17/1/09

Sobre los microtextos

En un mundo en el que los alcances de la tecnología y de los medios crecen día con día de forma vertiginosa, el escritor se ha visto en la necesidad de echar mano de todo su ingenio y su capacidad para crear obras atractivas que logren apartar a los lectores de las pantallas y televisores, por lo que muchos de ellos se han dado a la tarea de explorar formas literarias flexibles y versátiles para lograr su cometido, encontrando muchas veces en el microtexto, la herramienta idónea.

Pero, ¿qué es en sí el microtexto? Como su propio nombre lo indica, el microtexto es una forma literaria que se distingue ante todo, por la economía de palabras con la que se desarrolla; es decir, un texto en el que se expone una idea completa utilizando el mínimo de palabras posible. También se le ha denominado como minicuento, relato breve o minifición, por mencionar algunos; sin embargo consideramos que estos nombres no son del todo correctos, ya que si bien todos coinciden en una idea minimalista, se restringen al plano de la ficción, del cuento, la historia; mientras que el término “microtexto”, abre la gama de posibilidades de experimentación literaria, en la que lo mismo cabe el aforismo, el cuento o relato, la nota periodística e incluso, temas que podrían pasar como no literarios, como es el caso de Instrucciones para subir una escalera, de Julio Cortázar, en el que una situación tan cotidiana como el ascenso de unas escaleras, alcanza niveles de expresión artística poco imaginados. Es por ello que esta opción escritural ha tenido gran auge en el ámbito de la literatura iberoamericana contemporánea.

En cuanto a sus antecedentes, podemos decir, a modo de mircotexto, que en Iberoamérica surgió a finales del siglo XIX y principios del XX, con algunos textos como Palimpsesto I de Rubén Darío (1867– 1916), El engaño de Amado Nervo, A Cirse de Julio Torri (1889-1970) y los Cuentos en miniatuira de Vicente Huidobro (1893-1948); y es ya entrado en el siglo XX cuando el microtexto alcanza su madurez y gran difusión con publicaciones legendarias como El cuento (México) y Puro cuento (Argentina); además de ser adoptado por escritores de la talla de Juan José Arreola (1918-2001), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Augusto Monterroso (1921-2003), Julio Cortázar (1914-1984) y Jorge Luís Borges (1899-1986) (en este último caso, no debemos confundirlo con el ínclito escritor guanajuatense tan admirado por el señor Fox).

El microtexto ha sido un recurso ampliamente socorrido en talleres literarios, como ejercicio de experimentación previo al desarrollo de géneros literarios (principalmente narrativos) más extensos, como el cuento, el ensayo y, por supuesto, la novela.

Ahora bien, aunque el microtexto responde en principio a la fórmula aristotélica “planteamiento, desarrollo y conclusión”, diversos estudiosos como Juan Armando Epple y Lauro Zavala, entre otros, lo han escrito y analizado, creando toda una teoría alrededor de esta forma literaria, estableciendo sus constantes y características.

En el microtexto se conjugan principalmente cinco elementos esenciales:

Brevedad.- Como ya anotamos líneas arriba, el microtexto se basa fundamentalmente en la economía de palabras, lo cual no implica necesariamente una pobreza de lenguaje. Su extensión varía y por ello podemos encontrar textos legendarios como el El dinosaurio de Augusto Monterroso, que no utiliza más de diez palabras; pero puede ser algo más ya que para considerar un microtexto como tal, no debe superar un máximo de 500 palabras aproximadamente.

Contundencia.- Este elemento nos indica que el microtexto no debe dejar cabos sueltos; es decir, no por desarrollar un texto en pocas palabras, debe estar inacabado, dejando al lector con una sensación de que algo falta para ser totalmente claro, o que no es más que el boceto de una idea por desarrollar, y para evitar esta sensación debemos referirnos a una sola idea concreta y definida.

Omisión.- Debido a la economía de palabras, no podemos detenernos a dar mayores descripciones o explicaciones al lector, el microtexto debe fluir con naturalidad y rapidez, aunque tenemos la posibilidad de dejar abierta la puerta al lector, para que por su cuenta, descubra interpretaciones y significados ocultos en el texto, como podemos apreciar en Haga como si estuviera en su casa, de Julio Cortázar.

Capacidad lúdica.- Este elemento del microtexto como el principal disparador del ingenio creativo, pues permite el uso del sarcasmo o ejercicios lingüisticos como los realizados por Óscar de la Borbolla en sus Vocales malditas (1988). Además, gracias a esa capacidad lúdica, el escritor puede valerse de cualquier cosa para crear un microtexto, recurriendo a diversos géneros como el ensayo, el relato, el aforismo, la parodia e incluso acercarse a la poesía, como los haiku de Juan José Tablada.

Multiplicidad.- Con esto nos referimos a que no por tratarse de un textodesarrollado con economía de palabras, esté escento de una multiplicidad de lecturas; y aquí es donde entra en juego la capacidad del escritor, al dar a un texto cerrado la mayor cantidad de subtextos posible. El microtexto puede ser de una sencillez evidente, pero lo que hay detrás, las ideas que lo sostienen pueden ser bastas y de una variedad abrumadora, y el efecto en el lector va más allá de lo que se dice, pues consigue dejar su actitud pasiva y volverse partícipe del texto, al interpretar lo que se lee desde su experiencia, su forma de pensar y de sentir, dándole al microtexto tantas connotaciones como ideas tenga en la cabeza.


El microtexto es una herramienta excelente para experimentar y divertirse, para practicar la sencillez (que no la simpleza), para aprender a depurar los textos, a decir exactamente lo que se quiere decir sin darle vueltas, y sobre todo, sirve para encontrar una voz propia, concreta y contundente.
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Algunos experimentos personales con microtextos
La paradoja de Sócrates
Sócrates proclamó el famoso “Yo sólo sé que no se nada”, así como el principio de la educación gratuita, lo que enfureció a los sofistas que administraban las escuelas privadas. Finalmente, fue condenado a morir con cicuta, por saber demasiado, lo que le costó muy caro.
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Matutina
La luz de la mañana entró por el ventanal golpeando su cara y, burlona, le notificó que nuevamente estaba sola y que él ya nunca más regresaría. Entonces, soltó un suspiro, contó el dinero y se fue a bañar.
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y haciendo algo de pastiche

Balada del egoísta
Esta tarde vi llover, vi gente correr y me sentí profundamente feliz de tener coche.

