7/3/09

Lecturas

Este año, no ha sido fácil arrancar con la carrera de lecturas, hay demasiadas en la fila de espera; otras tantas que se me van cruzando en el camino; la novela (que se sigue resistiendo); una cantidad enorme de proyectos anotados y otros tantos más revoloteando en mi cabeza a la espera de pista de aterrizaje; mucho trabajo; la tesina de ingreso a la AMDIM (que ya casi está); los preparativos de la maestría y Tany, Antara y Silvio que demandan atención, ingredientes que combinados me dejan poco espacio para leer, aprovechando esa gran ventaja de que puedo leer sin marearme en el metro, autobuses y caminando, haciendo de los traslados casa – oficina – casa, verdaderas tertulias de lectura.

Así que ahí la llevamos, sumando títulos a la lista (en la que por supuesto no entran las de carácter jurídico; esas por ahora son más obligación que placer) y me pareció buena idea seguir hablando de algunas de ellas, las más relevantes a mi gusto. Eso sí, advierto que estas pequeñas impresiones están completamente fuera de discursos grandilocuentes y eruditos, de esos que deben leerse en voz alta y tono engolado al más puro estilo “mamá, soy Paquito, no haré travesuras”; así que, amigo y cómplice que lees estas líneas, eres de los que gusta de cesudos estudios y análisis profundos sobre los libros expuestos, desde ya le digo que cierre esta página y espere a la semana siguiente a ver qué se me ocurre; porque de eso, nada. Siempre me han reventado las “críticas literarias” y esas personas que, como dice mi buen amigo y escritor Óscar de la Borbolla, “prefieren dedicarse a una actividad de quinta”. Lo que busco a continuación es dar una pequeña impresión de ciertos libros y nada más, así subjetivo y sencillo; y pensándolo bien, ya más adelante dedicaré un espacio específico para hablar de lo que pensamos sobre la crítica literaria (en especial, porque me estoy desviando del objetivo principal de esta intervención. Venga pues…


La tienda de los suicidas
Jean Teulé
Editorial Bruguera
Novela

Esta novela desarrolla la historia de la familia Tuvache, orgullosos dueños de una tienda especializada en suicidas, donde es posible encontrar absolutamente todo lo necesario para dar el paso final al otro mundo. Pero la verdadera tragedia comienza con Alán, el hijo más pequeño que está enamorado de la vida, lo que automáticamente lo convierte en la oveja negra y vergüenza de la familia, poniendo en jaque el negocio familiar.

Se trata de una novela ligera y sumamente divertida, muy ágil y con un humor negro delicioso. Jean Teulé, el autor, se ha dedicado principalmente a la escritura de guiones cinematográficos y a los comics, y tal vez por eso consigue que mientras estamos leyendo y vamos de carcajada en carcajada podamos ver claramente la imagen de un niño que adora encontrar siempre el lado bueno de la vida y carga una sonrisa permanente en el rostro. Además el final (que no les voy a contar) tiene la gran virtud de ser sorpresivo, de dar una vuelta de tuerca cuando uno ya había caído en la trampa anticipando un final con sabor a lugar común, dejándonos con l aboca abierta y volteándonos todo el esquema.



Si bien no es un tesoro o revolución literaria, creo que está muy bien escrito y es un verdadero gusto poder leer algo ligero y que al mismo tiempo transmite ideas profundas desde una perspectiva desenfadada y ágil.


Firmin, aventuras de una alimaña urbana
Sam Savage
Sex Barral
Novela

Firmin es una rata que por circunstancias de la vida, nace en el sótano de una librería de viejo en el viejo Boston; y en su necesidad por sobrevivir comienza a devorar libros, siendo tal su gusto por ellos que aprende a leer. La madre y los hermanos de Firmin pronto abandonan el lugar en busca de otros sitios con mayores posibilidades de alimentación; pero Firmin no, él decide quedarse y hacer de la librería su hogar, su pedacito particular de paraíso, iniciando un proceso de humanización, sin darse cuenta de que con ello, nos está mostrando la bajeza de nuestra condición humana.

Las peripecias que vive este roedor en su afán por ser lo más humano posible, combinado con su naturaleza depresiva y una capacidad de ternura envidiable, nos llevan a quererlo desde las primeras páginas y a divertirnos con el relato de sus instintos de voyeur. Resulta un verdadero agasajo verlo soñándose convertido en Fred Astaire, enfundado en un frac y bailando del brazo de Ginger Royers, o descubriendo que gran parte de su vida la vivió soñando con ser escritor en el más puro estilo burgués.

Según aparece en la contratapa, Sam Savage publicó esta novela en una autoedición y su éxito se dio de forma artesanal; es decir, fue pasando de mano en mano, por recomendación de sus lectores hasta convertirse en uno de los libros más solicitados en el sitio amazon.com, atrayendo la atención de una editorial como Seix Barral, que es quien edita el libro en español. Y no le falta mérito, es una historia entrañable que inmediatamente le llega hasta adentro a todos aquellos que hemos hecho de la lectura no sólo una afición, sino toda una conducta adictiva y apasionante, es muy fácil sentirse identificado con las reflexiones y referencias bibliográficas que hace ese pequeño roedor culto y lo mismo puede llevarnos a la risa que a las lágrimas, a sufrir con él y a soñar a su lado con un mundo que poco a poco se va desmoronando a su alrededor. Algunos que saben, especulan respecto a si Firmin no es otros sino el alter ego de Savage; eso no lo sabemos; pero de ser así, el tipo debe de ser formidable e interesantísimo.

Y antes de comenzar con frases rimbombantes; mejor resumimos esto a algo muy simple y directo: a mí me encantó.



Hotel Pekín
Santiago Gamboa
Seix Barral
Novela

Si algo nos ha gustado siempre de lo que hemos leído de Santiago Gamboa, es ese estilo uniforme y pulido, que sin embargo no deja de sorprendernos con cada nueva narración, y Hotel Pekín, no es la excepción. Aquí, Gamboa nos habla de un colombiano radicado en los Estados Unidos y que en principio está perfectamente asimilado a la idiosincrasia del american way of life; trabaja para una empresa de asesoría dedicada a enseñar a altos ejecutivos y empresarios de países de medio y lejano oriente los secretos para ser un poco más “civilizados”, más occidentales en sus relaciones comerciales. El hombre viaja por el mundo enseñando cosas fundamentales como, las marcas y formas de combinar colores y texturas de un traje, el uso de joyas, relojes y accesorios o hasta dónde llenar una copa de vino.

Su vida transcurre sin mayores sobresaltos y está convencido de que es un triunfador, hasta que llega a dar uno de sus cursos a China, en donde conoce a un empresario al que de inmediato identifica como un “agente reticente” y en su afán por convencerlo de las bondades de la vida occidental y de la necesidad de abrirse para llegar a tiempo a su cita con el futuro y el progreso, que comienza a estrechar sus lazos con el empresario, y a través del trato y sin darse cuenta, comienza a replantearse su vida, sus raíces y sus valores.

