en los labios, y un prurito de ansiedad me arrojó de la cama ordenándome bajar a la sala para verificar si la entrega se había efectuado.

Todo estaba muy oscuro, apenas era posible distinguir todo entre las sombras, que lentamente iban adoptando formas conocidas. Llegué con todo sigilo hasta las escaleras, bajé unos peldaños, me asomé entre los barrotes de la baranda y después de algunos esfuerzos, me fue posible distinguir una silueta que se inclinaba sobre el “nacimiento” justo frente a nuestros zapatos. Sin embargo, hubo algo que no me gustó: la silueta no llevaba sobre su cabeza aquél gorro colorado y...¿por qué no decirlo? ridículo ¿había decidido cambiar su uniforme de trabajo? Además, aquella figura era esbelta, y todo niño que se precie de inteligente y medianamente informado, sabía que Santa era gordito... ¿A él también le había pegado la crisis? ¿sería uno de los miles de beneficiados que presumían los anuncios de “Syluet 40” o Fataché”? Algo andaba mal, mi cabeza se coronó de un sentimiento de fatalidad y tenía que aclarar las cosas de una vez por todas. Me abalancé hacia el apagador con todo cuidado para no anunciar mi presencia, pegué mi cuerpo a la pared, respiré profundamente y “¡Clic!”, encendí la luz sólo para encontrar nada más y nada menos que a mi padre, quien dio un salto hacia atrás, sosteniendo aún entre sus manos las pruebas de su crimen. Yo me quedé mirándolo con unos ojos que no eran míos, que eran los de algún ser emergido del más profundo Pandemonio, un par de esferas fulgurantes, como aquellas pelotas de ping-póng que Cesar y yo incendiábamos escondidos en la azotea.

“Este... Alex... ¡puedo explicártelo todo!...” fue lo único que pudo balbucir. Yo estaba iracundo y caminé con pasos firmes y resueltos hasta quedar frente a él y exploté: “No tienes absolutamente nada qué explicar... Lo sé todo... ¡Eres un vil y vulgar robaregalos!... ¡Y nosotros tres de pendejos portándonos bien, rompiéndonos la madre en la escuela para que tú, cabrón, te chingues NUESTROS regalos!... ¡Seguro que por eso nunca nos traen ni Santa Claus, ni los Reyes todo lo que pedimos!... ¡Confiesa! ¡Dónde están todos los juguetes que te has volado?..

Ese fue el fin de mi inocencia.

Armé una algazara tal que todo mundo despertó, yo desenmascaré a mi padre y después de un par de horas de argumentos infructuosos por parte de mi madre, tirones de cabellera de mi padre y el llanto desconsolado de mis hermanos, el ladrón echó mano de su potestad familiar y me acomodó una soberana paliza que dejó mi trasero ruborizado por varios días. Yo me quedé decepcionado, sin regalos y castigado por un mes. Y lo peor de todo, es que como no le hablamos a ese extraño que se decía nuestro padre durante tres meses, Santa Claus pensó que los malos éramos nosotros y dio por terminado definitivamente el contrato, además de boletinarnos con los Reyes. No, definitivamente no me gusta la Navidad.

14/12/08

Orondo como pavo real

Hoy ha sido un día de esos en los que uno anda por las calles de la ciudad sintiéndose como pavo real. Mi hija Antara, a sus diez años, nueve meses, dieciocho días y no sé cuántas horas minutos y segundos, debutó profesionalmente como bailarina en la puesta en escena de El cascanueces de la Compañía Nacional de Danza, en el Auditorio nacional (uno de los tres foros más importantes que hay en México).





Aquí aparece su nombre, aunque casi no se ve



Sí, lo sé, su papel es pequeñito, sólo sale en el primer acto y ni siquiera les dan la oportunidad de salir al final a los agradecimientos y que su nombre aparece hasta el final del programa de mano y con letra chiquitita; pero el sólo hecho de ver su carita nerviosa antes de la función y la cara de emoción mezclada con cansancio al salir por la puerta de los artistas del Auditorio, es más que suficiente para, sentirme el padre más orgulloso del mundo. Ya desde ayer, en que estaba en la taquilla para comprar un par de boletas para mis hermanas, tuve que contenerme para no comenzar a presumir con las personas que estaban a mi alrededor en la fila y decirles, así como que no quiere la cosa, como si fuera un comentario casual: Pues MI HIJA baila en el cascanueces. Y como me contuve, pues aquí estoy, presumiendo mi orgullo y mi emoción por este medio.
Aquí creo que se ve un poco mejor su nombre
(Ojo, a mariana ni la conozco)


Hoy, mientras caminaba por Polanco para hacer tiempo a que acabara la función (la gente de la Compañía no nos dio boletas sino para el día 21), tuve la oportunidad, no sólo de dar rienda suelta a mi emoción en plena soledad, sino que además tuve tiempo para meditar sobre varias cuestiones relacionadas con el debut de Antara.


Por una parte, volvió a mí cierto sentimiento extraño y revuelto que me viene cada vez que veo a Tita (así le puso Silvio, su hermano) sobre un escenario; se me combina el orgullo, la emoción y la felicidad, con la sensación de que estoy usurpando un lugar que no me toca, especialmente ahora que Álvaro (el padre biológico de Antara) no pudo viajar desde Colombia para verla. Sé perfectamente que él, tan buen tipo como es, sabe cuánto quiero a Antara y que, bueno, las circunstancias (en las que no voy a redundar ni ahora ni nunca), han hecho que la niña lleva a mi lado más o menos la mitad de su vida, lo que le da la gran ventaja de tener dos papás que la adoran en lugar de uno; pero la ausencia de Álvaro en situaciones como ésta, dejándome todo el momento para mí solito, me hacen sentirme a veces como un ladrón de emociones, lo que se complica ante mi incapacidad para dejarme llevar y abandonarme a esa dulce experiencia de ver a mis hijos felices, haciendo realidad sus sueños. Espero de corazón, que bien pronto ese par pueda reencontrarse y ponerse al tanto de emociones, chismes y demás. Entonces, será el momento de dar un paso atrás y dejarlos que se gocen y se disfruten, de guardar la sana distancia para no interferir en un momento que por circunstancias ajenas a todos, se ha postergado por más de tres años.

