7/12/08

Susan

…Esa chica baila y se acaricia, se acaricia
sabe ser amable y ser actriz…
Pedro Guerra

Susan, pongamos que se llamaba así. Tarde de verano, marea suave de calmo océano, fuente de aguaceros, fruta plena, remanso del futuro; eso era ella, una mujer especial y diferente con personalidad de tigre al asecho y propietaria de un par de piernas esculpidas al más puro estilo griego, coronadas por una cadera de dinamita a punto de estallar, apenas contenida por la endeble membrana de lycra del panty, que amenazaba con sucumbir a los deseos que, otros tantos como yo en ese instante, éramos incapaces de resistir la mirada y sumergirnos en la marea de sus bailes.

Capturaba cada noche la atención general al transfigurarse de sirena a mariposa noctámbula dentro del capullo de miradas que trataba de impedir a cada compás que saliera a la libertad y volara del todo. Así, una noche y arrastrado por los amigos, fue que Susan y yo nos conocimos en el “Exxxtasis”.

Al principio fue partícipe de las burlas a las que me sometieron mis amigos, pues al nunca antes haber asistido a un espectáculo de Table dance, desconocía absolutamente el complicado mecanismo del placer por boleto. Era los tiempos en que uno comienza a salir al mundo con la libertad que da un documento que dice que uno ya tiene la edad mínima para comenzar a comerse el universo a puños. Pero aún así, no era mi estilo aquello de andar de puticlub en puticlub; mi naturaleza asceta y retraída no habían permitido que las hormonas tomaran el control y me llevaran por aquellos caminos. Y no era por cuestiones moralinas, experiencias había tenido, sino numerosas, sí lo suficientemente intensas como para saber lo necesario sobre el asunto. Sencillamente nunca me había interesado por sumergirme en los mercados de la voluptuosidad. Por eso, cuando en medio de una juerga mis amigos me arrastraron al “Exxxtasis”, me dejé llevar más por la seducción que ejerció el alcohol que llevaba dentro y el deseo de continuar con la fiesta, que por sentarme a admirar las cadencias de cuerpos esculturales haciendo acrobacias en un tubo al ritmo de la música.

El ambiente caluroso y encerrado, la poca iluminación y el altísimo nivel de decibeles que escupían las bocinas, me abofetearon como bienvenida. Un ligero mareo me abordó y aquello me hizo decidir, en principio, a no beber más y a salir del lugar lo antes posible. Los amigos reían, hablaban casi a gritos y miraban lascivos a cuanta mujer pasaba entre las mesas buscando clientes con quien departir, o a la chica que interpretaba su coreografía sobre el escenario.

Las protestas no importaron, me limité a mirar sin mayor interés el espectáculo sin tocar la botella de ron que habían pedido, y tomando únicamente coca-cola sin preocuparme por el precio (que, según me dijeron y no sin razón, sería tan o más costoso que pedir alcohol). Sin aviso previo, cuatro muchachas se instalaron en nuestra mesa, y entre sonrisas se sentaron en nuestras piernas solicitando les invitáramos un trago. Mis amigos, de inmediato pasaron a las caricias y a hacer bromas ramplonas con la chica que les había tocado en suerte; pero lo abrupto del abordaje (acaso la falta experiencia en esos lugares) provocó en mí cierta repulsión hacia la bailarina que infructuosamente trataba de hacerme más amena la visita, por lo que la despaché lo más cortésmente que me fue posible, y traté de esperar a que mis amigos se sintieran satisfechos y decidieran que era hora de irnos.

Pasaron las horas, pero mis amigos parecían cada vez más animados y con menos ganas de irse. Para mí ya había sido más que suficiente por esa noche, así que decidí terminar la fiesta. Más protestas y las típicas especulaciones acerca de mis preferencias sexuales. Al final me convencieron a quedarme a ver el baile de dos chicas más antes de que partiéramos todos juntos. Dos chicas, seis bailes, unos veinte minutos más en total, comparados con las casi cuatro horas que llevaba ahí, ya no eran mucho, así que decidí esperar un poco más. Y ahí fue que apareció Susan.