Aquí estamos frente a una de las imágenes recurrente en la obra de Gamboa y es la esencia del extranjero, del emigrante, desde una nueva perspectiva, un nuevo punto de vista del sentimiento de otredad y una crítica abierta a todos aquellos que forzados por las circunstancias o por gusto, deciden emigrar en busca de nuevas formas de vida y caen en la trampa de olvidar su origen, sus raíces, o bien abdican concientemente de ellos. Sin duda es un libro (como todos los de este autor) interesante, ágil y que vale la pena leer.



***

Y bueno, luego seguimos hablando de otros libros; por lo pronto ¿qué has estado leyendo últimamente, alguna recomendación?

27/2/09

Placeres noturnos

Con toda parsimonia, sacó del bolsillo su antiguo reloj de leontina y vio que marcaba las dos de la mañana. Un profundo bostezo emergió de sus pulmones hasta arremolinarse en su boca anunciando que, por esa noche, la ronda había terminado. De hecho, ni siquiera resultaba necesaria: la librería tenía uno de los sistemas más avanzados de seguridad; pero después de tantos años de hacer de velador, esta actividad ya no era un mero trabajo, se había convertido en un verdadero privilegio y un placer cumplía con el mayor de los rigores.

Sin embargo, notó que esa noche se sentía algo extraña: una lluvia torrencial acompañada por un sin fin de relámpagos cimbraban con estrépito el amplio local; además, la humedad del ambiente calaba los huesos haciéndole un tanto tortuoso el paso, por lo que emprendió el regreso y se fue directo hacia la escalera que lo llevaba a su cuarto. Había llegado el momento de iniciar otro de sus placeres nocturnos: encerrarse en la habitación y sumirse en sus lecturas, tal y como lo había hecho desde hace poco más de cuarenta años, cuando llegó a la ciudad y lo contrataron en la librería.

Entró al cuarto y se dirigió a la mesita de noche donde estaba la cafetera eléctrica y preparó el necesario para el resto de la noche, luego abrió el ropero y sacó la botella de coñac y el libro elegido al azar esa misma tarde, los llevó a la mesa de lectura, se sirvió la primera copa y paladeó el sabor del licor, disfrutando el paso de éste por su boca y su garganta. Caminó hasta el estéreo y se detuvo varios minutos hasta escoger la música que lo acompañaría durante esa jornada. Después de un rato, tomó del gran mueble para compactos un concierto para piano de Mozart interpretado por Badura Skoda. Lo colocó en el reproductor y moduló el volumen de tal forma que se escuchara por encima del ruido de la lluvia; pero sin que quedara tan alto como para distraer su lectura. Después sirvió una taza de café y la sostuvo unos instantes cerca de su nariz, a fin de disfrutar su olor a través de los vapores que emergían de la taza.

Ya instalado, se dispuso a comenzar su lectura, pero pasó lo de cada noche: alcanzó a ver de reojo el tablero de ajedrez que le pedía la continuación del combate suspendido la noche anterior. Hizo a un lado el libro, acercó el tablero, lo miró un rato meditando y avanzó el caballo blanco amenazando al rey negro. Jaque... se dijo a sí mismo y miró el tablero unos segundos antes de retirarlo.

Retomó el libro y se desconcertó. A pesar de que trataba del volumen que él mismo había extraído de la mesa de novedades la tarde anterior, no recordaba que en éste no apareciera nombre, datos editoriales o del autor. Lo revisó un rato y no encontró nada, así que pensó que tal vez, si el libro era bueno, bien valdría conservarlo como ejemplar raro. Lo abrió en la página ocho, donde comenzaba el texto y comenzó a leer. Desde las primeras líneas quedó más sorprendido aún; pero no pudo detenerse.

A través de las páginas del libro, el hombre se encontró con la historia de un niño pastor que vivía en un pueblo serrero y tenía por único amigo a un conejo pardo y que a los 10 años huyó de casa, después de que por un descuido, se le desbarrancaron cinco borregos mientras buscaba capullos en lo alto de un almendro, lo que implicaba la paliza fenomenal de un padre alcohólico al que odiaba. Leyó cómo ese niño recorrió una gran distancia acompañado por su conejo y de cuando su mascota murió de hambre una mañana de invierno produciendo un profundo dolor al chiquillo, que lloró desconsolado al descubrirse solo y en total desamparo; pero que se repuso y siguió su marcha hasta llegar a la ciudad, donde mendigó y robó fruta del mercado hasta que lo encontró Don Sebastián, quien al ver las condiciones en que se encontraba el niño lo recogió, dio trabajo en su librería y le enseñó a leer y escribir.

También pudo leer la historia de cómo creció ese niño arropado por Don Sebastián, trabajando duro y leyendo cada volumen de la librería durante las noches hasta ascender de afanador a velador y de velador a vendedor, y cómo en este puesto conoció y se enamoró de Marta, quien nunca le correspondió y se casó con otro; de cómo lloró y sufrió por ella y cómo lo consoló Don Sebastián, que era su único amigo y meses después lo ascendió a gerente para morir un año y medio después, heredándole toda su fortuna, porque el muchacho era su única familia. De cómo el joven gerente sufrió la muerte de su amigo y protector y comprendió que su destino era indefectiblemente la soledad, asumiendo este sino y negándose a dejar su cuarto de la librería aún siendo el dueño; de cómo se refugió en la lectura limitándose a vigilar la entrega y descarga de los pedidos cada mes y a hacer de velador por las noches. Y finalmente, de cómo siendo ya velador y dueño de la librería, un noche de tormenta miró su reloj de leontina que marcaba las dos de la mañana y decidió que su ronda había terminado y se fue a su cuarto, preparó café, saco del ropero el libro escogido al azar la tarde anterior y la botella de coñac, bebió una copa y escogió un disco de Badura Skoda interpretando a Mozart, para luego servirse una taza de café e instalarse en su mesa de lectura, donde antes de leer el libro, puso en jaque al rey negro avanzando al caballo blanco, y después comenzó la lectura de un libro sin título, datos editoriales o del autor, que contaba su propia vida y al terminar la lectura, escribió una carta y murió.

Cuando a la mañana siguiente lo encontraron los empleados de la librería; el hombre estaba sentado, con el tronco apoyado sobre la mesa, la copa de coñac vacía, media taza de café helado y bajo su rostro un libro en el que nadie reparó, pues toda la atención se centró en la hoja de papel que aún sostenía en su diestra y que tenía escrita a lápiz una carta dirigida a una tal Marta, a la que nadie conocía y el difunto escribía diciéndole que la había amado toda su vida y le dejaba todos sus bienes como prueba de su infinito amor.

20/2/09

Las subversiones de la libertad

"El que sabe leer sabe ya la más difícil de las artes"
Duclós

Hace relativamente poco tiempo, y a partir de una plática en la que se cuestionó la adicción que sentimos por la lectura, llegamos a la conclusión de que leer es una de las formas de subversión que ha encontrado la libertad para existir plenamente.

