21/3/09

La tríada colombiana (Parte 1)

Un referente obligado al hablar de la literatura contemporánea de Colombia es, por supuesto, el Premio Nobel 1982 Gabriel García Márquez (Aracataca, 1928). Sin embargo, y sin demeritar el trabajo de este gran escritor y periodista, representante de lo que se conoció a nivel mundial como el Boom latinoamericano, principalmente durante las décadas de los sesenta y setenta, encontramos que por desgracia, en nuestro país, el trabajo de otros escritores de una nueva generación colombiana han pasado casi desapercibidos (como muchos todos los nuevos escritores talentosos de nuestro país), sea porque no representan una venta segura para las compañías editoriales, o bien por no estar reconocidos por los “grandes” círculos de escritores mexicanos. Pero ellos están ahí, con un trabajo concreto que refleja fielmente la realidad de ese país sudamericano, tan alejado México por su situación geografía, como cercano por su historia reciente.

Dentro de esta nueva generación de escritores, consideramos a tres autores como los principales exponentes, debido a su talento y fuerza narrativa, y a quienes hemos denominado como la Tríada Colombiana: Héctor Abad Faciolince (Medellín 1958), Fernando Vallejo (Medellín, 1942) y Rafael Chaparro Madiedo (Santa Fe de Bogota, 1963-1995). Y es precisamente por que los consideramos fundamentales para entender las nuevas tendencias literarias en Latinoamérica, que dedicaremos este espacio y algunos más a hacer una breve semblanza de su trabajo y de los puntos de convergencia de esta tríada, iniciando, en esta ocasión, con el antioqueño, Héctor Abad Faciolince.


Héctor Abad Faciolince
Fragmentos de una nueva literatura

Como ya señalamos en líneas precedentes, Héctor Abad nació en la capital de Antioquia en 1958, donde cursó la carrera de Periodismo; más adelante estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín, en Italia, y hasta la fecha, su trabajo se ha desarrollado como periodista, traductor y escritor. Ha publicado el libro de cuentos Malos pensamientos; las novelas Asuntos de un hidalgo disoluto, Fragmentos de amor furtivo (que actualmente está en vías de convertirse en película); Basura (con la que ganó el primer premio Casa de América de Narrativa Innovadora); Angosta; El amanecer de un marido; el libro sin género Tratado de culinaria para mujeres tristes; el libro de crónicas El oriente empieza en El Cairo, los magníficos libros de ensayos Palabras sueltas y Las formas de la pereza y el entrañable relato sobre su padre El olvido que seremos, así como de innumerables ensayos y artículos en periódicos y revistas.

Su obra se distingue por un estilo fresco, sencillo y desenfadado, aunque no por ello menos impecable, que encierra a su vez una gran profundidad temática que confluye en un tema recurrente: los horrores y la realidad de una ciudad como Medellín; pero no visto desde el punto sensacionalista de la violencia y la guerra desatada en la zona en los estertores del siglo veinte, sino desde una perspectiva mucho más universal y común: el vacío espiritual, la falta de un sentido claro que ayude a sobrellevar la vida, la necesidad de aferrarse a algo en medio de una urbe cualquiera del planeta, poblada por millones de almas igualmente solitarias que viven día con día la decepción de experimentar en que las “bondades” no son para ellos. Sin embargo en el enfrentamiento con esta dura realidad, Abad Faciolince aborda temas fundamentales como las relaciones humanas, la vida, la muerte y los retos y preocupaciones del escritor, sin perder ese sentido lúdico que le permite saltar de imágenes poéticas con una gran carga emotiva mediante el uso de construcciones verbales sencillas (que no simplistas), hasta comentarios irónicos y que, incluso, más de uno podría considerar como temerarios, como es el caso del sarcasmo que dedica al realismo fantástico, en boca de uno de sus personajes, al declarar después de una disertación sobre lo que debe de ser la nueva literatura: “Yo no sé cuándo conocí el hielo pues yo nací en los tiempos de la nevera. Me acuerdo, sí, de una mañana en que mi padre me llevó a conocer un muerto.” (“Basura”, pág. 58).

Ahora bien, otro tema recurrente en medio de esa constante soledad es el amor, que, sin caer en la novela rosa, hace de hilo conductor de sus obras. Y el mejor ejemplo es, la que a título particular consideramos como su mejor novela publicada Fragmentos de amor furtivo, que relata una historia de gran erotismo en la que Susana y Rodrigo, dos personas de la clase media colombiana, que enfrentan su soledad, y a pesar de ser diametralmente diferentes, deciden dar rienda suelta a un amor verdaderamente difícil para ambos. Lo notable y sublime en este caso, es la forma en la que Héctor Abad consigue escudriñar el sentimiento y los pensamientos del alma femenina, brindándonos una novela que establece una plena identificación del lector(a) con los personajes y las situaciones planteadas y nos regala, por un lado, a la mujer que todas las mujeres, consciente o inconscientemente, desean llegar a ser, y por el otro, al hombre que, queramos o no, somos todos los hombres.