Por otra parte, desde anoche en que Antara emocionada nos mostró el programa de mano, me puse a meditar en varias cosas relacionadas directamente con Antara y el inicio de su carrera como bailarina. A ella, que lleva en la sangre el ritmo de la cumbiamba y andaba bailando en los carnavales de Barranquilla desde antes de cumplir su primer año de vida, que se la pasaba bailando de todo el día y a la menor provocación, hasta llegar a vivir a México, nunca se le había pasado por la cabeza hacer del baile su forma de vida. No fue sino hasta que conoció a Fairuz, que hoy es su mejor amiga (y trístemente, a una de las que actualmente menos ve, aunque la tiene bien presente), se enteró que había una escuela del INBA en la que se llevaba en paralelo el estudio de primaria, secundaria y preparatoria con la carrera de danza. Eso fue hace tres años, Antara tenía siete y decidió desde ese entonces que eso quería hacer el resto de su vida. Mentiría si digo que yo la tomé en serio desde el primer momento; pero pasó el tiempo y ella se mantuvo firme en su decisión, y aunque dudé por un momento (para esos entonces ya la había cambiado de escuela por cuestiones de distancia y en los ires y venires de su vida llevaba cinco cambios de escuela), pensé en lo que a mí me hubiera gustado tener un verdadero apoyo, más allá de lo “políticamente correcto”, de lo “verdaderamente rentable” cuando externé mi verdadera vocación. Platicamos con Tany (la orgullosa mamá) y decidimos arriesgarnos a un cambio más, finalmente era lo que ella quería.



Aquí, en plena acción, y, aunque no se ve,

está en el mismísimo Palacio de Bellas Artes,

en el 60 aniversario de la ADM, hace un año

El ingreso no fue fácil, hubo un proceso de selección muy estricto, no sólo a nivel de aptitud, sino hasta físico; pero al final hace año y medio está en la Academia de la Danza Mexicana, ahora cursa el sexto año de primaria y el segundo de la carrera de danza clásica, y cada día la veo más convencida y más enamorada de su decisión. Sí, ya sé que dirán que es aún una niña y que las cosas pueden cambiar; pero basta con ver su cara y la actitud y seriedad con la que toma sus clases los ensayos, y hasta la exasperante manía que tiene de andar de puntitas bailando por toda la casa (igual que Dee Dee, la de la serie animada El laboratorio de Dexter), para saber que apoyarla es la mejor decisión que hemos tomado su mamá y yo. La cosa no ha sido fácil, más allá de lo maravilloso que podamos ver el talento de Antara (lo cual confieso es profundamente subjetivo), gente que no nos conoce se ha acercado a felicitarnos, los maestros nos han hablado de su gran capacidad, y ya hasta nos ha tocado sobrellevar los primeros embates producidos por la envidia y la competencia (especialmente por parte de los papás), lo que de alguna manera nos da un parámetro un poco más objetivo de que Antara tiene talento y lo hace muy bien, aún y cuando formalmente jamás había tomado clase alguna de baile, y menos de ballet.

Además, hasta se parece


Esa circunstancia, a pesar de los ataques a los que en algún momento nos hemos visto sometidos, nos hace a Tany y a mí sentirnos profundamente orgullosos, y en mi caso particular, a sentir una inmensa admiración por esa enana que a su edad tiene perfectamente clara la película. Ya hubiera querido yo a los dieciocho, cuando me tocó escoger profesión, tener la cosa tan clara como ella.

Ésta es de de junio de este año,

durante las prácticas escénicas de la ADM en el Teatro de la Danza


La Academia de la Danza Mexicana fue la primera escuela en su tipo, y tiene 61 años de experiencia y es la de mayor tradición; su planta docente es excelente y el nivel de exigencia enorme, entre los compañeros de Antara, varios de los grandes han obtenido becas importantes como la Rockefeller, y lugares para estudiar en países como Cuba o Estados Unidos… entonces, me pregunto ¿por qué recibe mucho menos presupuesto que la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (la que está en el CNA), a grado de que el sistema de tuberías de los baños está podrido y no hay dinero para arreglarlo? ¿Por qué están sufriendo por falta de grabadoras? Y, especialmente ¿por qué de la ADM sólo llamaron a seis alumnos para hacer la audición en la Compañía Nacional de Danza, cuando de la Escuela Nacional, entraron, sin audición, cuarenta y cinco? Y no demerito el trabajo y la calidad de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, los chicos que bailan son muy buenos; pero creo que, en justicia, todos merecen las mismas oportunidades, en todo aspecto, económico, laboral, etc. Ambas son escuelas pertenecientes al INBA, no veo por qué hacer distingos o tener preferencias, cuando se supone que las dos escuelas persiguen el mismo fin, que es la formación de profesionales de la danza. No sé, será acaso que la Escuela Nacional está más bonita, tiene más espacios y mayor capacidad en infraestructura, o simplemente por moda, o porque políticamente luce más el apoyo a ésta y no a la Academia. Pero bueno, lo importante, de cualquier modo, es que la ADM, con todo y las limitaciones, está dando muy buenos resultados… ¡y Antara está bailando con la Compañía Nacional de Danza en El cascanueces!

Perdón; pero no puedo dejar de presumírselo a todo el mundo.

Antara ha crecido como persona y está creciendo como bailarina, y en ejercicio absoluto de toda mi vanidad y egoísmo, quiero compartirlo con todo el que caiga por aquí y se decida a leer esto. Y es que más allá de lo feliz que pueda estar, este camino que está iniciando, me da un aliciente fundamental para no tirar la toalla, para tratar de darle el mayor de los ejemplos; pues no quiero que ni ella ni su hermano vean en mí algo que no soy, que no quiero ser; por eso este blog y por eso, aunque a veces las palabras se me resistan, diariamente me siento a escribir ya borrar y a corregir y hasta a destruir lo escrito, no ya para pasar a la historia como escritor, sino para que ese par que tanto adoro sepan con una certeza plena que su padre no abandonó su vocación en ningún momento y, lo logre o no lo siguió intentando siempre. Realmente estoy en contra en la idea del “sacrificio” por los hijos y no se los voy a heredar; al contrario, quiero que luchen por sus sueños, así sean los más disparatados, que se aferren a esos sueños hasta conseguirlos; pero sobre todo, que sean Ellos Mismos, y que no permitan que jamás, nada ni nadie, les imponga qué deben pensar, ser o hacer. Por eso apoyo a Antara y llegado su momento apoyaré a Silvio incondicionalmente, porque los amo y son mi luz, mi faro, mi vida.

Tal vez ya caí en el delito agravado de lo melodramático; pero la emoción es mucha… ¡y Antara está bailando con la Compañía Nacional de Danza en El cascanueces!

Y no creo que sea la primera ni la última vez que lo haga; Silvio a sus dos años y medio parece comenzar a mostrar inclinaciones musicales, y pues, bueno ya nos encargaremos de darle opciones y ya será lo que él decida ser, y por supuesto que cuando eso sea, recaeré en este pecadillo de la vanidad y vendré a presumirlo, bailando, musicando, cantando, jugando al fútbol o lo que mejor le acomode y de la gana, siempre que sea feliz.