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Alicia
Y cuando Alicia por fin abrió los ojos, murieron las maravillas.

11/1/09

La chica de la Pentax

Hoy, después de tantos años, logré convertirme en el modelo de la chica de la Pentax; sin embargo, no soy feliz como lo imaginé. El saber que detrás de la cámara esconde una pena tan negra como sus ojos, me produce un sentimiento de culpa muy poco agradable. Nunca quise que sufriera; por el contrario: siempre vislumbré este momento como el más dichoso de mi existencia, jamás como una forma de inflingirle el dolor que ahora oculta tras el visor. La amaba y aún ahora, por estúpido que parezca, la sigo amando...

Desde niña estuvo cerca de mí, era mi vecina y pasaba tardes enteras contándome mil historias sin pies ni cabeza que yo escuchaba atento, fascinado con sus gesticulaciones, sus risas, saltos, totalmente extático ante esas miradas que me dirigía con sus enormes ojos de obsidiana. Éramos los mejores amigos. Esperaba cada tarde en el pórtico, su regreso de la escuela para llenar mi vida con el milagro de su existencia.

Cierto 6 de enero, apareció junto a los demás regalos de los Reyes Magos, una cámara Pentax K-1000 que, aunque muy usada, estaba en perfectas condiciones. ¿Quién iba a pensar que aquél obsequio postnavideño marcaría su futuro? Para sorpresa de sus padres, la pequeña no prestó atención alguna a los demás regalos y centró toda su alegría e ilusión en la cámara fotográfica. Inmediatamente corrió hasta mi casa para enseñarme su “cajita mágica”, como ella le llamaba, capaz de atrapar todas las cosas que veía. Se veía tan hermosa con sus 10 años, manipulando por primera vez la maquinaria para descubrir su funcionamiento, con el pelo sostenido en una coleta y su cuerpo frágil y nervioso, haciéndome crear las más extraordinarias fantasías de lo que no tuve, de lo que no viví.

Ahora me mira desde diferentes ángulos, cambia de filtro para captar la luz natural, totalmente absorta a la gente que nos rodea y la mira con desaprobación; pero eso no importa, ella continúa con su arte, presiona el disparador una vez, avanza la película, dispara otra vez, manipula el lente y toma otra fotografía. Y yo sigo aquí, quieto en un silencio absoluto, mostrándome ante ella como nunca lo había imaginado...

Rápidamente aprendió a manejar la cámara y con algunos consejos, logró sacarle el mejor partido. Mi alegría creció al verla correr de arriba a abajo, guardando en su “cajita mágica” su propia historia. Después vino el tiempo en que compartimos el primer cuarto obscuro; ella descubrió nuevos trucos y técnicas que no sólo la hacían crear ese mundo que captaba con la lente, sino recrearlo y reconstruirlo a su antojo. Tenía ya dieciséis años y yo poco más de 10 amándola en silencio, limitándome a ser feliz con su felicidad, a admirarla reclinada sobre las charolas de revelado, gozando con la sorprendente sensación que me provocaba la contundencia de sus caderas que se proyectaban hacia mí en la semiobscuridad, perdiéndome en la magnificencia de su talle estrecho e invitante y la turgencia de sus pechos rosados, que más de una noche protagonizaron los sueños más intrincados y placenteros. Cuando regresó, ya entrada la noche a su casa, me quedé pensando en lo irónico y patético de mi vida: yo, un revelador profesional, estaba imposibilitado para revelarle mi amor.

Nada me dio más alegría que la noche en que me dijo que estudiaría fotografía, que ésa era su vocación y su destino. No fue fácil afrontarlo en un principio, incluso tuve que hablar con su padre para convencerlo de aceptar, ya que no estaba muy de acuerdo con la idea de que su niña optara por esa carrera. Finalmente lo persuadimos e ilusionamos a tal grado, que compró una Canon digital EOS 50D para su hija. La novedad y la asombrosa tecnología de la cámara, pronto desplazaron a la K-1000, que quedó en el abandono. Me dolió el cambio, pero había que evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos, así que no dije nada y seguí amándola, ahora con su EOS 50D. Además, la chica de la cámara tenía mucha esperanza en el futuro, se soñaba superando a Tina Modotti, a los Hermanos Mayo y a Álvarez Bravo; sentía una urgencia inaplazable por expresarse mediante la cámara ¿cómo arruinar su felicidad con algo tan superficial como la Pentax? Le gustaba planear a mi lado su primera exposición, y me situaba en primera fila cuando llegara ese día. Tres años más tarde, así sucedió.

No habla, solamente me fotografía. Termina el segundo rollo y lo substituye con el tercero. No para, no puede, no quiere detenerse. Necesita respuestas a las interrogantes que le he planteado. Corre la película para continuar su trabajo, y su corazón palpita irrefrenable, tan herido como lo está el mío al verla sufrir.

Su talento y el avance mostrado en la escuela de fotografía la hicieron acreedora a una exposición individual en una de las galerías más famosas de la ciudad. Pero, durante el coctail de inauguración, todo empezó a cambiar. Gracias a uno de los invitados, descubrió uno de los pocos secretos que guardé para mi goce personal: que fui un fotógrafo de guerra y que perdí las dos piernas durante la invasión a Playa Girón, desapareciendo después del periodismo y de cualquier forma de vida social hasta que ella llegó. Y por si fuera poco, mi delator era un hombre joven y, por qué no decirlo, hermoso e interesante, tanto que en pocos minutos ocupó toda su atención.

Desde ese día las visitas de mi pequeña se fueron espaciando poco a poco, hasta que tuve que habituarme a esperar desesperadamente a que apareciera frente a mi puerta, a observarla escondido tras la ventana al salir o llegar, siempre del brazo de aquel hombre, que sin proponérselo, robó la única ilusión que me quedaba en la vida.

Una vez más, el negro y gris de la cámara se fusiona con lo albeo de las manos de mi chica de la Pentax, vuelven a ser una misma; metal y carne se aparean sufrientes, se enredan, se poseen entristecidas para mí, víctima y verdugo. Lentamente pierdo la esencia de objeto captado para y mi alma atrapa la imagen de mis dos amadas. Quisiera integrarme al rito de la entrega que presencio; pero...