Desgraciadamente se acerca el momento de dar por terminado este conjunto de fragmentos sobre la obra de un escritor ampliamente recomendable, que sabe disparar con gran maestría los detalles y avatares de la vida cotidiana para convertirlos en un hecho estético y literario lleno de significaciones y matices, que nos llevan de la mano por una ficción tan convincente y verosímil como nuestras propias manos, como nuestras propias vidas. Así que, no deje pasar la oportunidad de conocer a este gran autor, de zambullirse en el placer de su pluma.

13/3/09

Un hada, un cisne


(A partir de la canción homónima
de Charly García)
Un recuento nostálgico
por mi maestro, amigo y gordirector,
que me enseñó a dar libertad
a mi niño interno y lo poquito que sé
de literatura infantil,
José Antonio Alcaraz (1938-2001)



I.
“¡Ay sí! Te falta esforzarte más, aplicarte en tu magia y sobre todo, con-cen-trar-te... si fueras como Fauna, Flora y Primavera, podrías incluso llegar atener tu propio cuento... ¡Eres el hada negra de la familia, y como no pones ningún interés, quedas expulsada!..” “¿¡Y a quién le importa la Escuela de hadas!? Finalmente... ¡ellos se lo pierden!..” Así venía refunfuñando Gertrudis mientras vagaba por el bosque francamente molesta, blandiendo torpemente sus alas y con el gorrito gacho. Parecía un pequeño sapo que avanza de brinco en brinco por las ramas. Estaba furiosa porque no aceptaban su forma de ver la vida “hadíl”. Y no es que no deseara ser un hada madrina y ayudar al ahijado que le encomendaran; pero le aburría sobremanera la forma tiesa y ortodoxa en que enseñaban en la escuela: eso de quedarse calladita, perfectamente seria y absorta en el aprendizaje del proverbial “Dívidi Bábidi Bú” le causaba una flojera enorme.


No. A Gertrudis le interesaban otras cosas: jugar por las noches con las luciérnagas, montar a grillo por el bosque y, de paso, hacer una que otra travesura con los polvos mágicos para molestar a sus hermanas, que no la querían, ya que siempre fueron las más aplic-hadas de la escuela y mostraban su desdén hacia Gertrudis por desfachat-hada, aunque en realidad, lo que sí eran sus hermanas, era un par de apret-hadas, por lo que Gertrudis siempre gozó al causarles escándalo y que le gritaran a coro con horror: “¡Pero vete nada más: eres una desparpaj-hada! Y además... ¡atolondr-hada!..”


Gertrudis quería algo más que obtener su título y cédula profesional de hada, enfundarse en su traje de merengue y andar por ahí, varita en mano, cumpliéndole deseos al protagonista en turno. Eso era demasiado ñoño para ella, que siempre se preguntó por qué no nació en la época de los cuentos épicos, donde dioses y guerreros libraban feroces combates. Se veía a sí misma como “Gertrudis, la guerrera de Darmaján”. Pero era tan sólo una aprendiz de hada que corrieron de la escuela por ser diferente.


Poco a poco, su corazón fue cambiando del color del coraje al de la tristeza, hasta que con un puchero enorme, se sentó en la rama de un árbol y rompió en llanto; no sería jamás, ni cuando menos un hada de relleno en algún cuento segundón: su destino, era el anonimato.


II.
Tanto lloró, que a sus pies se formó un lago con sus lágrimas y pronto pudo ver reflejado su rostro, y ahí se quedó, mirándose como si no se conociera, hasta que cientos de circulitos que crecían hasta hacerse circulotes, desdibujaron su imagen. Gertrudis levantó la cabeza para ver qué sucedía; así pudo ver cómo iba acercándose un cisne blanco que también lloraba. “¿Quién eres tú?”.. si eres el patito feo... te aviso que ya creciste y eres hermoso...” dijo Gertrudis al sentir en la presencia del cisne una tristeza mayor a la suya; pero que a pesar de ello, dibujó tenuemente una sonrisa en su pico. “Nada de eso... me llamo Austreberto y vengo de las tierras de Este...” dijo el cisne y continuó: “Y tú, ¿cómo te llamas?”. La respuesta de la pequeña no fue muy alentadora: “Soy Gertrudis, lo que se puede llamar un hada fracaz-hada.”


De esta manera, Gertrudis y Austreberto se hicieron amigos al identificarse en el dolor: ella, expulsada de la escuela y él, imposibilitado para regresar a las tierras del Este, porque se fracturó las alas al escapar de un cazador, mientras buscaba el camino a casa. Ambos compartieron su pena y Gertrudis, aunque nunca lo dijo, se enamoró de Austreberto y soñó con volar a su lado, cruzando el mar hasta llegar a aquel lugar que el cisne tanto añoraba. Por eso le afligía tanto ver a Austreberto triste y con las alas rotas. Decidió ayudarlo a como diera lugar para verlo feliz, y después de mucho pensar, dio un gran salto: “¡Ya sé... yo voy a curar tus alas..!”, y comenzó a hurgar en los bolsillos de su vestido: “chicles... no... galletas... tampoco.... resortera... menos... a ver... por aquí deben estar... ¡aquí están!”. Emocionada, Gertrudis sacó su costalito con polvos mágicos, respiró profundo y con todo cuidado, roció los polvos sobre Austreberto, poniendo toda su concentración y fuerzas en pronunciar correctamente cada una de las palabras del hechizo hasta que... ¡pum!: las alas del cisne se extendieron enormes y blancas, ¡estaban curadas!.