13/12/08

Una noción contemporánea y personal de cultura

Cultura, es una de esas palabras que se encuentran incorporadas a nuestro vocabulario cotidiano de manera tal, que la repetimos, escuchamos o leemos constantemente, como muchas otras que nos sirven para denominar aquellas ideas u objetos que nos rodean día con día. Sin embargo, esta naturalidad con la que citamos el término cultura, frecuentemente nos hace apreciarla en forma parcial, impidiéndonos percibir la complejidad que su significado implica. Por ello debemos preguntarnos: ¿Sabemos qué quiere decir la palabra cultura?, ¿tenemos una idea clara de sus alcances y de la trascendencia que tiene en nuestras vidas?

El término cultura proviene del latín cultus, derivada de la voz colere, que significa habitar, cultivar, proteger, honrar con adoración; conceptos estos que con el paso del tiempo adquirieron autonomía, quedando a partir del siglo XVIII en L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, perfilado como la tendencia a cultivo o al crecimiento natural, lo que brota del ser humano, Esta significación primigenia le aportó al término una amplitud en su interpretación, que trajo una confusión entre cultura y civilización (que implica, de una u otra forma, la evolución de las sociedades y su nivel de progreso), hasta que los pensadores alemanes comenzaron a distinguir un término del otro; asignado al primero una idea de superficialidad y aristocrática pretensión; y a la cultura se le entendió como la suma de los valores más profundos de la burguesía, que en aquella época comenzaba a dominar en occidente.
Finalmente, durante el siglo XIX como resultado del surgimiento de la antropología como una ciencia autónoma, el concepto de cultura fue redefinido en función de las sociedades y su devenir. Y así han seguido unos y otros tratando decidir y convencer a los demás sobre qué queda dentro del concepto de cultura y qué no, dando lugar a toda una enorme clasificación de definiciones que, a final de cuentas, dicen más o menos lo mismo, sin decir nada en concreto sobre qué es cultura.

Así pues, esta diversidad de interpretaciones en torno a la palabra cultura, crea confusiones, ya que frecuentemente caemos en la visión parcial del asunto; y que el común denominador identifica principalmente en tres vertientes. Por una parte, la identificamos con la idea que nos aportan revistas, periódicos y otras publicaciones, referente a aquellos temas relacionados con la filosofía y las bellas artes (visión estético – filosófica), lo que en muchas ocasiones, nos lleva a pensar que se trata de un concepto cerrado y exclusivo de sectores artísticos y filosóficos; por otra, debido a documentales o incluso a lo que nos enseñan en la escuela, entendemos la idea de cultura desde un punto de vista histórico o antropológico; es decir, como el conjunto de tradiciones de las civilizaciones del pasado o de los grupos étnicos en general; y finalmente una tercera de carácter sociológico evolucionista, que la considera a partir del grado de educación y progreso técnico, intelectual y hasta politico. Pero aún y cuando estas concepciones puedan ser correctas, el considerarlas en forma aislada constituye un grave error, ya que el concepto de cultura es mucho más vasto y toca a todas las personas que viven dentro de una sociedad, y no sólo desde un aspecto determinado, sino de todos los aspectos pasados, presentes y futuros que existen tato en la esfera individual como en la colectiva.

En un sentido amplio, contemporáneo (y quizás, hasta temerario), bien podríamos decir que cultura es todo aquello que afecta, positiva o negativamente, a una sociedad determinada, de tal forma que costumbres tan cotidianas como el sentarnos frente al televisor para ver los programas que nos gustan, leer el periódico o un libro y hasta el no hacer nada, es cultura. Con esta definición que pretendemos aquí, podemos englobar todo lo que ha sucedido y sucede en nuestro entorno y que, directa o indirectamente, determina nuestro comportamiento, nuestras ideas e incluso, nuestros sentimientos.

Podemos hablar, por ejemplo, de una cultura nacional y referirnos a todo aquello que nos da una identidad como mexicanos, ingleses, o afganos, con todas las virtudes y defectos que esto pueda entrañar, o bien de una cultura doméstica, que implica nuestra forma de comportarnos hacia el interior de nuestras familias, nuestras creencias y valores; e igualmente, podemos encontrar otras centenas de ejemplos más, como la manoseada y malinterpretada cultura de la democracia, la cultura de los medios, de la lectura, de la historieta, de la tecnología y hasta de la propia incultura, situación esta última que a pesar de sonar paradójica, desgraciadamente existe en todas grupos humanos más o menos organizados y es el principal obstáculo para el progreso de cualquier sociedad. Y al hacer referencia al progreso, que quede claro, no nos referimos al desarrollo tecnológico o económico, sino al más importante de todos, al humano.

Ahora bien, creemos necesario dejar sentado que el hecho de que la cultura contenga una serie de factores que establezcan los parámetros generales de conducta dentro de un conglomerado social, no implica necesariamente que todos estos factores consigan trascender al paso del tiempo. Sólo serán aquellas situaciones, ideas, hábitos y formas del desarrollo humano que sean determinantes en la conformación de la anatomía social, las que conseguirán incorporarse a lo que conocemos como la tradición y al inconsciente colectivo permaneciendo en el tiempo. Esto nos lleva a otro concepto que suele confundirse con la cultura, y que es la moda. Ésta se compone de todas aquellas formas de pensar, actividades y procesos sociales que en determinado momento alcanzan un gran auge dentro de una sociedad; pero que al paso del tiempo, son olvidadas y dejadas de lado para ser sustituidas por otras consideradas como más novedosas, y como ejemplos de esto, tenemos el escuchar algún tipo particular de música, la forma de vestirnos o las expresiones y giros en el lenguaje que usamos al hablar.

De acuerdo con lo anterior, y tomando en cuenta las tendencias de globalización con la que las potencias económicas pretenden inundar al mundo entero, consideramos necesario tener, si no una visión académica y científica del concepto de cultura, sí por lo menos una idea clara de su contenido, ya que en la medida en que tengamos conciencia de lo que ha sido y es nuestra cultura, con todo lo que ella implica e interviene en nuestras vidas, podremos consolidar nuestro sentido de identidad y contribuir a un desarrollo más concreto de nuestro país, y de nosotros mismos, nutriéndonos conscientemente (por supuesto), del conocimiento y aspectos positivos de otras culturas, pues aunque nuestro paso por la vida sea efímero, nuestras acciones, nuestros aciertos y nuestros errores marcarán el camino a las generaciones venideras.

7/12/08

Susan

…Esa chica baila y se acaricia, se acaricia
sabe ser amable y ser actriz…
Pedro Guerra

Susan, pongamos que se llamaba así. Tarde de verano, marea suave de calmo océano, fuente de aguaceros, fruta plena, remanso del futuro; eso era ella, una mujer especial y diferente con personalidad de tigre al asecho y propietaria de un par de piernas esculpidas al más puro estilo griego, coronadas por una cadera de dinamita a punto de estallar, apenas contenida por la endeble membrana de lycra del panty, que amenazaba con sucumbir a los deseos que, otros tantos como yo en ese instante, éramos incapaces de resistir la mirada y sumergirnos en la marea de sus bailes.