Anteayer vino a verme, y entre grandes aspavientos, me dio una noticia definitiva: se va a casar. Me limité a sonreír y tratar de desviar su atención, para que no advirtiera la herida tan grande que sus palabras habían causado a mi alma. Hilé palabras al azar, hablé de mi madre, que se negaba a ser daguerrotipada, porque aseguraba le robarían el espíritu, también del escándalo familiar que causé cuando decidí ser fotógrafo. Ella escuchó atenta, arrodillada, recargando sus codos en mi regazo, hasta que no tuve más que decir. Después vino uno de esos silencios que traicionan al corazón más necio y tenaz, una pausa sonora en la que mis ojos, negándose a llover, lentamente fueron hablando de mi amor por ella desde que era una niña y de esta dulce rabia que me orillaba amarla más; pero que igualmente dejaba caer sobre mi alma todo el peso de la impotencia de mis setenta y cuatro años y de esta silla de ruedas convertida en una extensión de mi cuerpo.

Quisiera confortar su dolor, que las cosas fueran como antes. Pero es imposible, algo se ha roto entre los dos y no existe poder humano que pueda remediarlo. Ella en tanto, termina el tercer rollo y se niega a parar. Está totalmente decidida a cumplir su promesa...

Leyó una a una las confesiones de mi silencio sin dejar de estrechar mi mano. Traté de que evitar una situación que me alejara y le comenté que después de tantos años de fotografiar la vida, jamás me había tomado ninguna foto, y en una mala interpretación de humorismo, le pregunté si estaba dispuesta a hacer un estudio completo del abandono humano. Mi chica de la Pentax echó a reír y me abrazó besándome la frente. En ese momento comprendí que, por suerte, no había descubierto mi secreto.

Nunca tuve oportunidad alguna y hoy menos. Lo único que queda es mirar cómo manipula compulsivamente la Pentax sin parar. Soy su pena y la suya es la mía. Si alguna vez creí que era preferible ser víctima a victimario, ahora no me cabe la menor duda, y aunque me duela aceptarlo, no puedo hacer nada.

Después de cenar escuchamos hasta la madrugada “Las bodas de Fígaro” en el estéreo, y casi a la alborada, se fue a su casa prometiendo que a la tarde siguiente, me haría el mejor estudio fotográfico de mi vida. Yo me recosté sin poder dormir, aún me dolía percatarme de que, finalmente, se presentaba el momento que tanto temí. Pasadas unas horas, llegué a la conclusión de que su felicidad sería la mía, incluso si era con otro. A fin de cuentas, a través de la Pentax había logrado trascender en ella, así que tristemente satisfecho, por fin le di el sí a la señora muerte.

Cuando por la tarde intentó ir a mi casa para cumplir su promesa, su padre le dio la noticia de mi muerte y le contó que fui yo quien puso la Pentax entre sus regalos y la puso al tanto del amor que le profesé todo este tiempo. Realmente no sé cómo se dio cuenta de mis sentimientos; según yo los oculté muy bien. De cualquier forma, agradecí su comprensión y su silencio.

Los rollos se han acabado y ella se resiste a terminar la sesión. Finge que carga de nuevo la cámara para continuar su trabajo. Quizás nadie se ha dado cuenta, pero a mí no me puede engañar; la conozco demasiado bien, y sé que su verdadero deseo es quedarse a mi lado el mayor tiempo posible, ahora que sabe todo lo que por años oculté. No puedo evitar que por unos segundos me invada la felicidad de que sea ella quien quiera estar a mi lado, como en los viejos tiempos.

La chica de la Pentax esconde tras la cámara el dolor de un amor que no pudo ser; intenta contener un vertedero de lágrimas que amenazan con transformarse en diluvio y se aferra a la cámara, con la plena certeza de que cada vez que tome fotografías con ella, estaré yo a su lado una vez más. No puedo decirle adiós, pero llegó la hora de irme. Lo último que veo es cómo sus padres la alejan de mí mientras mi hermana cierra lentamente el ataúd para llevarme al crematorio.

4/1/09

Andrés Caicedo: El cuento de mi vida

El cuento de mi vida
Andrés Caicedo
Editorial norma, 2008

Hace un par de semanas cayó en mis manos El cuento de mi vida, una pequeña recopilación de textos inéditos de Andrés Caicedo (1951-1977), extraídos de las páginas de sus libretas de notas personales (él siempre se negó a referirse a ellas como “diarios”), más un par de cartas (las últimas que escribió) y con las que uno puede reforzar perfectamente el perfil de una de las leyendas de la literatura urbana colombiana del siglo veinte. Al ser de reciente edición, y de las primeras que encontraba en México, no dudé ni un momento en comprarlo y comenzarlo a leer.

El libro es muy pequeño (apenas alcanza las cien páginas de texto) y hasta podría decirse que puede ser leído en una sola sesión; pero no es para leerlo de un tirón, hay que digerir los textos poco a poco, pues la fuerza de su contenido es desgarradora y nos inunda y nos instala en las entrañas de un joven que, siendo congruente consigo mismo hasta el final, murió, por voluntad propia, a la edad de 25 años, exactamente el día que recibe el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, la única novela que alcanzó a publicar en vida (en la que premonitoriamente asegura que vivir más de veinticinco años era una insensatez), y en que Patricia, su pareja, lo abandona.

En estos textos podemos encontrar a un Andrés vulnerable, que necesita a sus viejos aunque no puede encontrar con ellos un punto de equilibrio; su necesidad de expresarse, de encontrarse a sí mismo; los temores e inseguridades; la frustración ante su fracaso en un Hollywood que no existe; sus proyectos, y sobre todo, la "torsi", el estado de depresión casi permanente en el que vivió la mitad de su vida.