Ataviada con un diminuto vestido blanco que parecía pintado sobre su cuerpo de proporciones soberbias; un pequeño saco azul con galones en la bocamanga; gorra de capitán y una mirada profunda y azul como el mar abierto, inició su coreografía simulando ser marinera, entre movimientos lúbricos perfectamente sincronizados con el ritmo de la música que la acompañaba. Mentiría si niego que desde su aparición sobre el escenario quedé casi hipnotizado. En toda la noche, ese era el primer espectáculo que de verdad atrapaba mi atención, había algo en aquella mujer que impedía que distrajera mi atención mientras ella realizaba su acto.

Algo ocurrió, mis amigos dijeron que “la había llamado” con la mirada; pero durante la segundo baile, mientras giraba por el tubo trenzada con las piernas, me miró fijamente, petrificándome de inmediato. A partir de ese momento continuó su danza sin dejar de mirarme entre sonrisas provocativas, deteniéndose frente a mí, para bailar, moverse, tocarse y mostrarme su cuerpo lo más cerca posible, como para que no perdiera de vista ningún detalle de su figura. Poco a poco fue despojándose de su vestuario al tiempo que hacía cabriolas en el tubo, hasta quedar cubierta únicamente por un brevísimo panty y la gorra de capitán.

Sabedora de su profesión, terminó su actuación, se vistió nuevamente y con paso seguro se acercó hasta nuestra mesa para preguntarme si me había gustado su baile. Yo aún no salía de la hipnosis por lo que no pude articular palabra, dándoles a mis amigos un pretexto más para volverme el centro de su diversión. Susan se instaló junto a mí y comenzó a participar de la diversión, rompiendo la hipnosis y con ella, el embelezo que me había provocado. Si bien me seguía pareciendo una mujer hermosa como pocas, al verla ahí, a mi lado, haciendo chistes a mis costillas para divertir a mis amigos, más que deseo lo que me despertó fue una necesidad de largarme cuanto antes y no volver jamás a poner un pie en ese lugar. Pero Susan no estaba dispuesta a dejarme ir, estaba decidida a romper cualquier barrera, a vencer uno a uno los bastiones de mi resistencia hasta que yo sacara a relucir la bandera blanca anunciando mi rendición.

Al igual que su compañera horas antes, se instaló sobre mis piernas sin pedir permiso y comenzó a acariciarme, a hablarme despacio, al oído, dejando a un lado el escarnio, como si estuviera firmemente propuesta a resarcir la evidente molestia que estaba provocando su presencia. Al fluir de sus palabras, y por más que yo intentaba mantener los pies aferrados al piso, de tener presente que no se trataba más que de una representación, fui cayendo lentamente, y entonces los amigos, sus risas, sus burlas y sus gritos comenzaron a alejarse; poro a poco la voz, la cercanía de Susan se fue volviendo lo único palpable en medio de la noche y del local. Comencé a sentir los buenos oficios de su trabajo entre las piernas, con lo que quedé completamente a su merced; pues al darse cuenta de que estaba claudicando, comenzó a frotar suavemente su cadera sobre mis muslos, estimulando al instinto hasta que no pudiera más y dejara caer las últimas resistencias.

Después de un rato, soltó su oferta. Una vez más guardé silencio tratando de rechazarla; pero los amigos, divertidos, decidieron comprarme no uno, sino tres boletos para que el “servicio fuera completo”, según dijeron entre bromas de mal gusto. Pagaron la tarifa acordada a la boletera y Susan me tomó de la bragueta para dirigirme hacia el privado; pero esa acción me recordó nuevamente dónde y con quién estaba. Tomé su mano y la retiré con firmeza, ella me miró con sus ojos azules y sorprendentemente, ofreció una disculpa y tomó mi mano, consiguiendo hechizarme y llevarme como un bebé indefenso hasta un cuarto en penumbras, donde me sentó en un sillón y me explicó lo que tenía derecho a hacer y lo que no.