Capturaba cada noche la atención general al transfigurarse de sirena a mariposa noctámbula dentro del capullo de miradas que trataba de impedir a cada compás que saliera a la libertad y volara del todo. Así, una noche y arrastrado por los amigos, fue que Susan y yo nos conocimos en el “Exxxtasis”.

Al principio fue partícipe de las burlas a las que me sometieron mis amigos, pues al nunca antes haber asistido a un espectáculo de Table dance, desconocía absolutamente el complicado mecanismo del placer por boleto. Era los tiempos en que uno comienza a salir al mundo con la libertad que da un documento que dice que uno ya tiene la edad mínima para comenzar a comerse el universo a puños. Pero aún así, no era mi estilo aquello de andar de puticlub en puticlub; mi naturaleza asceta y retraída no habían permitido que las hormonas tomaran el control y me llevaran por aquellos caminos. Y no era por cuestiones moralinas, experiencias había tenido, sino numerosas, sí lo suficientemente intensas como para saber lo necesario sobre el asunto. Sencillamente nunca me había interesado por sumergirme en los mercados de la voluptuosidad. Por eso, cuando en medio de una juerga mis amigos me arrastraron al “Exxxtasis”, me dejé llevar más por la seducción que ejerció el alcohol que llevaba dentro y el deseo de continuar con la fiesta, que por sentarme a admirar las cadencias de cuerpos esculturales haciendo acrobacias en un tubo al ritmo de la música.

El ambiente caluroso y encerrado, la poca iluminación y el altísimo nivel de decibeles que escupían las bocinas, me abofetearon como bienvenida. Un ligero mareo me abordó y aquello me hizo decidir, en principio, a no beber más y a salir del lugar lo antes posible. Los amigos reían, hablaban casi a gritos y miraban lascivos a cuanta mujer pasaba entre las mesas buscando clientes con quien departir, o a la chica que interpretaba su coreografía sobre el escenario.

Las protestas no importaron, me limité a mirar sin mayor interés el espectáculo sin tocar la botella de ron que habían pedido, y tomando únicamente coca-cola sin preocuparme por el precio (que, según me dijeron y no sin razón, sería tan o más costoso que pedir alcohol). Sin aviso previo, cuatro muchachas se instalaron en nuestra mesa, y entre sonrisas se sentaron en nuestras piernas solicitando les invitáramos un trago. Mis amigos, de inmediato pasaron a las caricias y a hacer bromas ramplonas con la chica que les había tocado en suerte; pero lo abrupto del abordaje (acaso la falta experiencia en esos lugares) provocó en mí cierta repulsión hacia la bailarina que infructuosamente trataba de hacerme más amena la visita, por lo que la despaché lo más cortésmente que me fue posible, y traté de esperar a que mis amigos se sintieran satisfechos y decidieran que era hora de irnos.

Pasaron las horas, pero mis amigos parecían cada vez más animados y con menos ganas de irse. Para mí ya había sido más que suficiente por esa noche, así que decidí terminar la fiesta. Más protestas y las típicas especulaciones acerca de mis preferencias sexuales. Al final me convencieron a quedarme a ver el baile de dos chicas más antes de que partiéramos todos juntos. Dos chicas, seis bailes, unos veinte minutos más en total, comparados con las casi cuatro horas que llevaba ahí, ya no eran mucho, así que decidí esperar un poco más. Y ahí fue que apareció Susan.

Ataviada con un diminuto vestido blanco que parecía pintado sobre su cuerpo de proporciones soberbias; un pequeño saco azul con galones en la bocamanga; gorra de capitán y una mirada profunda y azul como el mar abierto, inició su coreografía simulando ser marinera, entre movimientos lúbricos perfectamente sincronizados con el ritmo de la música que la acompañaba. Mentiría si niego que desde su aparición sobre el escenario quedé casi hipnotizado. En toda la noche, ese era el primer espectáculo que de verdad atrapaba mi atención, había algo en aquella mujer que impedía que distrajera mi atención mientras ella realizaba su acto.

Algo ocurrió, mis amigos dijeron que “la había llamado” con la mirada; pero durante la segundo baile, mientras giraba por el tubo trenzada con las piernas, me miró fijamente, petrificándome de inmediato. A partir de ese momento continuó su danza sin dejar de mirarme entre sonrisas provocativas, deteniéndose frente a mí, para bailar, moverse, tocarse y mostrarme su cuerpo lo más cerca posible, como para que no perdiera de vista ningún detalle de su figura. Poco a poco fue despojándose de su vestuario al tiempo que hacía cabriolas en el tubo, hasta quedar cubierta únicamente por un brevísimo panty y la gorra de capitán.

Sabedora de su profesión, terminó su actuación, se vistió nuevamente y con paso seguro se acercó hasta nuestra mesa para preguntarme si me había gustado su baile. Yo aún no salía de la hipnosis por lo que no pude articular palabra, dándoles a mis amigos un pretexto más para volverme el centro de su diversión. Susan se instaló junto a mí y comenzó a participar de la diversión, rompiendo la hipnosis y con ella, el embelezo que me había provocado. Si bien me seguía pareciendo una mujer hermosa como pocas, al verla ahí, a mi lado, haciendo chistes a mis costillas para divertir a mis amigos, más que deseo lo que me despertó fue una necesidad de largarme cuanto antes y no volver jamás a poner un pie en ese lugar. Pero Susan no estaba dispuesta a dejarme ir, estaba decidida a romper cualquier barrera, a vencer uno a uno los bastiones de mi resistencia hasta que yo sacara a relucir la bandera blanca anunciando mi rendición.

Al igual que su compañera horas antes, se instaló sobre mis piernas sin pedir permiso y comenzó a acariciarme, a hablarme despacio, al oído, dejando a un lado el escarnio, como si estuviera firmemente propuesta a resarcir la evidente molestia que estaba provocando su presencia. Al fluir de sus palabras, y por más que yo intentaba mantener los pies aferrados al piso, de tener presente que no se trataba más que de una representación, fui cayendo lentamente, y entonces los amigos, sus risas, sus burlas y sus gritos comenzaron a alejarse; poro a poco la voz, la cercanía de Susan se fue volviendo lo único palpable en medio de la noche y del local. Comencé a sentir los buenos oficios de su trabajo entre las piernas, con lo que quedé completamente a su merced; pues al darse cuenta de que estaba claudicando, comenzó a frotar suavemente su cadera sobre mis muslos, estimulando al instinto hasta que no pudiera más y dejara caer las últimas resistencias.