Gertrudis se desplomó exhausta a los pies de un árbol mientras Austreberto le agradecía el milagro. Entre jadeos, la pequeña advirtió en un gesto de honestidad: “Yo en tu lugar primero hacía un vuelo de prueba... te recuerdo que me expulsaron de la escuela...” Él pidió a Gertrudis que lo acompañara; pero ella no podía dar un paso más; entonces se quedó recargada en el árbol descansando y Austreberto alzó el vuelo para probar sus alas elevándose por los cielos, muy alto, como si quisiera besar al sol.


El cisne llegó hasta el mar y decidió parar un rato antes de regresar por Gertrudis. Ambos, cada cual por su lado, se quedaron profundamente dormidos. Para cuando ella despertó, ya la tierra se había bebido sus lágrimas y no quedaba ni rastro del lago. Desesperada comenzó a gritar el nombre del cisne esperando ser escuchada; pero era tarde: Austreberto ya había sobrevolado la zona sin encontrar ni al lago ni a Gertrudis y, pensando que ella había desaparecido para evitar la despedida, emprendió agradecido su viaje al Este.


III.
Una vez más, el llanto comenzó a llover en los ojos de Gertrudis; nunca más se volverían a ver. Caminó durante largo rato afligida, con la cabeza gacha, sin ganas de seguir viviendo. Sintió que en un momento lo tuvo todo y al siguiente lo perdió. Sin embargo, al regresar a la aldea, todos la esperaban expectantes. Gracias al morbo de Campanita, que la siguió a escondidas y fue testigo de todo, maestros y compañeros de Gertrudis supieron de su hazaña, y asombrados con el poder de la pequeña, decidieron por unanimidad otorgarle su título y cédula profesional como hada. Ella recibió con gusto la sorpresa y se convirtió en el ejemplo para toda la comunidad hadíl, pues recibió incluso el más alto honor al que puede aspirar un hada: ser la protagonista de éste, su propio cuento.



IV.
Gertrudis finalmente fue un hada feliz, aunque, desde aquel día, todas las tardes, sin excepción alguna, vuela hasta el mar y se sienta en la playa sosteniendo su varita mágica, que en vez de tener el la punta una estrella, muestra un cisne, a mirar hacia el Este hasta que el sol se pone la pijama y se va a dormir.

7/3/09

Lecturas

Este año, no ha sido fácil arrancar con la carrera de lecturas, hay demasiadas en la fila de espera; otras tantas que se me van cruzando en el camino; la novela (que se sigue resistiendo); una cantidad enorme de proyectos anotados y otros tantos más revoloteando en mi cabeza a la espera de pista de aterrizaje; mucho trabajo; la tesina de ingreso a la AMDIM (que ya casi está); los preparativos de la maestría y Tany, Antara y Silvio que demandan atención, ingredientes que combinados me dejan poco espacio para leer, aprovechando esa gran ventaja de que puedo leer sin marearme en el metro, autobuses y caminando, haciendo de los traslados casa – oficina – casa, verdaderas tertulias de lectura.

Así que ahí la llevamos, sumando títulos a la lista (en la que por supuesto no entran las de carácter jurídico; esas por ahora son más obligación que placer) y me pareció buena idea seguir hablando de algunas de ellas, las más relevantes a mi gusto. Eso sí, advierto que estas pequeñas impresiones están completamente fuera de discursos grandilocuentes y eruditos, de esos que deben leerse en voz alta y tono engolado al más puro estilo “mamá, soy Paquito, no haré travesuras”; así que, amigo y cómplice que lees estas líneas, eres de los que gusta de cesudos estudios y análisis profundos sobre los libros expuestos, desde ya le digo que cierre esta página y espere a la semana siguiente a ver qué se me ocurre; porque de eso, nada. Siempre me han reventado las “críticas literarias” y esas personas que, como dice mi buen amigo y escritor Óscar de la Borbolla, “prefieren dedicarse a una actividad de quinta”. Lo que busco a continuación es dar una pequeña impresión de ciertos libros y nada más, así subjetivo y sencillo; y pensándolo bien, ya más adelante dedicaré un espacio específico para hablar de lo que pensamos sobre la crítica literaria (en especial, porque me estoy desviando del objetivo principal de esta intervención. Venga pues…


La tienda de los suicidas
Jean Teulé
Editorial Bruguera
Novela

Esta novela desarrolla la historia de la familia Tuvache, orgullosos dueños de una tienda especializada en suicidas, donde es posible encontrar absolutamente todo lo necesario para dar el paso final al otro mundo. Pero la verdadera tragedia comienza con Alán, el hijo más pequeño que está enamorado de la vida, lo que automáticamente lo convierte en la oveja negra y vergüenza de la familia, poniendo en jaque el negocio familiar.

Se trata de una novela ligera y sumamente divertida, muy ágil y con un humor negro delicioso. Jean Teulé, el autor, se ha dedicado principalmente a la escritura de guiones cinematográficos y a los comics, y tal vez por eso consigue que mientras estamos leyendo y vamos de carcajada en carcajada podamos ver claramente la imagen de un niño que adora encontrar siempre el lado bueno de la vida y carga una sonrisa permanente en el rostro. Además el final (que no les voy a contar) tiene la gran virtud de ser sorpresivo, de dar una vuelta de tuerca cuando uno ya había caído en la trampa anticipando un final con sabor a lugar común, dejándonos con l aboca abierta y volteándonos todo el esquema.