Estos fragmentos muestran de manera muy clara y avasalladora, no sólo la pericia literaria de Caicedo, sino una visión concreta de su personalidad y el huracán en que se convirtió su vida: las constantes depresiones; los miedos; la incomprensión, el sentimiento de otredad y las inseguridades que lo envolvieron en todo momento; sus amores; su propia necesidad de cariño y su paso por las drogas, circunstancias que sin duda, marcaron y el estilo y la fuerza de sus narraciones y dieron a su existencia ese sabor a escritor maldito, pues más allá de su tragedia personal, Caicedo destaca por que se atrevió a romper con el realismo mágico, dándole la espalda a Macondo y sumergiéndose en Cali, en una época en la que el único paradigma para los escritores de su país era seguir lo pasos de García Márquez. Por eso su trabajo trascendió y hoy incluso cuenta con un espacio privilegiado en la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, por eso sus amigos lo recuerdan, por eso ha inspirado a otros grandes escritores colombianos como Rafael Chaparro Madiedo y Efraím Medina Reyes, porque Caicedo le ganó a la muerte, y porque así como Francia tuvo a su niño genio en Rimbaud; Cali, Colombia entera, tiene a su niño genio en Andrés Caicedo.

Dicen en Cali que aún se le puede ver vagando por las calles de la ciudad, con su cabello largo, su ropa desaliñada y su eterna cara de niño triste , tal vez a la espera de la siguiente función de cine, de que de alguna bocina irrumpa una pieza de los Rolling stones, o de encontrarse en la mirada y los rostros de los nuevos jóvenes (nuevos angelitos empantanados) para engarzar nuevas historias allá en la eternidad, donde se encuentra, porque Andrés Caicedo no es sólo un escritor caleño más, Caicedo ES el escritor caleño, o, mejor dicho, es el corazón de Cali.

Para quienes no saben quién es Andrés Caicedo y se interesan en este extraordinario escritor, pueden consultarlo aquí, pero lo fundamental es leerlo, adentrarse en su obra y aprender de ella; pues después de leerlo, resulta casi imposible no apropiarse de él, de sus sentimientos y la fuerza que encierra su obra. En México es posible encontrar, además de El cuento de mi vida, sus recopilaciones de cuetos Calicalabozo y Angelitos empantanados o historias para jovencitos. Ojalá y la editorial Norma siga editando sus textos y dándolos a conocer por otras tierras.

1/1/09

Medio siglo

Hoy se cumple medio siglo desde que el sueño du pueblo entero comenzó a hacerse realidad. De ahí a la fecha muchas cosas, buenas y malas, han pasado, aciertos y errores, galones de lágrimas de felicidad y de dolor se han vertido. Hoy muchos que enarbolaban sus banderas con fervor, reniegan de ella, así como muchos excépticos aprendieron a ver en la Revolución Cubana la esperanza de un mundo mejor.
Y más allá de mi opinión muy personal, no soy quién para aplaudirla o denostarla; pero una cosa es cierta: hace 50 años que el pueblo cubano decidió que era tiempo de tomar el futuro en sus manos y tuvo el valor de decir NO al gobierno yankee y aún hoy, a pesar de los pesares, sigue haciéndolo.
Seguramente a medio siglo de revolución comience a gestarse un nuevo paso dentro de su propio proceso; pero ojalá (y en este punto pierdo voluntariamente cualquier objetividad), mantengan encendida la llama de los ideales que le dieron forma, y que palabras como "libertad" o "democracia" no sean, como trístemente se está dando en casi toda latinoamérica, sinónimos de opresión y sumisión o de revancha por aquellos que se fueron y no perdonan a los que se quedaron.
Por Camilo, por el Che, por todos los que dejaron su vida en el camino de la Revolución Cubana.
Por seguir creyendo que las cosas pueden ser mejores, que aún es posible soñar.
Por todos los cubanos que día a día viven y ríen y lloran y sufren y gozan y cantan y escriben y bailan y trabajan por su tierra con la frente en alto.
¡Salud por Cuba y vamos por más!


Carlos Puebla -
Y en eso llegó Fidel


Carlos Puebla -
Para nosotros siempre es 26


Carlos Puebla -
Canto a Camilo


Carlos Puebla -
Hasta siempre


Cuba va, ayer...

...Y hoy

30/12/08

El melodrama del Melodrama

(Sólo por incordiar)
Un fantasma recorre el mundo cultural desde hace ya medio siglo: el melodrama. Un género dramático, que a pesar de ser considerado como un arte “menor”, e incluso de convertirse en el centro de ataques de artistas puristas y exquisitos, es una de las disciplinas más socorridas de la cultura popular. Pero, empecemos por el principio, ¿qué es exactamente el melodrama?

Etimológicamente, esta palabra procede de las raíces latinas melos (música) y drama (conflicto o tragedia), por lo que podemos decir que se trata de una obra teatral dotada de música como elemento fundamental, y probablemente fue denominado así durante los siglos XVI y XVIII en que comenzaron a representarse historias musicalizadas. Por otra parte, desde el punto de vista histórico, surge como género literario con las características formales que hoy conocemos, en el siglo XVIII, con Pigmalión, de Jean Jacques Rousseau, consolidándose durante el siglo XIX con Guilbert de Pixérécourt, y desarrollado como producto de gran difusión en el folletín y la novela romántica.

El melodrama, en términos más acordes a nuestros días, es una visión metafórica de la realidad que va avanza a través del ejercicio de las pasiones hasta alcanzar una finalidad ejemplar. En otras palabras, el melodrama toma determinados símbolos generales de una sociedad y un momento específico (amor, odio, justicia, ambición, etc.), y los pone en conflicto a través de situaciones concretas que desequilibran el orden establecido, en las que los protagonistas enfrentan una serie de obstáculos hasta alcanzar la meta propuesta, consiguiendo además un crecimiento interior que los transforma en mejores personas; por ejemplo, el caso del ya legendario Rick Blane (protagonista de Casablanca), quien sacrifica su amor por Ilsa Lazlo en favor de la lucha por la libertad que ella representa, obteniendo a cambio, una nueva esperanza de vida.

En la actualidad, y debido a su alcance masivo desde mediados del siglo XX, el melodrama ha sido identificado con el serial televisivo o telenovela (que hoy por hoy, es una de sus principales manifestaciones), y a partir de esta concepción ha surgido una gran polémica sobre su contenido estético e integridad artística.