Si bien no opuse mayor resistencia, mi única intensión era esperar a que terminara su numerito, irme a casa y olvidarme de esa noche. Mientras Susan hablaba, yo guardé silencio, una vez más a la defensiva; y me preguntaba por qué me había dejado arrastrar a una situación que más que molestarme me inspiraba una pereza enorme, y mentalmente comencé a contar el tiempo restante para salir del lugar y dar por terminada esa farsa. Definitivamente, pensé, ese tipo de experiencias no eran mi estilo, que me llamaran cursi o hasta maricón; pero prefería ñoñeses como el cortejo, noviazgo y demás, sentir que si estaba con una mujer, esa mujer estuviera realmente conmigo, por lo que soy, por lo que siento, y no solamente en función de un arancel y por tiempo determinado. Antes de comenzar, de una manera dulce sin dejar de ser sensual, me dijo que a pesar de lo que yo pudiera estar creyendo en ese momento, ella comprendía muy bien que yo no me sintiera a gusto, que aunque pocos, había conocido gente como yo, que preferían otro tipo de aventuras y que la disculpara si me había incomodado, ella sólo hacía su trabajo y no era muy normal encontrarse con gente diferente a la que frecuentaba el “Exxxtasis”. Quise decir algo; pero ella no me dejó, selló mis labios con la yema de su índice derecho y comenzó a bailar.

Una música suave pero inquietante dio sus primeros acordes y ella, parada frente a mí comenzó a bailar con movimientos suaves y provocativos; las palmas de sus manos dibujaban su cuerpo al ritmo de la música, primero el cuello; luego los pechos, que henchían los pezones como dos ojos empeñados en mirarme y escapar de la prisión blanca y delgada. Después fue el vientre y la cadera que no tardaron en despojarse del mini vestido hasta quedar frente a mí. A medida que avanzaba la pieza, el baile, los movimientos y la cercanía se hicieron más intensos, comencé a percibir el aroma que despedía su cuerpo y me acariciaba cada vez que Susan se acercaba, y me rozaba apenas en una caricia que hacia estallar mis instintos.

Antes de que terminara la primera canción Susan ya me tenía completamente dominado, incapaz de oponer la menor resistencia. Sin quitarme los ojos de encima se sentó en mis piernas, ofreciéndome su pecho aprisionado por un vaporoso sostén que apenas lo contenía, mientras comenzaba a desabotonar mi camisa. Mi cuerpo no pudo resistir la escena y se dispuso a participar. Entonces fui yo quien dibujó su cuerpo con manos y lengua y di libertad a su pecho, que agradecido se untó en mi cara mientras mis manos poseían su cintura y recorrían de arriba a bajo su cadera.

Algo pasó, que no lo alcanzo a definir; pero la música no importaba ya, éramos uno los dos, indiferentes al tiempo y la tarifa, absortos en un juego del que mi miembro reclamaba formar parte y penetrar en el mundo cálido y húmedo de Susan. Al darse cuenta, sonrió con satisfacción y deslizó su cuerpo entero hasta quedar de rodillas frente a mí y encerrar a mi pene con su boca. No podía creerlo, estabamos solos ella y yo, simulando satisfacer nuestros deseos, y sin embargo era tan confortante sentir su cuerpo, retirar el panty con los dientes mientras ella me desprendía la camisa; hundir mi lengua en los labios de su entrepierna sintiendo en mi boca sus espasmos y escuchando su guerra para contener un placer que dejaba de ser juego o simulación y se transformaba en algo verdadero, resistiendo un orgasmo gorgoreante que no daba tregua y urgía por bullir, consiguiendo que, al igual que el mío, su cuerpo entero se rindiera sin condiciones.