Dicen que la libertad, en su forma más pura, haría imposible la existencia de la sociedad y la convivencia armónica entre los seres humanos. Por ello desde que las primeras formas de la sociedad comenzaron a manifestarse, surgieron dos ideas básicas que ayudaron a estructurar lo que hoy conocemos como el “mundo civilizado”: el bien y el mal, principios que, aunque matizados de diferentes maneras, han sido punto de confluencia de todas las religiones y posturas del pensamiento, y así mismo, conciben el ser libre como la facultad de hacer todo aquello que la ley y la sociedad en la que vivimos nos permite, o bien, desde un punto de vista menos optimista, como la capacidad para elegir nuestras propias cadenas. Sin embargo, existe una zona que no puede ser limitada por leyes o personas, y donde la libertad se manifiesta en su forma más pura en cada uno de nosotros, situándonos en una encrucijada que nos orilla a debatirnos permanentemente, como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, entre lo que somos y lo que el entorno nos obliga a ser.

Y esa libertad que habita en cada uno de nosotros, desde siempre ha buscado puntos de fuga hacia el exterior, diversas maneras de expresarse sin limitaciones de ninguna índole, pugnando para que las sociedades evolucionen y se acoplen a esa necesidad vital de Ser y Existir, que a la larga vienen siendo, desde nuestro muy particular punto de vista, los verdaderos valores fundamentales del ser humano.

Así las cosas, se han engendrado revoluciones y cambios sociales en los que, atendiendo a un ánimo de trascendencia y a la necesidad de que las diferentes concepciones permanezcan lo más fiel posible, se ha recurrido al soporte material en el que el arma fundamental ha sido, y es, el libro, la literatura. Sea a través de la ficción o de la realidad, en ella podemos encontrar una expresión plena de las ideas, convirtiéndose el libro entonces, en un vehículo subversivo por medio del cual la libertad, en su más pura esencia, logra superar censuras y persecuciones. Si no estamos de acuerdo con el mundo que nos rodea, si la sociedad establece prohibiciones que nos impiden hacer o tomar posturas concretas sobre algo, ¿qué mejor forma de sacarlos de nuestro interior, de dar rienda suelta a nuestros deseos, sueños y temores reprimidos, que escribiéndolas?

A partir de la escritura, podemos manifestar nuestra inconformidad con la realidad que nos rodea y desmembrarla y moldearla a nuestro gusto, establecer nuestras propias reglas para vivir, hasta donde queramos, historias y situaciones que la realidad social nos impediría. Y aún hay más ¿qué sucede si eso que escribimos, cae en las manos de alguien, que en mayor o menor medida, se ve reflejado en aquello que escribimos? Cuando esto sucede, se establece una dinámica en la que se crea una conciencia colectiva a la que no puede ponerse freno y que a medida que se desarrolla y crece, hace evolucionar a la sociedad. Por ello, la lectura supone un ejercicio mental que da inicio a un proceso en el que conocemos y pensamos, tomando conciencia de las diferentes visiones del mundo, y esta nueva conciencia y apertura de ideas, sientan las bases necesarias para analizar y cuestionar al sistema en el que nos desenvolvemos cotidianamente, buscando su reacomodo y acondicionamiento para hacer esta vida un poco más llevadera.

Ésta es una de la razones por las que, cuando menos en nuestro país, ese sistema que puede verse vulnerado por una población de lectores críticos, ha intentado defenderse elaborado estrategias veladas que le ayuden a contrarrestar el deseo y el gusto por la lectura. Por un lado, impulsan raquíticas campañas de fomento a la lectura, mientras que por el otro, mantienen programas académicos que, en lugar de fomentar la lectura en los niños, los predisponen de manera que la asocien con una obligación, lo que da como resultado, que conciban esta actividad como algo detestable y, en especial, aburrido; pues además, las lecturas que imponen en las escuelas resultan sumamente pesadas y poco compatibles con los productos (muchas veces digeridos), que devoran al público infantil a cada segundo a través de la televisión y el Internet ¿A qué pequeño le va a gustar que lo obliguen a leer un libro hermoso, pero lento como Platero y yo, cuando está acostumbrado a ver animaciones japonesas en las que todos vuelan y lanzan rayos con un ritmo narrativo sorprendente rápido? Esto, independientemente de las recientes “reformas” fiscales, que no tienen otro objetivo que crear el ambiente menos propicio para que la gente se acerque a la lectura, y se considere esta actividad como un lujo.

Pero a pesar de estos intentos de mantener el control de las personas, hay un hecho concreto e ineludible: la actividad literaria existe y continúa su curso por encima de políticas y lineamientos, porque aún existen lectores dispuestos a consumir libros, y a través de la lectura, contamos con la posibilidad de vivir nuestras pasiones y deseos al máximo; ser héroes o villanos, detener el tiempo, regresarlo o adelantarnos a él, conocer y crear mundos sólo concebibles en nuestra imaginación, con nuestros propios colores y paisajes e, incluso, ser protagonistas de nuestras más secretas perversiones.
En otras palabras, a través de la lectura, la libertad de nuestro interior podrá manifestarse plenamente; revelarse contra todo lo establecido y modificar, en forma mediata o inmediata, el entorno. ¿Será por ello que dicen que una sociedad sólo podrá considerarse civilizada, cuando la gente robe libros de las tiendas?

La lectura conlleva, como en las relaciones de pareja, un acto de entrega absoluta, perderse en los intrincados senderos de la imaginación en la que el autor y lector establecen un diálogo directo; el primero aportando los disparadores de la fantasía y el pensamiento, y el segundo, apropiándose de esos mecanismos, asimilándolos a su propia existencia, para proyectarlos mediante un apareamiento de ideas y sentimientos, hacia el crecimiento del ser humano, y con ello, alcanzar su trascendencia. Si los antiguos griegos clamaban por un punto de apoyo para mover al mundo, consideramos que ese punto es, precisamente, la lectura; pues no olvidemos que todas las cosas que nos rodean y que sentimos, existen a partir de las palabras y que de ellas puede engendrarse el amor verdadero o el odio más profundo, sentimientos fundamentales para mantener el movimiento y la evolución de la raza humana.

Libros hay para todos los gustos: buenos, malos o incluso extremadamente malos; pero este juicio es una decisión estrictamente individual, que solamente estará en nuestras manos en la medida en la que nos despojemos de predisposiciones e ideas preconcebidas, y nos demos la oportunidad de sumergirnos en esos universos de papel para caminar de la mano con autores y protagonistas, y estemos en la posibilidad de constatar, en carne propia, aquello que dice por ahí: "Leer más, para ser más libres".