Muchos novelistas, dramaturgos e intelectuales han expresado su desprecio por el melodrama y niegan su naturaleza estética, y hasta podríamos afirmar que inconscientemente les aterroriza el sólo hecho de pensar en la posibilidad de experimentar y conducir su capacidad creativa hacia una obra melodramática, al considerarlo “cursi”, “poco profundo”, “fácil”, y "nada serio”, lo que atenta en contra de la trascendencia de las grandes obras que pretenden realizar; situación que consideramos totalmente errónea. De ser esto cierto, el noventa por ciento de las grandes producciones cinematográficas no existirían; la canción popular hubiera decaído considerablemente, y muchos escritores contemporáneos no hubieran podido traspasar la barrera del anonimato.

El hecho de que el melodrama haya logrado colocarse como uno de los productos televisivos más rentables a nivel mundial
[1], no quiere decir que no sea un verdadero género literario, pues en él confluyen una serie de características formales y técnicas, como son el final feliz, la lucha de contrarios, el efectismo y espectacularidad y la prioridad a lo sentimental, entre otras. Y son precisamente estas características y la función social que cubren, las que han mantenido su vigencia durante tantos años y su aceptación entre el grueso de la población.

Además, al perseguir una finalidad ejemplar (demostrar que el bien siempre triunfa sobre el mal, por ejemplo), al constituir una metáfora de la realidad, y al tener una capacidad unificadora, que lo mismo fusiona a la comedia como a la tragedia, el melodrama consigue establecer una relación de identificación y pertenencia con quien lo recibe a través de los diferentes medios en los que se manifiesta; por ello lo encontramos fácilmente en el cine (Matrix, Todo sobre mi madre, o incluso Atracción fatal y Amores perros), en la literatura (Madame Bovary, La casa de los espíritus, El anatomista o Los miserables), o en la música (desde letras de canciones de Joan Manuel Serrat hasta las interpretadas por Agustín Lara).

Ahora bien, a pesar de notable decaimiento en la calidad de las producciones nacionales, la industria del melodrama serial televisivo ha encontrado un nuevo auge en el que Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia, principalmente están a la saga, al crear una nueva simbiosis entre los elementos clásicos del género con nuevos esquemas y temáticas, arriesgándose a presentarlo desde puntos de vista que hasta hace un par de décadas resultarían inconcebibles para la telenovela. Por citar sólo un ejemplo, podemos hablar de Tieta (Brasil, 1989), que basada en la novela costumbrista de Jorge Amado, revolucionó la forma de hacer telenovelas, pues incorporó elementos propios de comedia, de la farsa y los fundió en un melodrama en el que por primera vez se presenta (a partir de pasajes mordaces e irónicos) como protagonista a una verdadera antiheroína, que poseía todos los vicios de carácter que caben en un personaje y que plantea su conflicto a partir de la venganza, consiguiendo hacer una verdadera estampa de carácter brasileño, marcando al mismo tiempo un punto de ruptura en la telenovela tradicional, a partir de la cual se ha seguido experimentando con resultados buenos y malos.

Otros ejemplos de lo anterior son Yo soy Bety, la fea (Colombia, 1999-2001) de Fernando Gaytán, Pedro el Escamoso (Colombia, 2001-2003) y La saga, negocio de familia (Colombia, 2004), de Dago García, El clon (Brasil 2001-2002) de Glória Perez, y Los Roldán (Argentina, 2004), de Mario Schajris y Adriana Lorenzón, producciones que por su calidad han sido transmitidas con gran éxito en varios países y que en su mayoría han sido adaptadas en otros tantos más.

Sin embargo, y a pesar de ello y del arraigo que tiene entre el público, la telenovela no ha conseguido ese grado de aceptación general que merece, como fenómeno social y cultural concreto. La pobre imagen que se tiene del melodrama como fenómeno creativo, responde por lo menos a seis causas concretas:
  1. Se confunde la idea de metáfora de la realidad, con “rebanada de realidad;
  2. La finalidad ejemplar ha sido deformada por una finalidad maniquea a través de "moralinas obvias" (María la del barrio, Rosa salvaje, Cañaveral de pasiones);
  3. En ese afán de “realismo” a como de lugar, se explota el morbo y el amarillismo sin sentido, una mera enumeración de situaciones de nota roja (Nada personal, Demasiado corazón, Machos, o la versión mexicana de Montecristo);
  4. El fenómeno llamado “globalización de la telenovela”, emprendido por grandes transnacionales televisivas (Telemundo y Univisión) en la que se ha pretendido hacer productos dirigidos específicamente al mercado internacional, sacrificando en muchos casos, lo que daba identidad a las telenovelas de cada país, al neutralizar el acento y limitarse a historias cautoivas bajo esquemas cerrados que pocas opciones dan al escritor para evolucionar o arriesgarse;
  5. La intención de dirigir el producto a un sector específico de la población, en el que no se hace una estampa de dicho núcleo social, sino que se parodia (y se parodia mal), pretendiendo establecer modelos de conducta y de consumo (Dos mujeres un camino, Muchachitas, El premio mayor, Alma de Hierro) a y, finalmente, la más grave de todas,
  6. La falta de creatividad y los intereses económicos han dado lugar a una sobre explotación de historias ya probadas y han cerrado las puertas a nuevas propuestas y visiones renovadoras del melodrama (el ejemplo más claro es el de las decenas de secuelas que han tenido las mismas historias como Rina (1977), transformada en Rosa Salvaje (1987), y muchas otras, o de historias más recientes como Las aguas mansas (1994), y sus secuelas Pasión de gavilanes (2003) y Fuego en la sangre (2008).
Como podemos apreciar, el melodrama vive inmerso en su propio melodrama, pues si bien es el género literario más usado en la actualidad, es menospreciado incluso por quienes recurren a él para llevar a cabo sus creaciones. Pero una cosa es innegable, el melodrama forma parte de la vida cotidiana y está plenamente cimentada en el inconsciente colectivo; pues sólo a través de ella, el espectador consigue guiar sus frustraciones y encausarlas a través de las desventuras y obstáculos que sortea el protagonista melodramático, y purifica sus pasiones por medio de los logros y triunfos del personaje.