Si bien no es un tesoro o revolución literaria, creo que está muy bien escrito y es un verdadero gusto poder leer algo ligero y que al mismo tiempo transmite ideas profundas desde una perspectiva desenfadada y ágil.


Firmin, aventuras de una alimaña urbana
Sam Savage
Sex Barral
Novela

Firmin es una rata que por circunstancias de la vida, nace en el sótano de una librería de viejo en el viejo Boston; y en su necesidad por sobrevivir comienza a devorar libros, siendo tal su gusto por ellos que aprende a leer. La madre y los hermanos de Firmin pronto abandonan el lugar en busca de otros sitios con mayores posibilidades de alimentación; pero Firmin no, él decide quedarse y hacer de la librería su hogar, su pedacito particular de paraíso, iniciando un proceso de humanización, sin darse cuenta de que con ello, nos está mostrando la bajeza de nuestra condición humana.

Las peripecias que vive este roedor en su afán por ser lo más humano posible, combinado con su naturaleza depresiva y una capacidad de ternura envidiable, nos llevan a quererlo desde las primeras páginas y a divertirnos con el relato de sus instintos de voyeur. Resulta un verdadero agasajo verlo soñándose convertido en Fred Astaire, enfundado en un frac y bailando del brazo de Ginger Royers, o descubriendo que gran parte de su vida la vivió soñando con ser escritor en el más puro estilo burgués.

Según aparece en la contratapa, Sam Savage publicó esta novela en una autoedición y su éxito se dio de forma artesanal; es decir, fue pasando de mano en mano, por recomendación de sus lectores hasta convertirse en uno de los libros más solicitados en el sitio amazon.com, atrayendo la atención de una editorial como Seix Barral, que es quien edita el libro en español. Y no le falta mérito, es una historia entrañable que inmediatamente le llega hasta adentro a todos aquellos que hemos hecho de la lectura no sólo una afición, sino toda una conducta adictiva y apasionante, es muy fácil sentirse identificado con las reflexiones y referencias bibliográficas que hace ese pequeño roedor culto y lo mismo puede llevarnos a la risa que a las lágrimas, a sufrir con él y a soñar a su lado con un mundo que poco a poco se va desmoronando a su alrededor. Algunos que saben, especulan respecto a si Firmin no es otros sino el alter ego de Savage; eso no lo sabemos; pero de ser así, el tipo debe de ser formidable e interesantísimo.

Y antes de comenzar con frases rimbombantes; mejor resumimos esto a algo muy simple y directo: a mí me encantó.



Hotel Pekín
Santiago Gamboa
Seix Barral
Novela

Si algo nos ha gustado siempre de lo que hemos leído de Santiago Gamboa, es ese estilo uniforme y pulido, que sin embargo no deja de sorprendernos con cada nueva narración, y Hotel Pekín, no es la excepción. Aquí, Gamboa nos habla de un colombiano radicado en los Estados Unidos y que en principio está perfectamente asimilado a la idiosincrasia del american way of life; trabaja para una empresa de asesoría dedicada a enseñar a altos ejecutivos y empresarios de países de medio y lejano oriente los secretos para ser un poco más “civilizados”, más occidentales en sus relaciones comerciales. El hombre viaja por el mundo enseñando cosas fundamentales como, las marcas y formas de combinar colores y texturas de un traje, el uso de joyas, relojes y accesorios o hasta dónde llenar una copa de vino.

Su vida transcurre sin mayores sobresaltos y está convencido de que es un triunfador, hasta que llega a dar uno de sus cursos a China, en donde conoce a un empresario al que de inmediato identifica como un “agente reticente” y en su afán por convencerlo de las bondades de la vida occidental y de la necesidad de abrirse para llegar a tiempo a su cita con el futuro y el progreso, que comienza a estrechar sus lazos con el empresario, y a través del trato y sin darse cuenta, comienza a replantearse su vida, sus raíces y sus valores.

Aquí estamos frente a una de las imágenes recurrente en la obra de Gamboa y es la esencia del extranjero, del emigrante, desde una nueva perspectiva, un nuevo punto de vista del sentimiento de otredad y una crítica abierta a todos aquellos que forzados por las circunstancias o por gusto, deciden emigrar en busca de nuevas formas de vida y caen en la trampa de olvidar su origen, sus raíces, o bien abdican concientemente de ellos. Sin duda es un libro (como todos los de este autor) interesante, ágil y que vale la pena leer.



***

Y bueno, luego seguimos hablando de otros libros; por lo pronto ¿qué has estado leyendo últimamente, alguna recomendación?

27/2/09

Placeres noturnos

Con toda parsimonia, sacó del bolsillo su antiguo reloj de leontina y vio que marcaba las dos de la mañana. Un profundo bostezo emergió de sus pulmones hasta arremolinarse en su boca anunciando que, por esa noche, la ronda había terminado. De hecho, ni siquiera resultaba necesaria: la librería tenía uno de los sistemas más avanzados de seguridad; pero después de tantos años de hacer de velador, esta actividad ya no era un mero trabajo, se había convertido en un verdadero privilegio y un placer cumplía con el mayor de los rigores.