14/2/09

Descubriendo al cronopio



“En realidad yo me siento mucho más cómodo en un terreno que toca lo irracional, ese es mi verdadero campo…”
Julio Cortázar

Hablar del cronopio de cronopios Julio Cortázar, desde un punto de vista formal resulta muy difícil, su vida, su obra y su pensamiento ha sido estudiado y analizado en infinidad de ocasiones por plumas mucho más autorizadas que ésta; pero hoy, a un cuarto de siglo de su desaparición física, y contando con este espacio que creado para sacar todo lo que llevo dentro y exponer aquello que me mueve y que forma parte de este caos personal, me parecería imperdonable no escribir algo de este genio de la literatura contemporánea que marcó un rumbo en mi vida; pero no se trata de hablar desde un discurso grandilocuente, de esos para leerse con voz engolada y aires de grandeza, sino de tratar de establecer un diálogo directo, de tú a tú sobre cómo descubrí a Cortázar… ¡Venga pues!
Fue hace ya varios años, por allá de 1987, cuando comenzaba a tomar en serio esto de tratar de atrapar las ideas con palabras y fraguar universos paralelos en donde fugarme. Por aquellos años mis lecturas eran desordenadas y sin una dirección exacta, casi al azar; y así, por azares del destino tuve mi primer acercamiento formal con un escritor de verdad. Se trataba de Rafael Menjivar, un excelente escritor salvadoreño que por esos días radicaba aquí en la cuna del Armagedón. Creo que por ese entonces trabajaba en La jornada o algún periódico nacional, no lo recuerdo con exactitud; pero lo que sí recuerdo, es que fue a una de las primeras personas a las que les hablé de esta necesidad de escribir, de crear historias. A él también fue de las primeras personas con las que logré vencer la timidez para mostrarle mis primeros trabajos, mismas que siempre leyó con gusto y criticó de la mejor manera. Sin duda, fue una buena época en la que di mis primeros pasos en este laberinto de letras.

En aquellas charlas, aprendí muchas cosas; pero fueron tres frases que me dijo las que definitivamente se me quedaron tatuadas en el alma y vienen a mí cada vez que me enfrento a la hoja en blanco:
  1. Si a los quince años no escribiste tu obra maestra, ni te apures, que no lo vas a lograr antes de los cuarenta y cinco, así que tienes que ponerte a trabajar desde ahora…
  2. Escribes bien; pero estás como el chico de la película crossover, lo que te falta es kilometraje…
  3. Si quieres escribir prosa, estás obligado a leer a Cortázar, ahí está todo lo que tienes que saber…
En una de las últimas ocasiones que nos vimos, Rafael me regaló un ejemplar de Historias de cronopios y de famas, publicado en 1962 por Julio Cortázar. En su lectura descubrí, no sólo la maestría de Cortázar para crear narraciones de cosas tan aparentemente simples como subir una escalera o llorar, sino algo mucho más importante. A través de esos seres descomplicados, sencillos y ligeros que se llaman cronopios, encontré una forma de ser, un estilo de vida que le daba sentido y dirección a todo aquello que me había conflictuado durante años. Descubrí que soy un cronopio más, encerrado en un mundo de famas tratando de cooptarme a cada segundo. Hasta ese momento, había bregado por el mundo hecho un verdadero amasijo de sensaciones e impulsos que las más de las veces habían provocado rechazo e incomprensión entre quienes me rodeaban, a grado de hacerme sentir otras muchas, que estaba completamente mal, que era un caso perdido. Pero no, leyendo a Cortázar encontré que ese mundo fantástico y fuera de cualquier espacio y tiempo convencional, era precisamente el lugar a donde yo pertenecía, sin relojes, sin sujeciones a terceros, dando rienda suelta a esta capacidad sensible para disfrutar y recrearme en todo lo que me rodeaba, encontrando la esencia de la belleza en las cosas más simples.

Sencillamente, había encontrado mi lugar en el mundo y a partir de ese momento perdí el temor a enfrentar y demostrar mis sentimientos, comencé a ser Yo con la plena conciencia de que no era que yo estuviera equivocado o que fuera el mundo entero el que vivía en el error, no, se trataba solamente de una cuestión de naturalezas, y la única manera concreta de bregar y sobrevivir en el universo de famas, era alzar mi voz de aprendiz de cronopio, de crear mi propio mundo de ideas y de sensaciones.


Gracias a Cortázar descubrí que ese sentimiento de otredad, de extranjería de la vida, ese tanatismo que me daba la vida, no era una excepción, sino que en el mundo desde el principio de los tiempos ha habido seres como yo, que no encuentran en la superficie de esta tierra un sentido, un lugar desde donde reclamar su pertenencia, porque el lugar, su lugar está más en el mundo de las ideas, de la imaginación, lejos de cuestiones materiales; por eso había que emprender un viaje infinito, hasta encontrar otros extranjeros, otros seres con quienes compartir ese sentimiento de extrañeza de no pertenecer y forjar entre palabras un mundo ideal, aquella tierra prometida que sólo la fantasía es capaz de crear.

Por supuesto mi interés por Cortázar no se quedó ahí, me abalancé casi de inmediato a leer todo cuanto encontraba escrito por él: Bestiario (1951); Las armas secretas (1959); El perseguidor (1967); Deshoras (1982); Rayuela (de 1963 y que he leído una doce veces en cada una de sus formas y es mi “Biblia personal”); Los reyes (1949); Todos los fuegos el fuego (1966); Un tal Lucas (1979); 62/Modelo para armar (1968); La vuelta al día en ochenta mundos (1967); Último round (1969); Divertimento (1950); y bueno, la lista siguió creciendo hasta ahora, en que con orgullo puedo preciarme de haber leído prácticamente todo lo que escribió y está publicado (claro estoy a la espera de aquellos
textos inéditos que están por publicar).

Novelas, cuentos, ensayos, poesía, correspondencia, todo cuanto he encontrado ha sido un nuevo descubrimiento y un aprendizaje constante acerca de lo que debe ser la literatura contemporánea. Pero no sólo eso, además estaba el descubrimiento del jazz, a mi gusto una de las manifestaciones musicales más complejas, libres y completas que se ha creado hasta hoy. Porque Cortázar no sólo es literatura, Cortázar es jazz del más puro estilo, su voz es la de Parker y de Davis y de Roll Morton y de Hines y de Wilson y de Cox y de tantos y tantos que dieron vida y forma al jazz.


El jazz es para mí… una especie de presencia continua incluso en lo que escribo… mi trabajo de escritor se da de una manera en donde hay una especie de ritmo, que no tiene nada que ver con la rima y las aliteraciones, no… una especie de latido, de swing, como dicen los hombres del jazz, una especie de ritmo que si no está en lo que yo hago, es para mí la prueba de que no sirve y hay que tirarlo y volver… Julio Cortázar

Cortázar es un maestro, uno de mis santos laicos (San Julio Narrador) y hoy a veinticinco años, su voz, esa que arrastra de forma particular la letra erre y que tantos han querido imitar, sus ideas y sus textos, vuelven a levantarse para decirnos que ese hombre no murió, simplemente logró liberarse del mundo de famas y ahora vive feliz en ese mundo ideal al que nosotros, los aprendices de cronopio, deseamos algún día poder alcanzar.
(Para quien quiera descubrir algo más de este enormísimo cronopio pueden picar aquí, aquí o aquí)

5/2/09

Seguimos como pavo real

Y bien, este post no estaba planeado; pero justo ayer me entregaron las fotos de Antara bailando en el Cascanueces con la Compañía Nacional de Danza, el pasado diciembre en el Auditorio Nacional. La verdad no me pude resistir a seguir presumiendo a mi bailarina favorita, así que aquí van las fotitos , cuando menos algunas, y que por mi parte, nada más de verlas, me recuerdan esa emoción que da verla en lo suyo, bailando, y que no dan pie a palabra alguna para abarcar esos sentimientos. Acaso sólo pueda decir que se veía ENOOOOORME en el escenario; así que, alimentemos su egoteca con esta contribución.