Finalmente, un par de reflexiones para aquellos que insisten en posiciones retractoras:

Si tachamos a la telenovela de frívola y carente de contenido intelectual, ¿el fútbol, por ejemplo, no es lo mismo? 22 tipos corriendo detrás de un balón durante noventa minutos, no es un paradigma de inteligencia y sí, en cambio, un buen catalizador de frustraciones cotidianas. Por otra parte, si pensamos en la escritura de una novela o un guión cinematográfico, estos exigen un ejercicio mayúsculo de capacidad de concentración y habilidad técnica; pero en ambos casos, al tratarse de un ejercicio, digamos, solitario, el tiempo con que se cuenta para culminar la obra es, por decirlo de alguna manera, ilimitado, en el que puede abundar en detalles, meditar los cambios y giros de la trama, revisar con toda calma la progresión dramática de la historia e incluso, tomarse una “vacaciones”, cada vez que se considere necesario; en tanto que en la telenovela, el guionista, aún y contando con un argumento general, se ve obligado a desarrollar la historia día a día, y siempre sufriendo la intervención de directores y productores, las presiones del público, sobrellevando los caprichos de actores, y abundando en cada entrega hasta en los detalles más imperceptibles, para que la historia no se pierda ni se desvíe, o decaiga su intensidad dramática, pues una vez que el guión es entregado, no hay vuelta atrás y un diálogo mal colocado puede llevar a pique meses de trabajo. En este aspecto, ¿No será acaso el verdadero reto del creador, del literato, sumergirse en el melodrama serial televisivo y asumir el riesgo de encontrar una propuesta que lo revitalice? Resulta muy fácil criticar al torero desde la barrera; pero tomar el capote y enfrentar al toro, no debe de ser nada sencillo.

Muchas cosas quedan por decir de la telenovela; pero eso sería tema de todo un libro; además no es nuestra intención adoctrinar a nadie, ni convencer a nadie a la fuerza sino presentar un esquema general, una visión panorámica de este género que tantas discusiones genera, y en el que, desgraciadamente se olvida que la cosa es tan sencilla que se resume en una cuestión de gustos, y especialmente de respeto (que no de tolerancia). La decisión es de cada quién, y, finalmente, como dice el maestro Jesús Calzada “El que esté libre de cursilerías, que tire su primer poema”.

[1] Sólo en 1997, las ventas de Televisa por telenovelas fueron aproximadamente 100 millones de dólares, sólo un poco menos que los ingresos de la British Broadcasting Corporation de la Gran Bretaña (BBC) y comparable a los 500 millones de dólares en ventas de las estadounidenses Warner Brothers, Paramaunt y Universal.

22/12/08

Despertares

(Publicado en la antología Más cuentos irónicos, ed. Selector, 2005)
No, nunca me gustaron las Navidades ni me gustarán jamás. Y no es por esas ideas del consumo obsesivo, de bondad hipócrita que no dura más allá del fin de año, o el problema de la penetración cultural a través de ritos e iconos provenientes del extranjero. Se trata de algo mucho más profundo que sucedió durante mi infancia, dejándome con un tatuaje en las entrañas. Una marca herrada que punza cada vez que me aborda el mes de diciembre, con sus luces de colores, sus árboles repletos de adornos, el olor a heno y musgo y los cánticos de inocentes niños gachupines aspirantes a eunucos.

La madrugada de Navidad es el punto de partida hacia la verdad, hacia el despertar a un mundo hostil, pletórico de crueldad y desencanto; hacia la caída de las deidades familiares y el resquebrajamiento de la estructura y sistema celular de la sociedad misma. La Navidad, como parte del dogma tiene un simbolismo noble y esperanzador; pero como parte de la realidad actual, no es más que una falacia, la degeneración del culto en la oportunidad perfecta para mentir, depredar bosques, comerciar y jugar “al bueno” por unos días.

Fue precisamente en una madrugada de Navidad, que tuve la gracia o la desgracia de asistir prematuramente a las exequias de mi inocencia y mi ilusión. Tenía 7 años y después de la tradicional cena con la abuela, llegamos a casa envueltos todavía en la efervescencia del festejo. Gozosos por los regalos recibidos de los tíos, esperábamos impacientes las utilidades de ese contrato consensual que celebran todos los niños en el mundo con ese socio regordete al que sólo conocemos en fotos o vemos de lejos en los centros comerciales, que habita en las tierras del norte y cada Navidad viene a pagar nuestras buenas obras del año que culmina, con los regalos que, mediante oficio le solicitan.
Como de costumbre, nuestros padres nos mandaron inmediatamente a dormir con el típico: “si no se duermen, no va a venir Santa y se van a quedar sin regalos...”. Nosotros, más por cumplir el trato que por deseo, corrimos a nuestros cuartos para hacernos los dormidos ansiosos por cobrar los frutos de ese largo año en que fuimos buenos, educados y obedientes; en que nos abstuvimos de decir malas palabras e hicimos todas nuestras tareas, convirtiendo aquel año en el más aburrido y ñoño de todos. Pero eso no importaba: de un momento a otro, Santa dejaría junto a los zapatos (concienzudamente lustrados para la ocasión) que habíamos dejado al pie del “nacimiento” el fruto de nuestro buen comportamiento. Tanto David como César, se durmieron a los 14 minutos de haber recostado su cabeza en la almohada; pero yo, como buen hermano mayor y representante de los intereses de mis hermanos, me quedé despierto, velando la llegada de nuestro amigo. Pasaron dos horas que se hicieron tan infinitas como pirulí en los labios, y un prurito de ansiedad me arrojó de la cama ordenándome bajar a la sala para verificar si la entrega se había efectuado.

Todo estaba muy oscuro, apenas era posible distinguir todo entre las sombras, que lentamente iban adoptando formas conocidas. Llegué con todo sigilo hasta las escaleras, bajé unos peldaños, me asomé entre los barrotes de la baranda y después de algunos esfuerzos, me fue posible distinguir una silueta que se inclinaba sobre el “nacimiento” justo frente a nuestros zapatos. Sin embargo, hubo algo que no me gustó: la silueta no llevaba sobre su cabeza aquél gorro colorado y...¿por qué no decirlo? ridículo ¿había decidido cambiar su uniforme de trabajo? Además, aquella figura era esbelta, y todo niño que se precie de inteligente y medianamente informado, sabía que Santa era gordito... ¿A él también le había pegado la crisis? ¿sería uno de los miles de beneficiados que presumían los anuncios de “Syluet 40” o Fataché”? Algo andaba mal, mi cabeza se coronó de un sentimiento de fatalidad y tenía que aclarar las cosas de una vez por todas. Me abalancé hacia el apagador con todo cuidado para no anunciar mi presencia, pegué mi cuerpo a la pared, respiré profundamente y “¡Clic!”, encendí la luz sólo para encontrar nada más y nada menos que a mi padre, quien dio un salto hacia atrás, sosteniendo aún entre sus manos las pruebas de su crimen. Yo me quedé mirándolo con unos ojos que no eran míos, que eran los de algún ser emergido del más profundo Pandemonio, un par de esferas fulgurantes, como aquellas pelotas de ping-póng que Cesar y yo incendiábamos escondidos en la azotea.