Sin embargo, notó que esa noche se sentía algo extraña: una lluvia torrencial acompañada por un sin fin de relámpagos cimbraban con estrépito el amplio local; además, la humedad del ambiente calaba los huesos haciéndole un tanto tortuoso el paso, por lo que emprendió el regreso y se fue directo hacia la escalera que lo llevaba a su cuarto. Había llegado el momento de iniciar otro de sus placeres nocturnos: encerrarse en la habitación y sumirse en sus lecturas, tal y como lo había hecho desde hace poco más de cuarenta años, cuando llegó a la ciudad y lo contrataron en la librería.

Entró al cuarto y se dirigió a la mesita de noche donde estaba la cafetera eléctrica y preparó el necesario para el resto de la noche, luego abrió el ropero y sacó la botella de coñac y el libro elegido al azar esa misma tarde, los llevó a la mesa de lectura, se sirvió la primera copa y paladeó el sabor del licor, disfrutando el paso de éste por su boca y su garganta. Caminó hasta el estéreo y se detuvo varios minutos hasta escoger la música que lo acompañaría durante esa jornada. Después de un rato, tomó del gran mueble para compactos un concierto para piano de Mozart interpretado por Badura Skoda. Lo colocó en el reproductor y moduló el volumen de tal forma que se escuchara por encima del ruido de la lluvia; pero sin que quedara tan alto como para distraer su lectura. Después sirvió una taza de café y la sostuvo unos instantes cerca de su nariz, a fin de disfrutar su olor a través de los vapores que emergían de la taza.

Ya instalado, se dispuso a comenzar su lectura, pero pasó lo de cada noche: alcanzó a ver de reojo el tablero de ajedrez que le pedía la continuación del combate suspendido la noche anterior. Hizo a un lado el libro, acercó el tablero, lo miró un rato meditando y avanzó el caballo blanco amenazando al rey negro. Jaque... se dijo a sí mismo y miró el tablero unos segundos antes de retirarlo.

Retomó el libro y se desconcertó. A pesar de que trataba del volumen que él mismo había extraído de la mesa de novedades la tarde anterior, no recordaba que en éste no apareciera nombre, datos editoriales o del autor. Lo revisó un rato y no encontró nada, así que pensó que tal vez, si el libro era bueno, bien valdría conservarlo como ejemplar raro. Lo abrió en la página ocho, donde comenzaba el texto y comenzó a leer. Desde las primeras líneas quedó más sorprendido aún; pero no pudo detenerse.

A través de las páginas del libro, el hombre se encontró con la historia de un niño pastor que vivía en un pueblo serrero y tenía por único amigo a un conejo pardo y que a los 10 años huyó de casa, después de que por un descuido, se le desbarrancaron cinco borregos mientras buscaba capullos en lo alto de un almendro, lo que implicaba la paliza fenomenal de un padre alcohólico al que odiaba. Leyó cómo ese niño recorrió una gran distancia acompañado por su conejo y de cuando su mascota murió de hambre una mañana de invierno produciendo un profundo dolor al chiquillo, que lloró desconsolado al descubrirse solo y en total desamparo; pero que se repuso y siguió su marcha hasta llegar a la ciudad, donde mendigó y robó fruta del mercado hasta que lo encontró Don Sebastián, quien al ver las condiciones en que se encontraba el niño lo recogió, dio trabajo en su librería y le enseñó a leer y escribir.

También pudo leer la historia de cómo creció ese niño arropado por Don Sebastián, trabajando duro y leyendo cada volumen de la librería durante las noches hasta ascender de afanador a velador y de velador a vendedor, y cómo en este puesto conoció y se enamoró de Marta, quien nunca le correspondió y se casó con otro; de cómo lloró y sufrió por ella y cómo lo consoló Don Sebastián, que era su único amigo y meses después lo ascendió a gerente para morir un año y medio después, heredándole toda su fortuna, porque el muchacho era su única familia. De cómo el joven gerente sufrió la muerte de su amigo y protector y comprendió que su destino era indefectiblemente la soledad, asumiendo este sino y negándose a dejar su cuarto de la librería aún siendo el dueño; de cómo se refugió en la lectura limitándose a vigilar la entrega y descarga de los pedidos cada mes y a hacer de velador por las noches. Y finalmente, de cómo siendo ya velador y dueño de la librería, un noche de tormenta miró su reloj de leontina que marcaba las dos de la mañana y decidió que su ronda había terminado y se fue a su cuarto, preparó café, saco del ropero el libro escogido al azar la tarde anterior y la botella de coñac, bebió una copa y escogió un disco de Badura Skoda interpretando a Mozart, para luego servirse una taza de café e instalarse en su mesa de lectura, donde antes de leer el libro, puso en jaque al rey negro avanzando al caballo blanco, y después comenzó la lectura de un libro sin título, datos editoriales o del autor, que contaba su propia vida y al terminar la lectura, escribió una carta y murió.

Cuando a la mañana siguiente lo encontraron los empleados de la librería; el hombre estaba sentado, con el tronco apoyado sobre la mesa, la copa de coñac vacía, media taza de café helado y bajo su rostro un libro en el que nadie reparó, pues toda la atención se centró en la hoja de papel que aún sostenía en su diestra y que tenía escrita a lápiz una carta dirigida a una tal Marta, a la que nadie conocía y el difunto escribía diciéndole que la había amado toda su vida y le dejaba todos sus bienes como prueba de su infinito amor.