Aquí con el bailarín que actuó como su papá

y que causó furor entre la féminas que lo vieron...

Entrando a escena con cara de niña buena...



Y en estas dos con la mejor expresión de "adoro las muñecas";

quien la ve ni se imagina que nunca ha jugado con una,

porque no le gustan...

Iniciando el baile...


Bueno, hasta aquí esta entrada fuera de programa; ya seguiremos más adelante con este galimatías verbal, por ahora, seguiré regodeándome en mi orgullo de padre.

1/2/09

Cuidado con lo que pides...

¡Me lleva la chingada! Todavía faltan dos horas para irme... si tan sólo pudiera hacer que el reloj avanzara más de prisa... ¡estoy harto de tanto tiempo de ser un vil cajero de banco. Si ya lo decía mi mamá “hijo, estudia una carrera para que seas alguien en la vida...”; pero no, me tenía que poner de pinche necio a creer que todo me lo merecía, y en qué vine a acabar: atrapado tras la ventanilla, poniendo mi mejor geta a toda es bola de estúpidos que se imaginan que por traer un cheque soy inferior a ellos y tengo que pagárselos inmediatamente... ¡qué ganas de mandarlos a todos al carajo!...
Estos han sido sus pensamientos día tras día desde hace catorce años. A mí en lo personal me divierte verlo así, gruñendo para sus adentros, jugando a dar la cara del empleado eficiente y esmerado. En realidad no tendría por qué quejarse, tiene justo lo que pidió. Pero mejor vayamos a otras tierras, a otros tiempos, dejemos a nuestro amigo cumpliendo su ritual y no se preocupen, que no se irá a ningún lado.

Los gallos comenzaron a cantar desde antes de que apareciera el sol sobre San Esmaragado Cozcacuauhtli; el rocío de la madrugada producía un agradable olor a barro mojado. Aparentemente, ese 18 de noviembre de 1910 era un día como cualquier otro: la gente ya se encontraba en los campos trabajando las tierras de Don Triclinio Carraca Y Almazán, quien al despertar se encontró con una remesa entera de vino francés, regalo del padre Benedicto, en agradecimiento a las chicas que le mandara la noche anterior para ayudarle a pasar lo que el párroco llamaba “un periodo de ligereza terrenal”.
Con toda parsimonia se aseó y desayunó solo, mientras el jefe de sus guardias blancas le informaba que “con toda pena Amo, Jacinto Vargas, el hijo de Ramira, sigue dando lata; está empecinado en levantar al pueblo en contra suya y lo peor de todo, Amo, es que... p’os la gente se está enmuinando y empieza a organizarse”. Triclinio, al escuchar las palabras de su empleado, no pudo evitar recordar el día en que persiguió a Ramira hasta la loma, y cómo lazándola como a una res la sometió, arrancándole las ropas y se adueñó de todo su cuerpo hasta saciar su apetito por completo, para dejarla ahí, ultrajada y sola, con el alma hecha girones y condenada a dar a luz al bastardo número 37 de Triclinio.
“¿Ya lo azotaron?”, preguntó tranquilamente. El jefe de la guardias blancas, aterrado, no pudo hacer más que estrujar su sombrero y asentir con la cabeza diciendo “tres veces, Amo..." Sin perder la calma, Triclinio dirigió una gélida mirada al hombre que, a esas horas de la mañana, ya estaba envuelto en una espesa capa de sudor. “Eso quiere decir que tú y tus estúpidos hombres no pueden controlar a un pinche hambreado... tendré que encargarme yo mismo del asunto; ya después me ocuparé de ustedes. Dile a Nicandro que prepare la carroza o llegaré tarde al rosario de las siete...”

Justo en ese momento; pero ochenta y nueve años después, un lamento conocido llega a interrumpir este relato. Nuestro amigo viene caminando molesto, parsimonioso, pensando...
“Un día más y yo que sigo aquí, de pendejo trabajando como un burro para que se enriquezcan los demás. ¡Estoy harto! ¡qué ganas de largarme lejos y olvidarme de esta puta vida que me tocó vivir! En este punto y para que no nos interrumpa más, no me quedó otra opción de inyectar en sus pensamientos la imagen de una esposa y cinco vástagos, a los que no quiere, a los que detesta porque lo mantienen atado a ser lo que es, un pobre burócrata mediocre. Como esta visión que ha surtido el efecto esperado, podemos continuar con nuestra historia. Ya llegará el momento de ocuparse de él.