Después de un rato, soltó su oferta. Una vez más guardé silencio tratando de rechazarla; pero los amigos, divertidos, decidieron comprarme no uno, sino tres boletos para que el “servicio fuera completo”, según dijeron entre bromas de mal gusto. Pagaron la tarifa acordada a la boletera y Susan me tomó de la bragueta para dirigirme hacia el privado; pero esa acción me recordó nuevamente dónde y con quién estaba. Tomé su mano y la retiré con firmeza, ella me miró con sus ojos azules y sorprendentemente, ofreció una disculpa y tomó mi mano, consiguiendo hechizarme y llevarme como un bebé indefenso hasta un cuarto en penumbras, donde me sentó en un sillón y me explicó lo que tenía derecho a hacer y lo que no.

Si bien no opuse mayor resistencia, mi única intensión era esperar a que terminara su numerito, irme a casa y olvidarme de esa noche. Mientras Susan hablaba, yo guardé silencio, una vez más a la defensiva; y me preguntaba por qué me había dejado arrastrar a una situación que más que molestarme me inspiraba una pereza enorme, y mentalmente comencé a contar el tiempo restante para salir del lugar y dar por terminada esa farsa. Definitivamente, pensé, ese tipo de experiencias no eran mi estilo, que me llamaran cursi o hasta maricón; pero prefería ñoñeses como el cortejo, noviazgo y demás, sentir que si estaba con una mujer, esa mujer estuviera realmente conmigo, por lo que soy, por lo que siento, y no solamente en función de un arancel y por tiempo determinado. Antes de comenzar, de una manera dulce sin dejar de ser sensual, me dijo que a pesar de lo que yo pudiera estar creyendo en ese momento, ella comprendía muy bien que yo no me sintiera a gusto, que aunque pocos, había conocido gente como yo, que preferían otro tipo de aventuras y que la disculpara si me había incomodado, ella sólo hacía su trabajo y no era muy normal encontrarse con gente diferente a la que frecuentaba el “Exxxtasis”. Quise decir algo; pero ella no me dejó, selló mis labios con la yema de su índice derecho y comenzó a bailar.

Una música suave pero inquietante dio sus primeros acordes y ella, parada frente a mí comenzó a bailar con movimientos suaves y provocativos; las palmas de sus manos dibujaban su cuerpo al ritmo de la música, primero el cuello; luego los pechos, que henchían los pezones como dos ojos empeñados en mirarme y escapar de la prisión blanca y delgada. Después fue el vientre y la cadera que no tardaron en despojarse del mini vestido hasta quedar frente a mí. A medida que avanzaba la pieza, el baile, los movimientos y la cercanía se hicieron más intensos, comencé a percibir el aroma que despedía su cuerpo y me acariciaba cada vez que Susan se acercaba, y me rozaba apenas en una caricia que hacia estallar mis instintos.

Antes de que terminara la primera canción Susan ya me tenía completamente dominado, incapaz de oponer la menor resistencia. Sin quitarme los ojos de encima se sentó en mis piernas, ofreciéndome su pecho aprisionado por un vaporoso sostén que apenas lo contenía, mientras comenzaba a desabotonar mi camisa. Mi cuerpo no pudo resistir la escena y se dispuso a participar. Entonces fui yo quien dibujó su cuerpo con manos y lengua y di libertad a su pecho, que agradecido se untó en mi cara mientras mis manos poseían su cintura y recorrían de arriba a bajo su cadera.

Algo pasó, que no lo alcanzo a definir; pero la música no importaba ya, éramos uno los dos, indiferentes al tiempo y la tarifa, absortos en un juego del que mi miembro reclamaba formar parte y penetrar en el mundo cálido y húmedo de Susan. Al darse cuenta, sonrió con satisfacción y deslizó su cuerpo entero hasta quedar de rodillas frente a mí y encerrar a mi pene con su boca. No podía creerlo, estabamos solos ella y yo, simulando satisfacer nuestros deseos, y sin embargo era tan confortante sentir su cuerpo, retirar el panty con los dientes mientras ella me desprendía la camisa; hundir mi lengua en los labios de su entrepierna sintiendo en mi boca sus espasmos y escuchando su guerra para contener un placer que dejaba de ser juego o simulación y se transformaba en algo verdadero, resistiendo un orgasmo gorgoreante que no daba tregua y urgía por bullir, consiguiendo que, al igual que el mío, su cuerpo entero se rindiera sin condiciones.

Concluyó la tercera melodía; pero no importó. Todo quedó arreglado con un gemido entrecortado “ésta va por mi cuenta...” y seguimos adelante. Mis amigos estaban tan impacientes esperando ver la cara con la que saldría y el extra que deberían pagar, y ninguno de ellos acertó a pensar que, después de todo y de común acuerdo, decidimos romper el contrato y hacer el amor de verdad.

Salimos y ya había pasado poco más de una hora. Cuando llegamos de vuelta a la mesa tomados de la mano, nadie pudo burlarse al ver nuestra cara, pues ninguno de los dos fue capaz de disimular su satisfacción. Mis amigos nos miraban alternativamente con una mezcla de morbo, curiosidad y preocupación, especialmente cuando Susan, antes de irse a bailar nuevamente, dijo que el extra era cortesía de la casa. Ante los rostros atónitos de mis amigos, Susan y yo nos dimos un largo y profundo beso, luego ella me dijo algo al oído y se fue. Obviamente mientras pagábamos la cuenta y salimos del lugar, me asaltaron con preguntas sobre lo ocurrido, exigiendo casi los detalles; pero aquello había sido tan especial, tan fulminante que a pesar de las protestas de mis amigos me negué a hablar.
El tiempo pasó, todos crecimos e hicimos nuestras familias. Las cosas han cambiado y los amigos también, y ya nadie de ellos se acuerda de ella; pero yo aún espero a que los niños se vayan a dormir, para cerrar con seguro la puerta de nuestra habitación y pedirle a Susan que inicie su baile.

2/12/08

No estarás sola

Una excelente poeta y amiga a quien quiero, respeto y admiro está triste. Los paisajes que hoy la rodean resultan poco atractivos, más bien aciagos y tenebrosos y no le permiten brillar con esa intensidad tan suya, con esa pasión que pocos entienden en su exacta magnitud, y por eso la rechazan, porque no la comprenden, porque le temen por su capacidad infinita de ejercer su libertad, de Ser Ella Misma (así, con mayúsculas), autentica, sin mostrarse en pequeños trozos enmascarados para cuadrar en esta bufonada que es la vida.

Hoy, el entorno la asfixia y una vez más su naturaleza errante la lleva a pensar en migrar hacia nuevas tierras para poner distancia, para olvidarse un poco de toda la mierda y la violencia que la rodean, para escapar a salvo de “…la medianía intelectual, la medianía del alma, la poca vergüenza ni la violencia que como sereno de la aurora se le pega a una.”