Concluyó la tercera melodía; pero no importó. Todo quedó arreglado con un gemido entrecortado “ésta va por mi cuenta...” y seguimos adelante. Mis amigos estaban tan impacientes esperando ver la cara con la que saldría y el extra que deberían pagar, y ninguno de ellos acertó a pensar que, después de todo y de común acuerdo, decidimos romper el contrato y hacer el amor de verdad.

Salimos y ya había pasado poco más de una hora. Cuando llegamos de vuelta a la mesa tomados de la mano, nadie pudo burlarse al ver nuestra cara, pues ninguno de los dos fue capaz de disimular su satisfacción. Mis amigos nos miraban alternativamente con una mezcla de morbo, curiosidad y preocupación, especialmente cuando Susan, antes de irse a bailar nuevamente, dijo que el extra era cortesía de la casa. Ante los rostros atónitos de mis amigos, Susan y yo nos dimos un largo y profundo beso, luego ella me dijo algo al oído y se fue. Obviamente mientras pagábamos la cuenta y salimos del lugar, me asaltaron con preguntas sobre lo ocurrido, exigiendo casi los detalles; pero aquello había sido tan especial, tan fulminante que a pesar de las protestas de mis amigos me negué a hablar.
El tiempo pasó, todos crecimos e hicimos nuestras familias. Las cosas han cambiado y los amigos también, y ya nadie de ellos se acuerda de ella; pero yo aún espero a que los niños se vayan a dormir, para cerrar con seguro la puerta de nuestra habitación y pedirle a Susan que inicie su baile.

2/12/08

No estarás sola

Una excelente poeta y amiga a quien quiero, respeto y admiro está triste. Los paisajes que hoy la rodean resultan poco atractivos, más bien aciagos y tenebrosos y no le permiten brillar con esa intensidad tan suya, con esa pasión que pocos entienden en su exacta magnitud, y por eso la rechazan, porque no la comprenden, porque le temen por su capacidad infinita de ejercer su libertad, de Ser Ella Misma (así, con mayúsculas), autentica, sin mostrarse en pequeños trozos enmascarados para cuadrar en esta bufonada que es la vida.

Hoy, el entorno la asfixia y una vez más su naturaleza errante la lleva a pensar en migrar hacia nuevas tierras para poner distancia, para olvidarse un poco de toda la mierda y la violencia que la rodean, para escapar a salvo de “…la medianía intelectual, la medianía del alma, la poca vergüenza ni la violencia que como sereno de la aurora se le pega a una.”

Y yo, que muy lejos estoy de tener la mínima autoridad para aconsejar a nadie, llevo horas tratando de enhebrar cuando menos un par de palabras que puedan hacerla sentir un poquito mejor y le ayuden a paliar cuando menos en algo su desencanto, sin que suene a frase gastada, a lugar común… Pero, ¿cómo decirle que su dolor me duele? ¿cómo expresar cabalmente la frustración que me causa el no poder hacer nada para confortarla? ¿cómo explicarle que, a pesar de que últimamente la moda es juzgarnos a todos los hombres partiendo de la bajeza de nuestra condición masculina, yo soy distinto y hoy como antes sigo compartiendo el mismo frío de la incomprensión, el hambre voraz por vivir apasionadamente, con abandono e intensidad, así como ella misma me enseñó?.. No, definitivamente no hay manera.