Después de atender varios asuntos como presidente y fundador la “Sociedad Católica Pro Buenas Costumbres de San Esmaragado Cozcacuauhtli”, Triclinio decidió echar un vistazo a “ese revoltoso de Jacinto que va a saber quién es Triclinio Carraca Y Almazán; sí señor, o se somete a su amo o yo mismo lo marcaré como lo que es, una bestia de mi propiedad...” Con estos pensamientos sus glándulas salivales comenzaron a trabajar de placer; hacía mucho tiempo que no tenía la oportunidad de marcar a ninguno de sus trabajadores por tratar de revelarse; todos se habían tragado a la perfección su amenaza de volver aún después de muerto para gobernar en su feudo, siempre al “servicio de la República y de Don Porfirio”. Al llegar se encontró a Jacinto hablando a los demás campesinos de justicia social, reparto de tierras y otras cosas más, de esas que andaban pululando gracias a los subversivos hermanos Flores Magón y aterrorizando a los terratenientes de todo el país.
A Triclinio esas ideas lo tenían sin cuidado, más no pudo dejar de sorprenderse al sentir en su propio cuerpo la fuerza del muchacho de cabellera rubia y piel de barro que se parecía tanto a él cuando joven. Sin duda, de los 37 hijos naturales que jamás reconoció ése, el más pequeño, era el que más le había heredado. Pero a pesar de aquella primera impresión, no se intimidó, cualquier afecto, cualquier sentimiento de cariño o bondad se había disuelto en él por completo 25 años antes al pie de un altar.
Jacinto gritaba enardecido sus consignas, totalmente absorto a sus palabras y al efecto que debían producir en sus escuchas. Nadie se atrevió a hablar, guardaron silencio. Un bastón descendió con fuerza sobre la espalda del muchacho que quedó doblado sobre la tierra mientras Triclinio, que ya empezaba a disfrutar el castigo que pensaba propinarle dejaba escuchar su voz amarga y chillona, “¡¿Así que eres tú, hijo de puta, quien estás tratando de morder la mano que te alimenta?! ¡Si los azotes no te bastan, yo te haré entrar en razón!..
Un par de ojos incandescentes se clavaron con ánimo calcinante en el rostro de un Triclinio que ya dejaba caer su bastón sobre el cuerpo de Jacinto. Sin embargo, la diestra del muchacho detuvo la trayectoria del golpe, lanzando al cacique al suelo. Las guardias blancas de Triclinio se lanzaron sobre Jacinto, que quedó inutilizado a fuerza de golpes y patadas. Pronto el joven se hallaba amarrado a una estaca, listo para ser marcado a hierro a manos del propio Triclinio, que ya dejaba asomar los resplandores de sus dientes de oro. “¡Mejor mátame cabrón, porque solo así lograrás apagar mi voz!” gritó Jacinto al sentir como se iba acercando el calor del hierro a su mejilla derecha.
Un disparo de carabina bastó para interrumpir la tortura del muchacho. Entre la multitud apareció un hombre de unos treinta y cinco años, mostrando el monograma de la familia Carraca Y Almazán impreso a hierro sobre su mejilla derecha. Era Alejo Valverde, el hijo natural número 19 de Triclinio, quien decidido a salvar a su hermano, apuntando al viejo con la carabina que se fundía a su cuerpo. “¡Ya me lo hiciste a mí; pero tu reino se acabó!”. Por primera vez San Esmaragado Cozcacuauhtli entero tuvo la oportunidad de ver temor en los ojos de Triclinio, y sintió la fuerza necesaria para terminar con seis décadas de maltratos, despojos y vejaciones, la capacidad para hacerse propietarios de su libertad y lanzarse contra los guardias del cacique y ejecutarlos al instante.
Serio, pesado, marchito, Triclinio Carraca Y Almazán esperaba con la soga al cuello a que los campesinos llenaran con las monedas de oro, las ollas que servirían de contrapeso para ahorcarlo. La gente enfurecida coreaba demandando su muerte, cantando por primera vez el odio, el miedo, la miseria y el dolor que Triclinio les procuró durante décadas.
Todo estaba listo para la ejecución: el condenado, la soga, el árbol, la olla con el oro y la furia contenida por años. Las campanas de la iglesia marcaron la una, dos, tres cuatro de la tarde del último día de Triclinio y el primero de la libertad en San Esmaragado Cozcacuauhtli. En ese instante, el cacique pudo pensar en cómo despojó a los campesinos de sus tierras convirtiéndolos en esclavos, cómo atesoró cada moneda de oro que guardó en la bodega de la casa grande, en todas las mujeres que desfloró por el simple hecho de ser el “Amo”, el “Señor”. Pudo reconocer su gozo cada vez que azotaba a los ingenuos que creyeron que existía la palabra descanso y ver cómo un hilillo de saliva escurría de su boca ante el placer de marcar con su monograma, como a una res, a su primer “rebelde”. Pudo pasar por su mente todo el llanto que fluyó de sus ojos cuando Josefina Reverte lo dejó al pie del altar para fugarse con Juancho el peón, y cómo juró en ese momento vengarse de todo y de todos.
Pudo arrepentirse de las mujeres que violó y las otras muchas que entregó al señor cura para su “esparcimiento”, de las fiestas en honor a Don Porfirio y de los treinta y siete hijos naturales que tuvo y jamás reconoció y trató como esclavos de su feudo. En fin, pudo haber pensado en mil cosas que lo redimieran; sin embargo no lo hizo, y en cambio lanzó su maldición contra el pueblo entero y juró venganza antes de que la soga se tensara levantándolo por el cuello destrozándolo, impidiendo el paso del aire; pero incapaz de evitar que Triclinio se despidiera de sus verdugos sacando su amoratada lengua mientras los gallinazos comenzaban a hacer círculos en derredor del sol que iluminaba la plaza.
Los demás terratenientes del pueblo se marcharon aterrados ante la expectativa de que les sucediera lo mismo que a su protector; y los poblanos, fieles a su religión pero temerosos de que Triclinio cumpliera su amenaza de regresar después de muerto, llevaron el cuerpo al campo santo para que allá arreglara cuentas con el Altísimo, e inauguraron la costumbre de sellar las tumbas a fuerza de loza y cemento. Don Porfirio ya no tuvo tanto tiempo de intervenir por el levantamiento armado organizado por Francisco I. Madero que estalló a los dos días y poco después, comenzó el reparto de tierras y de las riquezas encontradas en la casa grande y lentamente se olvidaron de la amenaza de Triclinio y abandonaron su tumba. Quizá por ello, nadie se percató que en su tumba alguien escribió con muy mala caligrafía y gran sabiduría el siguiente epitafio: “Aquí la eternidad empieza y se convierte en polvo la mundanal grandeza”. Don Pepe, el maestro del pueblo, sin duda alguna hubiera descubierto que era la letra de Jacinto Vargas que, a pesar de todo, siempre deseó tener un padre.

Pero aquí no acaba esta historia; Triclinio, confiado en que sus “servicios” a favor de Dios y sus representantes en la tierra serían recompensados, se fue derechito a las puertas del cielo para ingresar en el gozo eterno. Al llegar fue recibido por el buen San Pedro, quien después de tomar sus datos y revisar su lista de admisión, desplegó una pícara sonrisa, hizo con una mano a Triclinio un gesto de despedida mientras que con la otra tiraba de una cadena, haciendo que éste cayera directo hasta mí, ya que era de los que me tocaba atender.
“¿Alguien podría decirme dónde carajos estoy?”, preguntó mientras se aflojaba la corbata de moño para aminorar el calor. “Muy sencillo: fuiste un culero en la vida, te dieron en la madre y te toca joderte en el infierno por siempre”, respondí divertido al ver cómo el rostro de Triclinio se descomponía más y más a cada una de mis palabras: “pero... ¡esto no puede ser! ¡Díme cuánto quieres por dejarme salir de aquí! ¡Tu sólo di una cantidad, tengo mucho dinero...!”. Díganme ustedes ¿cómo resistir la oportunidad de chingarme a alguien así? Si esto es precisamente lo divertido de mi trabajo. Aún así, me puse muy ceremonioso y respondí fingiéndome ofendido: “¡Discúlpenme señor, soy Satanás, es cierto, no un ojete cualquiera, sino El Ojete; pero venderme como una puta... jamás!”.

Finalmente y después de hacerlo sufrir un rato y demostrarle que toda su fortuna conmigo no valía, cumplí su deseo de reencarnar y que por sus regordetas y flácidas manos pasaran cantidades enormes de dinero. A cambio, él regresaría a mí una vez que concluyera su segunda vida para purgar su condena. Después de consultarlo con el Altísimo, fui ratificado como “El Ojete” y me dieron luz verde para actuar, así que mandé al hombre a su nueva vida. Hoy, Triclinio Carraca Y Almazán, es nada más y nada menos que Triclinio Carraca Y Almazán, y por sus manos ha pasado desde hace catorce años más dinero del que imaginó; aunque el muy malagradecido, después de lo que hice por él, todos los días repite la misma letanía de "¡Me lleva la chingada! Todavía faltan dos horas para irme... si tan sólo pudiera hacer que el reloj avanzara más de prisa... ¡estoy harto de tanto tiempo de ser un vil cajero de banco...!"