“Este... Alex... ¡puedo explicártelo todo!...” fue lo único que pudo balbucir. Yo estaba iracundo y caminé con pasos firmes y resueltos hasta quedar frente a él y exploté: “No tienes absolutamente nada qué explicar... Lo sé todo... ¡Eres un vil y vulgar robaregalos!... ¡Y nosotros tres de pendejos portándonos bien, rompiéndonos la madre en la escuela para que tú, cabrón, te chingues NUESTROS regalos!... ¡Seguro que por eso nunca nos traen ni Santa Claus, ni los Reyes todo lo que pedimos!... ¡Confiesa! ¡Dónde están todos los juguetes que te has volado?..

Ese fue el fin de mi inocencia.

Armé una algazara tal que todo mundo despertó, yo desenmascaré a mi padre y después de un par de horas de argumentos infructuosos por parte de mi madre, tirones de cabellera de mi padre y el llanto desconsolado de mis hermanos, el ladrón echó mano de su potestad familiar y me acomodó una soberana paliza que dejó mi trasero ruborizado por varios días. Yo me quedé decepcionado, sin regalos y castigado por un mes. Y lo peor de todo, es que como no le hablamos a ese extraño que se decía nuestro padre durante tres meses, Santa Claus pensó que los malos éramos nosotros y dio por terminado definitivamente el contrato, además de boletinarnos con los Reyes. No, definitivamente no me gusta la Navidad.

14/12/08

Orondo como pavo real

Hoy ha sido un día de esos en los que uno anda por las calles de la ciudad sintiéndose como pavo real. Mi hija Antara, a sus diez años, nueve meses, dieciocho días y no sé cuántas horas minutos y segundos, debutó profesionalmente como bailarina en la puesta en escena de El cascanueces de la Compañía Nacional de Danza, en el Auditorio nacional (uno de los tres foros más importantes que hay en México).





Aquí aparece su nombre, aunque casi no se ve



Sí, lo sé, su papel es pequeñito, sólo sale en el primer acto y ni siquiera les dan la oportunidad de salir al final a los agradecimientos y que su nombre aparece hasta el final del programa de mano y con letra chiquitita; pero el sólo hecho de ver su carita nerviosa antes de la función y la cara de emoción mezclada con cansancio al salir por la puerta de los artistas del Auditorio, es más que suficiente para, sentirme el padre más orgulloso del mundo. Ya desde ayer, en que estaba en la taquilla para comprar un par de boletas para mis hermanas, tuve que contenerme para no comenzar a presumir con las personas que estaban a mi alrededor en la fila y decirles, así como que no quiere la cosa, como si fuera un comentario casual: Pues MI HIJA baila en el cascanueces. Y como me contuve, pues aquí estoy, presumiendo mi orgullo y mi emoción por este medio.
Aquí creo que se ve un poco mejor su nombre
(Ojo, a mariana ni la conozco)


Hoy, mientras caminaba por Polanco para hacer tiempo a que acabara la función (la gente de la Compañía no nos dio boletas sino para el día 21), tuve la oportunidad, no sólo de dar rienda suelta a mi emoción en plena soledad, sino que además tuve tiempo para meditar sobre varias cuestiones relacionadas con el debut de Antara.


Por una parte, volvió a mí cierto sentimiento extraño y revuelto que me viene cada vez que veo a Tita (así le puso Silvio, su hermano) sobre un escenario; se me combina el orgullo, la emoción y la felicidad, con la sensación de que estoy usurpando un lugar que no me toca, especialmente ahora que Álvaro (el padre biológico de Antara) no pudo viajar desde Colombia para verla. Sé perfectamente que él, tan buen tipo como es, sabe cuánto quiero a Antara y que, bueno, las circunstancias (en las que no voy a redundar ni ahora ni nunca), han hecho que la niña lleva a mi lado más o menos la mitad de su vida, lo que le da la gran ventaja de tener dos papás que la adoran en lugar de uno; pero la ausencia de Álvaro en situaciones como ésta, dejándome todo el momento para mí solito, me hacen sentirme a veces como un ladrón de emociones, lo que se complica ante mi incapacidad para dejarme llevar y abandonarme a esa dulce experiencia de ver a mis hijos felices, haciendo realidad sus sueños. Espero de corazón, que bien pronto ese par pueda reencontrarse y ponerse al tanto de emociones, chismes y demás. Entonces, será el momento de dar un paso atrás y dejarlos que se gocen y se disfruten, de guardar la sana distancia para no interferir en un momento que por circunstancias ajenas a todos, se ha postergado por más de tres años.

Por otra parte, desde anoche en que Antara emocionada nos mostró el programa de mano, me puse a meditar en varias cosas relacionadas directamente con Antara y el inicio de su carrera como bailarina. A ella, que lleva en la sangre el ritmo de la cumbiamba y andaba bailando en los carnavales de Barranquilla desde antes de cumplir su primer año de vida, que se la pasaba bailando de todo el día y a la menor provocación, hasta llegar a vivir a México, nunca se le había pasado por la cabeza hacer del baile su forma de vida. No fue sino hasta que conoció a Fairuz, que hoy es su mejor amiga (y trístemente, a una de las que actualmente menos ve, aunque la tiene bien presente), se enteró que había una escuela del INBA en la que se llevaba en paralelo el estudio de primaria, secundaria y preparatoria con la carrera de danza. Eso fue hace tres años, Antara tenía siete y decidió desde ese entonces que eso quería hacer el resto de su vida. Mentiría si digo que yo la tomé en serio desde el primer momento; pero pasó el tiempo y ella se mantuvo firme en su decisión, y aunque dudé por un momento (para esos entonces ya la había cambiado de escuela por cuestiones de distancia y en los ires y venires de su vida llevaba cinco cambios de escuela), pensé en lo que a mí me hubiera gustado tener un verdadero apoyo, más allá de lo “políticamente correcto”, de lo “verdaderamente rentable” cuando externé mi verdadera vocación. Platicamos con Tany (la orgullosa mamá) y decidimos arriesgarnos a un cambio más, finalmente era lo que ella quería.