Y es que cuesta tanto saberla triste, saberla mal; imaginar sus pequeños ojos ensombrecidos por la pena, de un par de lágrimas contenidas, luchando por escurrirse, su carita hermosa apagada, y verme aquí, con este par de manos inútiles, incapaces de hacer nada por darle algo más allá que estas palabras que vienen y se van y no terminan de llegar a ninguna parte y se mezclan con infinidad de recuerdos de cuando ambos éramos guapos y lo sabíamos, de cuando compartíamos escritos y sueños, en el café el Melodrama, en el Péndulo de la Condesa, en la plazuela de Cuernavaca, en el comedor de su casa de Jojutla la víspera de un 15 de septiembre, o a las carreras en el aeropuerto el Dorado, donde nos vimos por última vez hace poco más de tres años, ese día en que ella pensó que iba sólo por un paquete y en realidad iba a verla a ella, a presentarle a mi esposa, a abrazarla con fuerza y decirle que tenía razón, que es posible romper cadenas y reinventarse, rebuscarse en las entrañas la esencia y sacarla a flote para vivir como un piensa y no pensar como uno vive, y que al final callé sintiéndome como un intruso, con la amarga sensación de haber hecho mal tercio y arruinado un encuentro en el que yo no cabía.

Desde aquel día poco contacto volvimos a tener, el tiempo, la vida y los caminos nos llevaron por rumbos diferentes y la desidia hizo los silencios más prolongados; pero su recuerdo y ¿por qué no decirlo? su ejemplo, ha estado presente en todo momento ¿y cómo podría ser de otra manera, si ella es precisamente una de las tres mejores amigas que tengo?

Hace casi una década, allá cuando comenzábamos a conocernos, circunstancialmente me pidió un consejo sobre una decisión y yo se lo di un par con la mejor de las intensiones. Muchas cosas nos han pasado desde entonces y hoy, aunque ella no me lo pide, yo me siento obligado a darle un consejo en nombre de nuestra amistad y el cariño que nos hemos tenido. Quiero decirle que no se deje caer, que si siente que debe emprender el vuelo una vez más a buscar lo que aquí no encuentra, que extienda las alas tan grandes como pueda y migre a donde el viento y el destino la lleven; que se de una tregua pero que no claudique, pues aún le falta mucho por florecer y por brillar; pero sobre todo quiero decirle que sin importar lo que haga, las fronteras que atraviese o incluso los silencios aquí, en estas tierras, hay alguien en quien puede contar incondicionalmente, un amigo que la quiere y la lleva dentro, en ese baúl de las grandes querencias que llaman corazón.

Insisto en buscar palabras que le den consuelo, pero es tan grande el sentimiento que a veces las palabras también hacen el mal tercio. Y en medio de estas palabras revolotea en mi cabeza cierta canción de Ismael Serrano que un día le regalé, y que en estos momentos y ante mi incapacidad para expresarme, calza a la medida:

"No estarás sola,
vendrán a buscarte batallones de soldados
que a tu guerrilla de paz se han enrolado.
Y yo en primera fila de combate
abriendo trincheras para protegernos, mi guerrillera.

No estarás sola,
te saludarán a tu paso en mil idiomas, con mil lenguajes,
la gente a la que despertaste en cada viaje,
los que dormían en las calles,
a los que preguntaste,
por su esperanza, por su desastre.

No habrá distancias
que no cubra cualquier hombre que te busque.
No habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie.
No habrá misterio o duda en que tu presencia no luzca,
faro solidario en ausencia de paz,
en tiempos difíciles Estrella Polar.

Sola nunca, nunca estarás.

No estarás sola,
siempre habrá quien se parta en dos en cada despedida,
quien te de aliento cuando te des por vencida.
Tu revolución llenará sonrisas,
yo la incorporé a mis aperos
de trabajo, a mi vida.

Clava hoy tus raíces en mí.
Quién pudiera retenerte en Madrid.
Visitaremos lugares a los que hemos
ido antes juntos,
antes de conocerte,
antes de encontrarte.

No estarás sola,
siempre habrá quien te ayude a hacer las mudanzas,
quien te regale manos flores presencias sin pedir nada.
Y allí estaré para amarte,
y aunque no esté,
allí estaré para amarte.

No estarás sola.
No, no estarás sola.
No estarás sola."