23/1/09

Por qué es tan malo Paulo Coelho

"Cuentan las escrituras de los falsos profetas,
pero nunca nos previnieron de estos "poetas"
estos oportunistas de la mala memoria,
galanes populistas, rimadores de sobras...
Alejandro Filio


Hace ya rato que quería manejar algo sobre este tema en particular; y ahora, ese deseo se convirtió en una exigencia, en una necesidad inaplazable, cuando hace unos días me tocó escuchar en un vagón del metro a una señora hablando de Paulo Coelho como si se tratara de mismísimo hacedor del cielo y la tierra, y declarar de forma vehemente que "leer a Coelho es leer las verdades del universo" (sic)...

Sí, puse exactamente la misma cara que habrán puesto ustedes al leer esto; por eso no lo he pensado más y me decidí a publicar este artículo extraído de "Las formas de la Pereza", de Héctor Abad Faciolince, quien expone de forma objetiva y descarnada el fraude literario que representa este falso profeta y otros más, que pretenden abrigarse bajo el manto de una falsa sapiencia y decirle a la gente cómo debe vivir, y venderles un supuesto recetario nestlé de la felicidad lleno de moralinas baratas e ideas maniqueas y mal interpretadas.

Dicen que en gustos se rompen géneros; pero honestamente,creo que esta fauna de "escritores" causa más daño de bien que pueden hacer. Carlos Cuahtemoc Sánchez, Alex Dey, L. Ron Hubdard y tantos otros de mayor o menor calaña, invaden las librerías, lucrando con la necesidad de la gente de aferrarse en algo en qué creer. Por ello, y ahí sí, haciendo gala de mi total y absoluta intolerancia me atrevo a pedirle... no, a rogarle a todo aquel que lea esto: cuide su salud mental y NO consuma productos de Coelho y compañía. Aquí un texto sensato y que no sólo es aplicable a Coelho, sino a todos esos "evangelistas dela mediocridad".



Héctor Abad Faciolince, Las formas de la pereza. Aguilar, Colombia, 2007



Por qué es tan malo Paulo Coelho

Traducido a 56 idiomas, publicado en 150 países, con más de 54 millones de libros vendidos, a Paulo Coelho hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales. En su libro de mayor éxito, El Alquimista (1988), un pastor de ovejas andaluz viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro. Antes de llegar a su destino se encuentra con el gran mago que posee los dos pilares de la sabiduría alquímica, es decir, sabe destilar el elíxir de la larga vida y ha fabricado un huevo amarillo, la piedra filosofal, con cuya ralladura se puede convertir en oro cualquier otro metal.

En su viaje hacia las tumbas de los faraones el alquimista le ha revelado al muchacho otro secreto: «Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando». Luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque «los hombres ya no tienen interés en encontrarlo». Sospecho que muchos desgraciados se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista descarnadamente, es sólo una simpleza o una pía ilusión. Sin embargo hay algo que tenemos que conceder, y es que sin duda Paulo Coelho encontró su propio tesoro, en cierto sentido su piedra filosofal: la ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa se convierte -como por arte de magia- en oro editorial, en millones de copias de consumo masivo de mediocridad. Pero ¿cómo lo hace? ¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?

No voy a dar la respuesta más obvia e inmediata, la que todos dan: Si Coelho vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos, esto se debe precisamente a que sus libros son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto. Claro que en los millones de ejemplares vendidos hay algo de esto. Pero también existen muchísimos libros tan malos como los de Coelho que no tienen ningún éxito y, al contrario, hay unos cuantos libros excelentes y literariamente impecables que se venden por millones. En vez de tranquilizarnos con respuestas facilistas y tautológicas (el vulgo es vulgar, el mercadeo vende), conviene examinar con cuidado los libros de Coelho y no desdeñarlos de entrada con altivo esnobismo. Me he impuesto el ejercicio de leerlos para tratar de descubrir en qué estrategias temáticas y narrativas podría residir su extraordinario éxito editorial.

La primera respuesta que me di, apenas empezando la lectura de algunos de sus libros, fue que quizá Coelho disfrazaba de misterio y asombro las puras tonterías. Oigan esta, por ejemplo: «Era un día caluroso y el vino, por uno de estos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo». De verdad, qué misterio insondable que un líquido quite la sed. Después me di cuenta de que sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas.

Para empezar, los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales. Ya Thomas Hobbes en su clásico Leviatán (1651) señalaba la irresistible atracción (y por lo tanto el fácil engaño) que padecemos los seres humanos ante todo tipo de presagios. Es una tradición muy antigua (una socorridísima mina de oro, una piedra filosofal) explotar esta debilidad de nuestra psicología. Copio el resumen que hace Hobbes de estos engaños, el cual es preciso y exhaustivo, y parece a su vez un resumen de las técnicas de seducción esotérica que Coelho utiliza en sus libros:

«Así se hizo creer a los hombres que encontrarían su fortuna en las respuestas ambiguas y absurdas de los sacerdotes de Delfos, Delos, Ammon y otros famosos oráculos, cuyas respuestas se hacían deliberadamente ambiguas para que fueran adecuadas a las dos posibles eventualidades de un asunto [...]. A veces en las frases desprovistas de significado de los locos, a quienes se suponía poseídos por un espíritu divino: a esta posesión se la llamaba entusiasmo, y a estos modos de predecir acontecimientos se les denominaba teomancia o profecía. A veces en el aspecto que presentaban las estrellas en su nacimiento, a lo cual se llamaba horoscopia. A veces en sus propias esperanzas y temores, en lo llamado tumomancia o presagio. A veces en las predicciones de los magos, que pretendían conversar con los muertos, a lo cual se llamaba nigromancia, conjuro y hechicería, y no es otra cosa sino impostura y fraude. A veces en el vuelo casual o en la forma de alimentarse las aves, lo que llamaban augurio. A veces en las entrañas de los animales sacrificados, a lo que llamaban aruspicina. A veces en los sueños; a veces en el graznar de los cuervos o el canto de los pájaros. A veces en las líneas de la cara, a lo que se llamaba metoposcopia; o en las líneas de la mano, palmisteria; o en las palabras casuales, omina. A veces en monstruos o accidentes desusados, como eclipses, cometas, meteoros raros, temblores de tierra, inundaciones, nacimientos prematuros y cosas semejantes, lo que se llamaba portenta y ostenta, porque parecían predecir o presagiar alguna gran calamidad venidera. A veces en el mero azar, como en el acertijo de cara y cruz, en el juego de elegir versos de Homero y Virgilio, y en otros vanos e innumerables conceptos análogos a los citados. Tan fácil es que los hombres crean en cosas a las cuales han dado crédito otros hombres; con donaire y destreza puede sacarse mucho partido de su miedo e ignorancia».

Veamos de qué manera, «con donaire y destreza», Paulo Coelho le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia. Me limitaré inicialmente a El alquimista, su obra más leída, pero el mismo procedimiento se puede rastrear en otros libros suyos. El pastor de ovejas andaluz, al principio del cuento, tiene un sueño y va donde una adivina para hacérselo interpretar. Qué deleite; la gitana no sólo le interpreta el sueño («los sueños son el lenguaje de Dios») sino que también le lee la mano. Los sueños del protagonista son el leitmotiv del libro, y es a través de ellos como poco a poco se acerca a su tesoro en el periplo Andalucía-Pirámides-Andalucía.