20/2/09

Las subversiones de la libertad

"El que sabe leer sabe ya la más difícil de las artes"
Duclós

Hace relativamente poco tiempo, y a partir de una plática en la que se cuestionó la adicción que sentimos por la lectura, llegamos a la conclusión de que leer es una de las formas de subversión que ha encontrado la libertad para existir plenamente.

Dicen que la libertad, en su forma más pura, haría imposible la existencia de la sociedad y la convivencia armónica entre los seres humanos. Por ello desde que las primeras formas de la sociedad comenzaron a manifestarse, surgieron dos ideas básicas que ayudaron a estructurar lo que hoy conocemos como el “mundo civilizado”: el bien y el mal, principios que, aunque matizados de diferentes maneras, han sido punto de confluencia de todas las religiones y posturas del pensamiento, y así mismo, conciben el ser libre como la facultad de hacer todo aquello que la ley y la sociedad en la que vivimos nos permite, o bien, desde un punto de vista menos optimista, como la capacidad para elegir nuestras propias cadenas. Sin embargo, existe una zona que no puede ser limitada por leyes o personas, y donde la libertad se manifiesta en su forma más pura en cada uno de nosotros, situándonos en una encrucijada que nos orilla a debatirnos permanentemente, como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, entre lo que somos y lo que el entorno nos obliga a ser.

Y esa libertad que habita en cada uno de nosotros, desde siempre ha buscado puntos de fuga hacia el exterior, diversas maneras de expresarse sin limitaciones de ninguna índole, pugnando para que las sociedades evolucionen y se acoplen a esa necesidad vital de Ser y Existir, que a la larga vienen siendo, desde nuestro muy particular punto de vista, los verdaderos valores fundamentales del ser humano.

Así las cosas, se han engendrado revoluciones y cambios sociales en los que, atendiendo a un ánimo de trascendencia y a la necesidad de que las diferentes concepciones permanezcan lo más fiel posible, se ha recurrido al soporte material en el que el arma fundamental ha sido, y es, el libro, la literatura. Sea a través de la ficción o de la realidad, en ella podemos encontrar una expresión plena de las ideas, convirtiéndose el libro entonces, en un vehículo subversivo por medio del cual la libertad, en su más pura esencia, logra superar censuras y persecuciones. Si no estamos de acuerdo con el mundo que nos rodea, si la sociedad establece prohibiciones que nos impiden hacer o tomar posturas concretas sobre algo, ¿qué mejor forma de sacarlos de nuestro interior, de dar rienda suelta a nuestros deseos, sueños y temores reprimidos, que escribiéndolas?

A partir de la escritura, podemos manifestar nuestra inconformidad con la realidad que nos rodea y desmembrarla y moldearla a nuestro gusto, establecer nuestras propias reglas para vivir, hasta donde queramos, historias y situaciones que la realidad social nos impediría. Y aún hay más ¿qué sucede si eso que escribimos, cae en las manos de alguien, que en mayor o menor medida, se ve reflejado en aquello que escribimos? Cuando esto sucede, se establece una dinámica en la que se crea una conciencia colectiva a la que no puede ponerse freno y que a medida que se desarrolla y crece, hace evolucionar a la sociedad. Por ello, la lectura supone un ejercicio mental que da inicio a un proceso en el que conocemos y pensamos, tomando conciencia de las diferentes visiones del mundo, y esta nueva conciencia y apertura de ideas, sientan las bases necesarias para analizar y cuestionar al sistema en el que nos desenvolvemos cotidianamente, buscando su reacomodo y acondicionamiento para hacer esta vida un poco más llevadera.

Ésta es una de la razones por las que, cuando menos en nuestro país, ese sistema que puede verse vulnerado por una población de lectores críticos, ha intentado defenderse elaborado estrategias veladas que le ayuden a contrarrestar el deseo y el gusto por la lectura. Por un lado, impulsan raquíticas campañas de fomento a la lectura, mientras que por el otro, mantienen programas académicos que, en lugar de fomentar la lectura en los niños, los predisponen de manera que la asocien con una obligación, lo que da como resultado, que conciban esta actividad como algo detestable y, en especial, aburrido; pues además, las lecturas que imponen en las escuelas resultan sumamente pesadas y poco compatibles con los productos (muchas veces digeridos), que devoran al público infantil a cada segundo a través de la televisión y el Internet ¿A qué pequeño le va a gustar que lo obliguen a leer un libro hermoso, pero lento como Platero y yo, cuando está acostumbrado a ver animaciones japonesas en las que todos vuelan y lanzan rayos con un ritmo narrativo sorprendente rápido? Esto, independientemente de las recientes “reformas” fiscales, que no tienen otro objetivo que crear el ambiente menos propicio para que la gente se acerque a la lectura, y se considere esta actividad como un lujo.