23/11/08

El hombrecito

Un hombrecito quería crecer hasta alcanzar con sus manos la luna. Realmente era pequeño y eso lo incomodaba sobremanera, así que estiró todos sus esfuerzos para conseguir su cometido y demostrar a todo el mundo su grandeza.
Después de un tiempo, el hombrecito logró crecer; no tanto como hubiera deseado, pero sí algo más de su tamaño original. Estaba orgulloso de su hazaña y se regodeaba con todos de su nueva situación, de su grandeza, y lo hizo de tal manera, que jamás se percató de que todos los que lo rodeaban lo siguieron mirando como siempre: por debajo del hombro.

15/11/08

Fragmentos del paisaje


Fragmentos del Paisaje, crónicas de viaje por América latina, Andrés Treviño, Editorial Códice, México, 2008.

A quienes nacimos a partir de la década del setenta, nos distingue una característica esencial: somos, de una u otra forma, una generación de migrantes.
Tal vez como producto del fenómeno de la globalización, por el vacío existencial que nos han dejado las decepciones heredadas de las generaciones anteriores, o como resultado del indiscriminado bombardeo mediatico y la consecuente desinformación a la que estamos sometidos, nos hemos visto impulsados a ir y venir, a migrar de un lado a otro para satisfacer esa necesidad de saber y de creer, de conocer lo que hay más allá de lo que cotidianamente nos rodea.
Por ello, sea por placer o por necesidad, nos encontramos en constante movimiento. Unos nos vamos a otros lugares para conocer culturas distintas, nuevas formas de pensar, de vivir; otros, migramos en busca de las oportunidades que en nuestros lugares de origen cada día parecen más difíciles de alcanzar, y otros, quizá menos afortunados, físicamente nos mantenemos estáticos; pero nuestra mente y nuestra imaginación navegan por universos lejanos e inmersos en esas realidades paralelas a las que en muchos casos podemos acceder a través de la internet.
Pero en medio de todo este fenómeno, el estado semi nómada que hemos adoptado responde a un sólo impulso: encontrarnos a nosotros mismos, encontrar algo en qué creer, un acicate al cual aferrarnos para darle sentido a nuestra existencia.
Y es al momento de dar constancia, al hacer un resumen de los hechos vividos, en que la transformación del viajero cobra su exacta dimensión; sin embargo, son pocos los testimonios que logran trascender más allá de la anécdota, de la postal o la típica fotografía que muestra al protagonista en turno sonriente delante de tal o cual lugar.
Lejos quedan ya las épocas en que los viajantes debían casi por necesidad dejar consignadas sus experiencias, sus descubrimientos y sus puntos de vista. Actualmente, son contados quienes han conseguido llevar sus vivencias al papel con buenos resultados, como los colombianos Héctor Abad Faciolince y Santiago Gamboa, el español Gabi Martínez, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, o el cubano José Manuel Prieto.
Y ahora, es el turno de Andrés Treviño y sus Fragmentos del paisaje.
En estas crónicas de viaje, Andrés nos invita a compartir sus vivencias a lo largo de un año de andar por América latina; pero no la América de la postal, de “lo bonito”, sino que a través de su prosa, trata de sumergirnos un poco más hacia los adentros de cada lugar, para tratar de darnos una idea un poco más completa de ese mundo real hecho a un lado por el folleto turístico; pues en muchos casos, no es Andrés quien relata los sucesos, sino que es la gente, los propios habitantes de cada localidad visitiada, quienes toman la palabra para dar sus impresiones y expectativas sobre la realidad que les toca vivir.
Gracias a su talento como narrador y dramaturgo, Andrés nos lleva de la mano a través de un discurso directo, de “tú a tú”, transportándonos a través de sus palabras hasta sentirnos protagonistas de cada relato. Así, nos es posible paladear ese sabor a tristeza que emerge del Paraguay, o el aroma azufroso del Tío en las minas de Cerro Rico en Potosí, Bolivia; sobrevivir en Managua a un asalto al lado de la doblemente heroica; o bien, llorar dentro del templo del chamán en Palenque.
Por otra parte, al leer Fragmentos del paisaje, podemos ser testigos de la transformación que kilómetro a kilómetro se fue generando en Andrés, al enfrentarse a realidades crudas; a momentos de angustia que hoy a la distancia se antojan divertidos, como el caso de las larvas que le fueron extirpadas de la cabeza; así como a otros de profunda reflexión, en los que el encuentro consigo mismo, con ese yo que ha ido evolucionando al paso del tiempo, sale a flote hablándonos lo mismo con melancolía que con una irónica amargura, o con la indignación propia de quienes han tenido que sufrir la cerrazón burocrática en un módulo migratorio.
Pero lo más interesante, lo que es más digno de festejar, es que lo que comenzó como una serie de imágenes escritas enviadas a unos cuantos amigos por correo electrónico, se pudo convertir en este libro, y ahora podremos leer y disfrutar y compartir y hasta apropiarnos de una parte del Andrés que se fue un día y regresó un año más tarde, dejando una constancia hecha palabras de su paso, quizá para animar a otros a emprender el camino y trazar nuevas rutas y descubrir nuevos significados, o quizá, solamente para que no se olviden sus palabras; porque tal y como dijo José en medio de la selva, “Toda palabra cuyo significado se pierde, para mí significa tristeza”.