Y yo, que muy lejos estoy de tener la mínima autoridad para aconsejar a nadie, llevo horas tratando de enhebrar cuando menos un par de palabras que puedan hacerla sentir un poquito mejor y le ayuden a paliar cuando menos en algo su desencanto, sin que suene a frase gastada, a lugar común… Pero, ¿cómo decirle que su dolor me duele? ¿cómo expresar cabalmente la frustración que me causa el no poder hacer nada para confortarla? ¿cómo explicarle que, a pesar de que últimamente la moda es juzgarnos a todos los hombres partiendo de la bajeza de nuestra condición masculina, yo soy distinto y hoy como antes sigo compartiendo el mismo frío de la incomprensión, el hambre voraz por vivir apasionadamente, con abandono e intensidad, así como ella misma me enseñó?.. No, definitivamente no hay manera.

Y es que cuesta tanto saberla triste, saberla mal; imaginar sus pequeños ojos ensombrecidos por la pena, de un par de lágrimas contenidas, luchando por escurrirse, su carita hermosa apagada, y verme aquí, con este par de manos inútiles, incapaces de hacer nada por darle algo más allá que estas palabras que vienen y se van y no terminan de llegar a ninguna parte y se mezclan con infinidad de recuerdos de cuando ambos éramos guapos y lo sabíamos, de cuando compartíamos escritos y sueños, en el café el Melodrama, en el Péndulo de la Condesa, en la plazuela de Cuernavaca, en el comedor de su casa de Jojutla la víspera de un 15 de septiembre, o a las carreras en el aeropuerto el Dorado, donde nos vimos por última vez hace poco más de tres años, ese día en que ella pensó que iba sólo por un paquete y en realidad iba a verla a ella, a presentarle a mi esposa, a abrazarla con fuerza y decirle que tenía razón, que es posible romper cadenas y reinventarse, rebuscarse en las entrañas la esencia y sacarla a flote para vivir como un piensa y no pensar como uno vive, y que al final callé sintiéndome como un intruso, con la amarga sensación de haber hecho mal tercio y arruinado un encuentro en el que yo no cabía.

Desde aquel día poco contacto volvimos a tener, el tiempo, la vida y los caminos nos llevaron por rumbos diferentes y la desidia hizo los silencios más prolongados; pero su recuerdo y ¿por qué no decirlo? su ejemplo, ha estado presente en todo momento ¿y cómo podría ser de otra manera, si ella es precisamente una de las tres mejores amigas que tengo?

Hace casi una década, allá cuando comenzábamos a conocernos, circunstancialmente me pidió un consejo sobre una decisión y yo se lo di un par con la mejor de las intensiones. Muchas cosas nos han pasado desde entonces y hoy, aunque ella no me lo pide, yo me siento obligado a darle un consejo en nombre de nuestra amistad y el cariño que nos hemos tenido. Quiero decirle que no se deje caer, que si siente que debe emprender el vuelo una vez más a buscar lo que aquí no encuentra, que extienda las alas tan grandes como pueda y migre a donde el viento y el destino la lleven; que se de una tregua pero que no claudique, pues aún le falta mucho por florecer y por brillar; pero sobre todo quiero decirle que sin importar lo que haga, las fronteras que atraviese o incluso los silencios aquí, en estas tierras, hay alguien en quien puede contar incondicionalmente, un amigo que la quiere y la lleva dentro, en ese baúl de las grandes querencias que llaman corazón.

Insisto en buscar palabras que le den consuelo, pero es tan grande el sentimiento que a veces las palabras también hacen el mal tercio. Y en medio de estas palabras revolotea en mi cabeza cierta canción de Ismael Serrano que un día le regalé, y que en estos momentos y ante mi incapacidad para expresarme, calza a la medida:

"No estarás sola,
vendrán a buscarte batallones de soldados
que a tu guerrilla de paz se han enrolado.
Y yo en primera fila de combate
abriendo trincheras para protegernos, mi guerrillera.

No estarás sola,
te saludarán a tu paso en mil idiomas, con mil lenguajes,
la gente a la que despertaste en cada viaje,
los que dormían en las calles,
a los que preguntaste,
por su esperanza, por su desastre.

No habrá distancias
que no cubra cualquier hombre que te busque.
No habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie.
No habrá misterio o duda en que tu presencia no luzca,
faro solidario en ausencia de paz,
en tiempos difíciles Estrella Polar.

Sola nunca, nunca estarás.

No estarás sola,
siempre habrá quien se parta en dos en cada despedida,
quien te de aliento cuando te des por vencida.
Tu revolución llenará sonrisas,
yo la incorporé a mis aperos
de trabajo, a mi vida.

Clava hoy tus raíces en mí.
Quién pudiera retenerte en Madrid.
Visitaremos lugares a los que hemos
ido antes juntos,
antes de conocerte,
antes de encontrarte.

No estarás sola,
siempre habrá quien te ayude a hacer las mudanzas,
quien te regale manos flores presencias sin pedir nada.
Y allí estaré para amarte,
y aunque no esté,
allí estaré para amarte.

No estarás sola.
No, no estarás sola.
No estarás sola."

29/11/08

La cama

Sufría. No podía explicarse el por qué de esa reacción tan esquiva por parte de Ernesto, esa fobia de cada noche a abordarla y descansar bajo el resguardo de su seno. ¿Acaso no era ella, precisamente ella la encargada de procurarle calor, de ofrecer a Ernesto noche a noche un espacio para el remanso después de una jornada entera de subir bajar salir y entrar sin detenerse un segundo?

Se suponía que para eso había llegado a la vida de Ernesto; sin embargo, cada noche era lo mismo: instalarse limpia, sin la menor arruga, inmaculada, para esperar a aquel ingrato que siempre busca algún pretexto para irse a dormir en otro lado, hoy es el frío, mañana el calor, anteayer tan sólo huyó y se largó al otro cuarto. Cada noche se preparaba y cada noche se sucedía aquel mismo ritual de humillación en el que Ernesto terminaba despreciándola, como si ella fuera muy poca cosa, no lo suficientemente digna para él.

Sí, en verdad se sentía frustrada, desplazada, llevaba casi tres años esperando y Ernesto insistía en ignorarla. ¡Cómo si una cama no sintiera! ¡Como si ella no pudiera eliminar la sensación de fracaso al no poder sentir en todo su ser el aroma dulzón y amargo de las noches húmedas al lado de Ernesto! ¡Como si fuera fácil tolerar la envidia que le producía la cama de mamá, esa ladrona que allá, en el cuarto de enfrente, no sólo se limitaba a cumplir su encargo, sino que además, gozaba desplazándola, arrebatándole a Ernesto, a SU niño.