Pero a pesar de estos intentos de mantener el control de las personas, hay un hecho concreto e ineludible: la actividad literaria existe y continúa su curso por encima de políticas y lineamientos, porque aún existen lectores dispuestos a consumir libros, y a través de la lectura, contamos con la posibilidad de vivir nuestras pasiones y deseos al máximo; ser héroes o villanos, detener el tiempo, regresarlo o adelantarnos a él, conocer y crear mundos sólo concebibles en nuestra imaginación, con nuestros propios colores y paisajes e, incluso, ser protagonistas de nuestras más secretas perversiones.
En otras palabras, a través de la lectura, la libertad de nuestro interior podrá manifestarse plenamente; revelarse contra todo lo establecido y modificar, en forma mediata o inmediata, el entorno. ¿Será por ello que dicen que una sociedad sólo podrá considerarse civilizada, cuando la gente robe libros de las tiendas?

La lectura conlleva, como en las relaciones de pareja, un acto de entrega absoluta, perderse en los intrincados senderos de la imaginación en la que el autor y lector establecen un diálogo directo; el primero aportando los disparadores de la fantasía y el pensamiento, y el segundo, apropiándose de esos mecanismos, asimilándolos a su propia existencia, para proyectarlos mediante un apareamiento de ideas y sentimientos, hacia el crecimiento del ser humano, y con ello, alcanzar su trascendencia. Si los antiguos griegos clamaban por un punto de apoyo para mover al mundo, consideramos que ese punto es, precisamente, la lectura; pues no olvidemos que todas las cosas que nos rodean y que sentimos, existen a partir de las palabras y que de ellas puede engendrarse el amor verdadero o el odio más profundo, sentimientos fundamentales para mantener el movimiento y la evolución de la raza humana.

Libros hay para todos los gustos: buenos, malos o incluso extremadamente malos; pero este juicio es una decisión estrictamente individual, que solamente estará en nuestras manos en la medida en la que nos despojemos de predisposiciones e ideas preconcebidas, y nos demos la oportunidad de sumergirnos en esos universos de papel para caminar de la mano con autores y protagonistas, y estemos en la posibilidad de constatar, en carne propia, aquello que dice por ahí: "Leer más, para ser más libres".

14/2/09

Descubriendo al cronopio



“En realidad yo me siento mucho más cómodo en un terreno que toca lo irracional, ese es mi verdadero campo…”
Julio Cortázar

Hablar del cronopio de cronopios Julio Cortázar, desde un punto de vista formal resulta muy difícil, su vida, su obra y su pensamiento ha sido estudiado y analizado en infinidad de ocasiones por plumas mucho más autorizadas que ésta; pero hoy, a un cuarto de siglo de su desaparición física, y contando con este espacio que creado para sacar todo lo que llevo dentro y exponer aquello que me mueve y que forma parte de este caos personal, me parecería imperdonable no escribir algo de este genio de la literatura contemporánea que marcó un rumbo en mi vida; pero no se trata de hablar desde un discurso grandilocuente, de esos para leerse con voz engolada y aires de grandeza, sino de tratar de establecer un diálogo directo, de tú a tú sobre cómo descubrí a Cortázar… ¡Venga pues!
Fue hace ya varios años, por allá de 1987, cuando comenzaba a tomar en serio esto de tratar de atrapar las ideas con palabras y fraguar universos paralelos en donde fugarme. Por aquellos años mis lecturas eran desordenadas y sin una dirección exacta, casi al azar; y así, por azares del destino tuve mi primer acercamiento formal con un escritor de verdad. Se trataba de Rafael Menjivar, un excelente escritor salvadoreño que por esos días radicaba aquí en la cuna del Armagedón. Creo que por ese entonces trabajaba en La jornada o algún periódico nacional, no lo recuerdo con exactitud; pero lo que sí recuerdo, es que fue a una de las primeras personas a las que les hablé de esta necesidad de escribir, de crear historias. A él también fue de las primeras personas con las que logré vencer la timidez para mostrarle mis primeros trabajos, mismas que siempre leyó con gusto y criticó de la mejor manera. Sin duda, fue una buena época en la que di mis primeros pasos en este laberinto de letras.

En aquellas charlas, aprendí muchas cosas; pero fueron tres frases que me dijo las que definitivamente se me quedaron tatuadas en el alma y vienen a mí cada vez que me enfrento a la hoja en blanco:
  1. Si a los quince años no escribiste tu obra maestra, ni te apures, que no lo vas a lograr antes de los cuarenta y cinco, así que tienes que ponerte a trabajar desde ahora…
  2. Escribes bien; pero estás como el chico de la película crossover, lo que te falta es kilometraje…
  3. Si quieres escribir prosa, estás obligado a leer a Cortázar, ahí está todo lo que tienes que saber…
En una de las últimas ocasiones que nos vimos, Rafael me regaló un ejemplar de Historias de cronopios y de famas, publicado en 1962 por Julio Cortázar. En su lectura descubrí, no sólo la maestría de Cortázar para crear narraciones de cosas tan aparentemente simples como subir una escalera o llorar, sino algo mucho más importante. A través de esos seres descomplicados, sencillos y ligeros que se llaman cronopios, encontré una forma de ser, un estilo de vida que le daba sentido y dirección a todo aquello que me había conflictuado durante años. Descubrí que soy un cronopio más, encerrado en un mundo de famas tratando de cooptarme a cada segundo. Hasta ese momento, había bregado por el mundo hecho un verdadero amasijo de sensaciones e impulsos que las más de las veces habían provocado rechazo e incomprensión entre quienes me rodeaban, a grado de hacerme sentir otras muchas, que estaba completamente mal, que era un caso perdido. Pero no, leyendo a Cortázar encontré que ese mundo fantástico y fuera de cualquier espacio y tiempo convencional, era precisamente el lugar a donde yo pertenecía, sin relojes, sin sujeciones a terceros, dando rienda suelta a esta capacidad sensible para disfrutar y recrearme en todo lo que me rodeaba, encontrando la esencia de la belleza en las cosas más simples.