7/11/08

El pequeño Franz

"Cada persona tiene su propia historia. No. Tal vez todos formamos parte de un mismo devenir, o quizás en realidad nada existe. Somos diminutas motas de polvo universal, piezas de un ajedrez infinito, fragmentos de un tiempo desvaído y desplazado; imaginerías que nacen del ocio divino... El mundo de los hombres no es más que un círculo que nace en la nada y culmina en ella... nada... absolutamente nada....”
Al tiempo que dejaba escapar una última lágrima, el pequeño Franz terminó de leer sin dar crédito a lo que acababa de escribir; pensó que seguramente lo había sacado de alguno de aquellos libros que había leído, pues era imposible que él, precisamente él, fuera capaz de idear algo así, de escribir algo siquiera.
Tras la puerta un ruido lo alertó y sopló apresurado sobre la vela para apagar la luz y se escondió bajo las sábanas, rogando para que el golpeteo del corazón contra su pecho, que él sentía como el redoble de una banda de guerra, no lo delatara ante su padre y se armara nuevamente otro zafarrancho.
Después de un rato, y convencido de que había librado esa noche, dispuso a abrazarse al sueño escapándose así de esa sarta de filosoferías baratas que no llevaban nunca a puerto cierto y sí, en cambio, le procuraban una forma muy eficaz para garantizar de parte de su padre, aquellas palizas que caían sobre él cada vez que sus pensamientos rompían la barrera y saltaban de sus labios hacia los oídos de los demás.
Ahora estaba tranquilo, enfundado en su lecho cálido y protector; pero el simple hecho de rememorar lo sucedido esa tarde infinita e invernal, encerrado en el balcón, conseguía que su cuerpo se fuera petrificando hasta convertirse en una de esas enormes rocas de hielo que, según había leído en las crónicas de los aventureros, habitaban los puntos más altos de la tierra. Y al sentir como esa roca se iba destruyendo y se reducía a pequeñas y punzantes astillas que se clavaban inmisericordes en sus entrañas, un manto de ira lo cubrió por completo.
Quería gritar, saltar de su cama y dirigirse directo al cuarto del fondo, plantarse con firmeza a los pies de la cama de su padre y blasfemar contra él, increpar los insultos más elaborados, creados a partir de la más erudita etimología, nacidos desde el centro de su existencia; quería golpearlo una y otra vez para que viera quién era el débil, quién el que lloraba; para que se tragara una a una las humillaciones con que lo había abatido desde que tuvo conciencia de su humanidad. Deseaba con todas las fuerzas de su cuerpo acabar con su padre, enseñarle que ya no se dejaría agobiar por sus maltratos ni le permitiría hacerlo sentir como un asqueroso insecto; que el bicharajo era él y sólo él, y que nada deseaba más que despertar una mañana y encontrarlo rondando alrededor de su lecho y pisarlo mil veces, hasta que de su presencia sólo quedara una mancha informe bajo la suela de su zapato.
Quería decirle, gritarle, escupir en su cara cuánto le odiaba, que se fuera al infierno, que ya no permitiría que siguiera pudriéndole la vida; que no era más que una piltrafa, el producto de una arcada de un dios enfermo e iracundo; que lo único que no era ni jamás llegaría a ser era un hombre, un padre; quería vomitar sobre su padre que prefería considerarse un huérfano antes que su hijo, que aceptar que era el fruto de la semilla putrefacta y hedionda de un cretino.
Su corazón, su cuerpo, su habitación, el universo entero palpitaba irascible. Crecía y explotaba, se desparramaba por las calles de Praga y rodaban silentes alrededor de la luna, que observaba cómo éstas se dilataban adquiriendo un poder sobrenatural, mucho, mucho más fuerte que el pequeño Franz, que se quedó ahí, entre tribulaciones sollozos, acostado y empequeñecido en su lecho.