Es natural que un niño sienta algún temor a pasar la noche sólo; pero ese era un periodo que no pasa más allá de un par de meses para adaptarse; ¡pero este cabrón! Lleva casi tres años haciéndome esperar, evitando a toda costa el destete emocional… ¡Alguien tiene que hacer algo con este niño!, pensaba la cama con preocupación; por eso, cuando escuchó decir a mamá que, lo quisiera o no, Ernesto por fin dormiría esa noche en su propia cama, ésta se llenó de emoción, pues finalmente podría cumplir con su misión, con su destino. Decidida, se propuso seducirlo a como diera lugar y proporcionar al niño el mayor de los descansos y la tibieza más placentera, a fin de que Ernesto nunca más quisiera regresar a la antipática cama de mamá.

Llena de emoción y cuidando que los nervios no la traicionaran con alguna arruga incómoda, se dispuso a esperar la llegada de la noche, imaginando cómo sería esa primera vez, soñando en lo bien que la pasarían juntos de ahí en adelante. Finalmente, el reloj señaló que la anhelada hora de dormir había llegado y la cama recibió a Ernesto tratando de darle la mayor suavidad posible, y una vez que lo tuvo entre sus sábanas, lo abrazó con una fuerza y una dedicación tal, que el niño se fue sumiendo en el sueño, y se sumió de tal manera que sin darse cuenta fue desapareciendo, fundiéndose en la cama hasta que de él no quedó más rastro que su silueta levemente dibujada en las cobijas.

Mamá lloraba, gritaba, maldecía y gimoteaba con desesperación; pero eso a la cama poco le importó, pues sabía que a partir de esa noche su misión estaba cumplida y Ernesto descansaría en su cama para siempre.

23/11/08

El hombrecito

Un hombrecito quería crecer hasta alcanzar con sus manos la luna. Realmente era pequeño y eso lo incomodaba sobremanera, así que estiró todos sus esfuerzos para conseguir su cometido y demostrar a todo el mundo su grandeza.
Después de un tiempo, el hombrecito logró crecer; no tanto como hubiera deseado, pero sí algo más de su tamaño original. Estaba orgulloso de su hazaña y se regodeaba con todos de su nueva situación, de su grandeza, y lo hizo de tal manera, que jamás se percató de que todos los que lo rodeaban lo siguieron mirando como siempre: por debajo del hombro.

15/11/08

Fragmentos del paisaje


Fragmentos del Paisaje, crónicas de viaje por América latina, Andrés Treviño, Editorial Códice, México, 2008.

A quienes nacimos a partir de la década del setenta, nos distingue una característica esencial: somos, de una u otra forma, una generación de migrantes.
Tal vez como producto del fenómeno de la globalización, por el vacío existencial que nos han dejado las decepciones heredadas de las generaciones anteriores, o como resultado del indiscriminado bombardeo mediatico y la consecuente desinformación a la que estamos sometidos, nos hemos visto impulsados a ir y venir, a migrar de un lado a otro para satisfacer esa necesidad de saber y de creer, de conocer lo que hay más allá de lo que cotidianamente nos rodea.
Por ello, sea por placer o por necesidad, nos encontramos en constante movimiento. Unos nos vamos a otros lugares para conocer culturas distintas, nuevas formas de pensar, de vivir; otros, migramos en busca de las oportunidades que en nuestros lugares de origen cada día parecen más difíciles de alcanzar, y otros, quizá menos afortunados, físicamente nos mantenemos estáticos; pero nuestra mente y nuestra imaginación navegan por universos lejanos e inmersos en esas realidades paralelas a las que en muchos casos podemos acceder a través de la internet.
Pero en medio de todo este fenómeno, el estado semi nómada que hemos adoptado responde a un sólo impulso: encontrarnos a nosotros mismos, encontrar algo en qué creer, un acicate al cual aferrarnos para darle sentido a nuestra existencia.
Y es al momento de dar constancia, al hacer un resumen de los hechos vividos, en que la transformación del viajero cobra su exacta dimensión; sin embargo, son pocos los testimonios que logran trascender más allá de la anécdota, de la postal o la típica fotografía que muestra al protagonista en turno sonriente delante de tal o cual lugar.
Lejos quedan ya las épocas en que los viajantes debían casi por necesidad dejar consignadas sus experiencias, sus descubrimientos y sus puntos de vista. Actualmente, son contados quienes han conseguido llevar sus vivencias al papel con buenos resultados, como los colombianos Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa, el español Gabi Martínez, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, o el cubano José Manuel Prieto.
Y ahora, es el turno de Andrés Treviño y sus Fragmentos del paisaje.
En estas crónicas de viaje, Andrés nos invita a compartir sus vivencias a lo largo de un año de andar por América latina; pero no la América de la postal, de “lo bonito”, sino que a través de su prosa, trata de sumergirnos un poco más hacia los adentros de cada lugar, para tratar de darnos una idea un poco más completa de ese mundo real hecho a un lado por el folleto turístico; pues en muchos casos, no es Andrés quien relata los sucesos, sino que es la gente, los propios habitantes de cada localidad visitiada, quienes toman la palabra para dar sus impresiones y expectativas sobre la realidad que les toca vivir.
Gracias a su talento como narrador y dramaturgo, Andrés nos lleva de la mano a través de un discurso directo, de “tú a tú”, transportándonos a través de sus palabras hasta sentirnos protagonistas de cada relato. Así, nos es posible paladear ese sabor a tristeza que emerge del Paraguay, o el aroma azufroso del Tío en las minas de Cerro Rico en Potosí, Bolivia; sobrevivir en Managua a un asalto al lado de la doblemente heroica; o bien, llorar dentro del templo del chamán en Palenque.
Por otra parte, al leer Fragmentos del paisaje, podemos ser testigos de la transformación que kilómetro a kilómetro se fue generando en Andrés, al enfrentarse a realidades crudas; a momentos de angustia que hoy a la distancia se antojan divertidos, como el caso de las larvas que le fueron extirpadas de la cabeza; así como a otros de profunda reflexión, en los que el encuentro consigo mismo, con ese yo que ha ido evolucionando al paso del tiempo, sale a flote hablándonos lo mismo con melancolía que con una irónica amargura, o con la indignación propia de quienes han tenido que sufrir la cerrazón burocrática en un módulo migratorio.
Pero lo más interesante, lo que es más digno de festejar, es que lo que comenzó como una serie de imágenes escritas enviadas a unos cuantos amigos por correo electrónico, se pudo convertir en este libro, y ahora podremos leer y disfrutar y compartir y hasta apropiarnos de una parte del Andrés que se fue un día y regresó un año más tarde, dejando una constancia hecha palabras de su paso, quizá para animar a otros a emprender el camino y trazar nuevas rutas y descubrir nuevos significados, o quizá, solamente para que no se olviden sus palabras; porque tal y como dijo José en medio de la selva, “Toda palabra cuyo significado se pierde, para mí significa tristeza”.