Para que un mago cobre prestigio como persona capaz de predecir el futuro, mucho le conviene obrar el prodigio de adivinar el pasado. Éste es el paso siguiente en el libro de Coelho: un adivino escribe sobre la arena los episodios más significativos del pasado del joven protagonista, incluyendo la primera vez que se hizo la paja. Cabe aclarar que esta íntima revelación se expresa con palabras mucho más recatadas: «Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como [...] su primera y solitaria experiencia sexual».

El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: «Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla»; «La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal»; «Todo es una sola cosa»; «Existe un lenguaje que va más allá de las palabras»; «Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti»; «Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas». Pero además de este tipo de enseñanzas baratas, de seducción infalible a pesar de su pésimo gusto intelectual, el uso de la magia tradicional también va apareciendo capítulo tras capítulo. Así, el protagonista, al promediar el libro, «acompaña con los ojos el movimiento de los pájaros». Mira las aves: «De repente, un gavilán dio una rápida zambullida en el cielo y atacó al otro. Cuando hizo este movimiento, el muchacho tuvo una súbita visión: un ejército, con las espadas desenvainadas, entraba en el oasis». Es el clásico augurio, aunque bastante tosco, pues en vez de descifrar el acertijo del vuelo de los pájaros, al pastor le basta verlo para tener visiones.

Hay un ingrediente adicional que hace más eficaz el recurso al pensamiento esotérico. Para volverlo doctrinalmente inofensivo, para despojarlo de todo peligro satánico, Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianimo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro... El público mayoritario no se siente en pecado porque lee herejías, y el narrador, al tiempo que se hace pasar por alguien dotado de poderes paranormales (capaz incluso de telepatía), deja saber que él es también un buen cristiano, a pesar de sus coqueteos con la magia.

Hasta aquí algunos elementos temáticos que ayudan a entender, en parte, el favor de Coelho entre los lectores. Pero además de lo temático, conviene señalar también algunas estrategias narrativas del autor brasileño. Sus técnicas para ir tejiendo la trama son tan elementales que me recordaron de inmediato el estudio clásico sobre las formas canónicas del cuento infantil. Vladimir Propp, uno de los padres de la narratología, publicó en Leningrado su monumental Morfología del cuento infantil (1928). El principal mérito de este gran trabajo consiste en haber hallado, por encima de los argumentos superficiales de cada cuento, una serie de elementos formales repetitivos. Mirados al microscopio, es posible descubrir que en todos los cuentos de hadas los personajes, por distintos que sean, acometen siempre las mismas acciones, se ven envueltos en situaciones o «motivos» análogos. Como señala Propp, «cambian los nombres de los personajes, pero no sus acciones, o funciones, por lo que se puede concluir que el cuento le atribuye operaciones idénticas a personajes distintos».

No voy a decir que Coelho leyó a Propp, estudió cuáles son las «funciones» más elementales del relato tradicional descubiertas por el ruso, y con esta receta se dedicó a escribir el oro en polvo de sus novelas. Eso sería muy sofisticado. La cosa es más simple: Coelho usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil. Tomen ustedes cualquiera de los libros de Coelho y verán lo fácil que resulta identificar situaciones como las siguientes, señaladas por Propp en su Morfología: «El héroe abandona la casa»; «el héroe es puesto a prueba o interrogado»; «el héroe se pone en contacto con alguien que le dará un don»; «el héroe recibe un objeto mágico»; «el héroe cae en desgracia»; «el héroe se traslada o es llevado al lugar donde está el objeto de su búsqueda»; «el héroe lucha con un antagonista»; «el héroe regresa»; «el antagonista es castigado»; «el héroe se casa y sube al trono (u obtiene grandes riquezas)».

Es inútil cansarlos con los ejemplos detallados en que las historias de Coelho parecen calcar literalmente estos esquemas elementales. Les puedo asegurar que, al menos en sus primeros libros, el brasileño repite paso a paso las estructuras narrativas reveladas por el gran formalista ruso hace casi un siglo (y éstos sí que son pronósticos: Propp no sólo describió la tradición popular, sino que anticipó las recetas de un gran éxito editorial).

Los libros más recientes de Coelho, por ejemplo el último, Once minutos (2003), son un poco menos rudimentarios que aquellos primeros títulos que lo lanzaron a la fama. En este caso la trama, nutrida por algunos elementos realistas (para esta novela Coelho usó el testimonio de prostitutas existentes), es menos infantil, menos predecible. En todo caso es posible que el inevitable desencanto que viene con los años haya hecho que este último libro de Coelho sea menos ingenuo. Pero el buen gusto estético e intelectual es muy difícil de adquirir, y por lo mismo Once minutos (el cálculo de Coelho de lo que dura un coito), aunque menos esquemático, es un libro incluso más cursi que los anteriores. No quiero afirmar nada que no pueda demostrar con citas textuales. ¿Cuántos ejemplos necesitan para convencerse de la irremediable cursilería de Once minutos? Podría usar un número mágico, de esos que les encantan a los autores de cuentos infantiles, siete, o tres. Para no exagerar, me voy a limitar a tres momentos:

1. La protagonista (prostituta brasileña que trabaja en Suiza, y la sola situación es ya de un sentimentalismo telenovelesco), se encuentra con un pintor joven que la invita a su casa. Ella observa que la casa es grande y está vacía. Entonces concluye: «Debía de tener dinero de verdad. Si estuviese casado no osaría hacer aquello porque siempre había gente mirando. Entonces era rico y soltero».

2. En el final feliz de la novela este mismo pintor se le aparece a la muchacha con flores: «Ralf llevaba un ramo de rosas, y los ojos llenos de luz que ella había visto el primer día, cuando la pintaba».

El rico y soltero que en la última página se aparece con un ramo de rosas y se lleva a la muchacha a conocer París es una situación tan perfectamente cursi que, por kitsch, creo que ni Corín Tellado se atrevería a ponerla en una fotonovela. Pero al promediar el libro hay otro momento todavía peor:

3. La prostituta le hace un regalo al pintor del que se empieza a enamorar. Abre el bolso y busca su bolígrafo. Dice: «Tiene un poco de mi sudor, de mi concentración, de mi voluntad, y ahora te lo entrego. [...] Tú tienes mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños».

Fuera de la ridiculez de la frase, que es única, hay algo todavía más perturbador: al leerla uno se imagina que el autor está copiando aquí su propia vida. Me parece ver la escena; el multimillonario que ha vendido 54 millones de ejemplares con tantas revelaciones de su estro poético, le muestra a una muchacha el objeto mágico (y fálico) con que la va a conquistar. Le dice, pensando ya en el colchón de la suite que los espera: «Te entrego mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños». Debe tener un bolígrafo para cada día, cada hotel y cada viaje. Y algo más triste: seguramente algunas víctimas, igual que miles de lectores, se dejarán conquistar con semejante frase y semejante halago. Claro que esto último es lo único que no puedo demostrar de todo lo que he dicho sobre Coelho en este artículo. Esta última situación tan sólo la supongo y es sólo una hipótesis sin fundamento, producto de una mente malpensada; todo lo demás lo he tomado directamente de sus libros.