2/11/08

Rotundo vagabundo

¿Para qué negarlo? Soy un rotundo vagabundo, de esos que no pueden evitar quedarse quietos y adaptarse a las normas establecidas y a los tiempos y a las costumbres y a los lugares; siempre voy de aquí para allá buscando algo más, eludiendo protocolos y formalidades, para encontrar siempre el lado más sencillo (que no más simple) de la vida.
Soy un vago que se niega a dejar de ser niño, porque sólo así puedo continuar sorprendiéndome con el mundo y sus alrededores.
Camino porque sólo en el movimiento puedo ver el mundo que deseo y puedo verme a mí, a los ocho o nueve años, saltando a la calle a la menor provocación, y descubrir satisfecho de que a pesar de los años y las lágrimas y los títulos nobiliarios y la gente adulta, sigo siendo ese mismo niño.
Soy un paria caminante que prefiere más ser cosmopolita que ciudadano del mundo, porque sólo a través de la distancia puedo apreciar y responsabilizarme de mi raíz, de lo que soy, y no escudarme en ideas globales para no comprometerme con nada.
Camino porque recorriendo la vida de un lado al otro no me quedo ni a la derecha ni a la izquierda, ni en el centro el sur o el norte, pues soy mi propia rosa de los vientos.
Soy un nefelibata que busca en las alturas los ojos de mi madre, esos que llevaban atrapados al mar y al cielo en el iris, diciéndome que, después de todo, no soy un caso tan perdido.
Camino porque así puedo alumbrarles la senda a Antara y a Silvio y mostrarles que, a pesar de lo que parece a simple vista, siempre hay muchas más opciones adonde dirigir los pasos.
Soy un andariego atorrante que colecciona historias, rostros, palabras y paisajes como forma ineludible de no perder la capacidad de sorpresa frente a lo que me rodea.
Camino porque no creo ni en sacrificios, ni en ángeles o demonios, y prefiero cada día embriagarme de vida en lugar de dejarme envenenar por la realidad.
Soy un extranjero eterno que busca verdades hasta en las mentiras, porque mi espíritu decidió no creer ni en todo lo que lee ni en todo lo que le dicen.
Camino porque sólo las distancias hacen que nos llenemos de ideas y de palabras y de historias y de poesía, y sólo con ellas es que podremos vencer al olvido.
Soy un viandante inconforme que un día decidió emprender un viaje infinito convencido de que el patrimonio más valioso del ser humano es la libertad de su alma.
Camino porque así puedo descubrir al universo, y jugar a Dios y a crear y recrear la realidad, revolver verdad y ficción, darle tres vueltas y echarla a volar, esperando que algún día en ese volar de historias, pueda llegar a convertirme cuando menos por un segundo, cuando menos para una sola persona que me lea, en parte de su historia, de nuestra historia, de la Historia.