7/11/08

El pequeño Franz

"Cada persona tiene su propia historia. No. Tal vez todos formamos parte de un mismo devenir, o quizás en realidad nada existe. Somos diminutas motas de polvo universal, piezas de un ajedrez infinito, fragmentos de un tiempo desvaído y desplazado; imaginerías que nacen del ocio divino... El mundo de los hombres no es más que un círculo que nace en la nada y culmina en ella... nada... absolutamente nada....”
Al tiempo que dejaba escapar una última lágrima, el pequeño Franz terminó de leer sin dar crédito a lo que acababa de escribir; pensó que seguramente lo había sacado de alguno de aquellos libros que había leído, pues era imposible que él, precisamente él, fuera capaz de idear algo así, de escribir algo siquiera.
Tras la puerta un ruido lo alertó y sopló apresurado sobre la vela para apagar la luz y se escondió bajo las sábanas, rogando para que el golpeteo del corazón contra su pecho, que él sentía como el redoble de una banda de guerra, no lo delatara ante su padre y se armara nuevamente otro zafarrancho.
Después de un rato, y convencido de que había librado esa noche, dispuso a abrazarse al sueño escapándose así de esa sarta de filosoferías baratas que no llevaban nunca a puerto cierto y sí, en cambio, le procuraban una forma muy eficaz para garantizar de parte de su padre, aquellas palizas que caían sobre él cada vez que sus pensamientos rompían la barrera y saltaban de sus labios hacia los oídos de los demás.
Ahora estaba tranquilo, enfundado en su lecho cálido y protector; pero el simple hecho de rememorar lo sucedido esa tarde infinita e invernal, encerrado en el balcón, conseguía que su cuerpo se fuera petrificando hasta convertirse en una de esas enormes rocas de hielo que, según había leído en las crónicas de los aventureros, habitaban los puntos más altos de la tierra. Y al sentir como esa roca se iba destruyendo y se reducía a pequeñas y punzantes astillas que se clavaban inmisericordes en sus entrañas, un manto de ira lo cubrió por completo.
Quería gritar, saltar de su cama y dirigirse directo al cuarto del fondo, plantarse con firmeza a los pies de la cama de su padre y blasfemar contra él, increpar los insultos más elaborados, creados a partir de la más erudita etimología, nacidos desde el centro de su existencia; quería golpearlo una y otra vez para que viera quién era el débil, quién el que lloraba; para que se tragara una a una las humillaciones con que lo había abatido desde que tuvo conciencia de su humanidad. Deseaba con todas las fuerzas de su cuerpo acabar con su padre, enseñarle que ya no se dejaría agobiar por sus maltratos ni le permitiría hacerlo sentir como un asqueroso insecto; que el bicharajo era él y sólo él, y que nada deseaba más que despertar una mañana y encontrarlo rondando alrededor de su lecho y pisarlo mil veces, hasta que de su presencia sólo quedara una mancha informe bajo la suela de su zapato.
Quería decirle, gritarle, escupir en su cara cuánto le odiaba, que se fuera al infierno, que ya no permitiría que siguiera pudriéndole la vida; que no era más que una piltrafa, el producto de una arcada de un dios enfermo e iracundo; que lo único que no era ni jamás llegaría a ser era un hombre, un padre; quería vomitar sobre su padre que prefería considerarse un huérfano antes que su hijo, que aceptar que era el fruto de la semilla putrefacta y hedionda de un cretino.
Su corazón, su cuerpo, su habitación, el universo entero palpitaba irascible. Crecía y explotaba, se desparramaba por las calles de Praga y rodaban silentes alrededor de la luna, que observaba cómo éstas se dilataban adquiriendo un poder sobrenatural, mucho, mucho más fuerte que el pequeño Franz, que se quedó ahí, entre tribulaciones sollozos, acostado y empequeñecido en su lecho.

2/11/08

Rotundo vagabundo

¿Para qué negarlo? Soy un rotundo vagabundo, de esos que no pueden evitar quedarse quietos y adaptarse a las normas establecidas y a los tiempos y a las costumbres y a los lugares; siempre voy de aquí para allá buscando algo más, eludiendo protocolos y formalidades, para encontrar siempre el lado más sencillo (que no más simple) de la vida.
Soy un vago que se niega a dejar de ser niño, porque sólo así puedo continuar sorprendiéndome con el mundo y sus alrededores.
Camino porque sólo en el movimiento puedo ver el mundo que deseo y puedo verme a mí, a los ocho o nueve años, saltando a la calle a la menor provocación, y descubrir satisfecho de que a pesar de los años y las lágrimas y los títulos nobiliarios y la gente adulta, sigo siendo ese mismo niño.
Soy un paria caminante que prefiere más ser cosmopolita que ciudadano del mundo, porque sólo a través de la distancia puedo apreciar y responsabilizarme de mi raíz, de lo que soy, y no escudarme en ideas globales para no comprometerme con nada.
Camino porque recorriendo la vida de un lado al otro no me quedo ni a la derecha ni a la izquierda, ni en el centro el sur o el norte, pues soy mi propia rosa de los vientos.
Soy un nefelibata que busca en las alturas los ojos de mi madre, esos que llevaban atrapados al mar y al cielo en el iris, diciéndome que, después de todo, no soy un caso tan perdido.
Camino porque así puedo alumbrarles la senda a Antara y a Silvio y mostrarles que, a pesar de lo que parece a simple vista, siempre hay muchas más opciones adonde dirigir los pasos.
Soy un andariego atorrante que colecciona historias, rostros, palabras y paisajes como forma ineludible de no perder la capacidad de sorpresa frente a lo que me rodea.
Camino porque no creo ni en sacrificios, ni en ángeles o demonios, y prefiero cada día embriagarme de vida en lugar de dejarme envenenar por la realidad.
Soy un extranjero eterno que busca verdades hasta en las mentiras, porque mi espíritu decidió no creer ni en todo lo que lee ni en todo lo que le dicen.
Camino porque sólo las distancias hacen que nos llenemos de ideas y de palabras y de historias y de poesía, y sólo con ellas es que podremos vencer al olvido.
Soy un viandante inconforme que un día decidió emprender un viaje infinito convencido de que el patrimonio más valioso del ser humano es la libertad de su alma.
Camino porque así puedo descubrir al universo, y jugar a Dios y a crear y recrear la realidad, revolver verdad y ficción, darle tres vueltas y echarla a volar, esperando que algún día en ese volar de historias, pueda llegar a convertirme cuando menos por un segundo, cuando menos para una sola persona que me lea, en parte de su historia, de nuestra historia, de la Historia.