Aquí, en plena acción, y, aunque no se ve,

está en el mismísimo Palacio de Bellas Artes,

en el 60 aniversario de la ADM, hace un año

El ingreso no fue fácil, hubo un proceso de selección muy estricto, no sólo a nivel de aptitud, sino hasta físico; pero al final hace año y medio está en la Academia de la Danza Mexicana, ahora cursa el sexto año de primaria y el segundo de la carrera de danza clásica, y cada día la veo más convencida y más enamorada de su decisión. Sí, ya sé que dirán que es aún una niña y que las cosas pueden cambiar; pero basta con ver su cara y la actitud y seriedad con la que toma sus clases los ensayos, y hasta la exasperante manía que tiene de andar de puntitas bailando por toda la casa (igual que Dee Dee, la de la serie animada El laboratorio de Dexter), para saber que apoyarla es la mejor decisión que hemos tomado su mamá y yo. La cosa no ha sido fácil, más allá de lo maravilloso que podamos ver el talento de Antara (lo cual confieso es profundamente subjetivo), gente que no nos conoce se ha acercado a felicitarnos, los maestros nos han hablado de su gran capacidad, y ya hasta nos ha tocado sobrellevar los primeros embates producidos por la envidia y la competencia (especialmente por parte de los papás), lo que de alguna manera nos da un parámetro un poco más objetivo de que Antara tiene talento y lo hace muy bien, aún y cuando formalmente jamás había tomado clase alguna de baile, y menos de ballet.

Además, hasta se parece


Esa circunstancia, a pesar de los ataques a los que en algún momento nos hemos visto sometidos, nos hace a Tany y a mí sentirnos profundamente orgullosos, y en mi caso particular, a sentir una inmensa admiración por esa enana que a su edad tiene perfectamente clara la película. Ya hubiera querido yo a los dieciocho, cuando me tocó escoger profesión, tener la cosa tan clara como ella.

Ésta es de de junio de este año,

durante las prácticas escénicas de la ADM en el Teatro de la Danza


La Academia de la Danza Mexicana fue la primera escuela en su tipo, y tiene 61 años de experiencia y es la de mayor tradición; su planta docente es excelente y el nivel de exigencia enorme, entre los compañeros de Antara, varios de los grandes han obtenido becas importantes como la Rockefeller, y lugares para estudiar en países como Cuba o Estados Unidos… entonces, me pregunto ¿por qué recibe mucho menos presupuesto que la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (la que está en el CNA), a grado de que el sistema de tuberías de los baños está podrido y no hay dinero para arreglarlo? ¿Por qué están sufriendo por falta de grabadoras? Y, especialmente ¿por qué de la ADM sólo llamaron a seis alumnos para hacer la audición en la Compañía Nacional de Danza, cuando de la Escuela Nacional, entraron, sin audición, cuarenta y cinco? Y no demerito el trabajo y la calidad de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, los chicos que bailan son muy buenos; pero creo que, en justicia, todos merecen las mismas oportunidades, en todo aspecto, económico, laboral, etc. Ambas son escuelas pertenecientes al INBA, no veo por qué hacer distingos o tener preferencias, cuando se supone que las dos escuelas persiguen el mismo fin, que es la formación de profesionales de la danza. No sé, será acaso que la Escuela Nacional está más bonita, tiene más espacios y mayor capacidad en infraestructura, o simplemente por moda, o porque políticamente luce más el apoyo a ésta y no a la Academia. Pero bueno, lo importante, de cualquier modo, es que la ADM, con todo y las limitaciones, está dando muy buenos resultados… ¡y Antara está bailando con la Compañía Nacional de Danza en El cascanueces!

Perdón; pero no puedo dejar de presumírselo a todo el mundo.

Antara ha crecido como persona y está creciendo como bailarina, y en ejercicio absoluto de toda mi vanidad y egoísmo, quiero compartirlo con todo el que caiga por aquí y se decida a leer esto. Y es que más allá de lo feliz que pueda estar, este camino que está iniciando, me da un aliciente fundamental para no tirar la toalla, para tratar de darle el mayor de los ejemplos; pues no quiero que ni ella ni su hermano vean en mí algo que no soy, que no quiero ser; por eso este blog y por eso, aunque a veces las palabras se me resistan, diariamente me siento a escribir ya borrar y a corregir y hasta a destruir lo escrito, no ya para pasar a la historia como escritor, sino para que ese par que tanto adoro sepan con una certeza plena que su padre no abandonó su vocación en ningún momento y, lo logre o no lo siguió intentando siempre. Realmente estoy en contra en la idea del “sacrificio” por los hijos y no se los voy a heredar; al contrario, quiero que luchen por sus sueños, así sean los más disparatados, que se aferren a esos sueños hasta conseguirlos; pero sobre todo, que sean Ellos Mismos, y que no permitan que jamás, nada ni nadie, les imponga qué deben pensar, ser o hacer. Por eso apoyo a Antara y llegado su momento apoyaré a Silvio incondicionalmente, porque los amo y son mi luz, mi faro, mi vida.

Tal vez ya caí en el delito agravado de lo melodramático; pero la emoción es mucha… ¡y Antara está bailando con la Compañía Nacional de Danza en El cascanueces!

Y no creo que sea la primera ni la última vez que lo haga; Silvio a sus dos años y medio parece comenzar a mostrar inclinaciones musicales, y pues, bueno ya nos encargaremos de darle opciones y ya será lo que él decida ser, y por supuesto que cuando eso sea, recaeré en este pecadillo de la vanidad y vendré a presumirlo, bailando, musicando, cantando, jugando al fútbol o lo que mejor le acomode y de la gana, siempre que sea feliz.