Sencillamente, había encontrado mi lugar en el mundo y a partir de ese momento perdí el temor a enfrentar y demostrar mis sentimientos, comencé a ser Yo con la plena conciencia de que no era que yo estuviera equivocado o que fuera el mundo entero el que vivía en el error, no, se trataba solamente de una cuestión de naturalezas, y la única manera concreta de bregar y sobrevivir en el universo de famas, era alzar mi voz de aprendiz de cronopio, de crear mi propio mundo de ideas y de sensaciones.


Gracias a Cortázar descubrí que ese sentimiento de otredad, de extranjería de la vida, ese tanatismo que me daba la vida, no era una excepción, sino que en el mundo desde el principio de los tiempos ha habido seres como yo, que no encuentran en la superficie de esta tierra un sentido, un lugar desde donde reclamar su pertenencia, porque el lugar, su lugar está más en el mundo de las ideas, de la imaginación, lejos de cuestiones materiales; por eso había que emprender un viaje infinito, hasta encontrar otros extranjeros, otros seres con quienes compartir ese sentimiento de extrañeza de no pertenecer y forjar entre palabras un mundo ideal, aquella tierra prometida que sólo la fantasía es capaz de crear.

Por supuesto mi interés por Cortázar no se quedó ahí, me abalancé casi de inmediato a leer todo cuanto encontraba escrito por él: Bestiario (1951); Las armas secretas (1959); El perseguidor (1967); Deshoras (1982); Rayuela (de 1963 y que he leído una doce veces en cada una de sus formas y es mi “Biblia personal”); Los reyes (1949); Todos los fuegos el fuego (1966); Un tal Lucas (1979); 62/Modelo para armar (1968); La vuelta al día en ochenta mundos (1967); Último round (1969); Divertimento (1950); y bueno, la lista siguió creciendo hasta ahora, en que con orgullo puedo preciarme de haber leído prácticamente todo lo que escribió y está publicado (claro estoy a la espera de aquellos
textos inéditos que están por publicar).

Novelas, cuentos, ensayos, poesía, correspondencia, todo cuanto he encontrado ha sido un nuevo descubrimiento y un aprendizaje constante acerca de lo que debe ser la literatura contemporánea. Pero no sólo eso, además estaba el descubrimiento del jazz, a mi gusto una de las manifestaciones musicales más complejas, libres y completas que se ha creado hasta hoy. Porque Cortázar no sólo es literatura, Cortázar es jazz del más puro estilo, su voz es la de Parker y de Davis y de Roll Morton y de Hines y de Wilson y de Cox y de tantos y tantos que dieron vida y forma al jazz.


El jazz es para mí… una especie de presencia continua incluso en lo que escribo… mi trabajo de escritor se da de una manera en donde hay una especie de ritmo, que no tiene nada que ver con la rima y las aliteraciones, no… una especie de latido, de swing, como dicen los hombres del jazz, una especie de ritmo que si no está en lo que yo hago, es para mí la prueba de que no sirve y hay que tirarlo y volver… Julio Cortázar

Cortázar es un maestro, uno de mis santos laicos (San Julio Narrador) y hoy a veinticinco años, su voz, esa que arrastra de forma particular la letra erre y que tantos han querido imitar, sus ideas y sus textos, vuelven a levantarse para decirnos que ese hombre no murió, simplemente logró liberarse del mundo de famas y ahora vive feliz en ese mundo ideal al que nosotros, los aprendices de cronopio, deseamos algún día poder alcanzar.
(Para quien quiera descubrir algo más de este enormísimo cronopio pueden picar aquí, aquí o aquí)

5/2/09

Seguimos como pavo real

Y bien, este post no estaba planeado; pero justo ayer me entregaron las fotos de Antara bailando en el Cascanueces con la Compañía Nacional de Danza, el pasado diciembre en el Auditorio Nacional. La verdad no me pude resistir a seguir presumiendo a mi bailarina favorita, así que aquí van las fotitos , cuando menos algunas, y que por mi parte, nada más de verlas, me recuerdan esa emoción que da verla en lo suyo, bailando, y que no dan pie a palabra alguna para abarcar esos sentimientos. Acaso sólo pueda decir que se veía ENOOOOORME en el escenario; así que, alimentemos su egoteca con esta contribución.

Aquí con el bailarín que actuó como su papá

y que causó furor entre la féminas que lo vieron...

Entrando a escena con cara de niña buena...



Y en estas dos con la mejor expresión de "adoro las muñecas";

quien la ve ni se imagina que nunca ha jugado con una,

porque no le gustan...

Iniciando el baile...


Bueno, hasta aquí esta entrada fuera de programa; ya seguiremos más adelante con este galimatías verbal, por ahora, seguiré regodeándome en mi orgullo de padre.